Siembra (2016), Paciente (2016), Los nadie (2016), El abrazo de la serpiente (2015). Foto: Cortesía Black Velvet / Jorge Caballero / Juan Camilo Ortiz / Archivo Particular.

Los marginados en el cine colombiano

No resulta del todo difícil argumentar que el nuevo cine colombiano explota las precarias condiciones de sus protagonistas. Pero darles voz a los excluidos, argumentan los directores de nuevas películas como Siembra, Paciente y Oscuro animal, no pretende hacer 'pornomiseria', sino memoria, y desde el respeto.

2016/04/17

Por Samuel Castro* Medellín

Y en un plano más amplio se trata de una gigantesca masa humana que no participa ni en los beneficios de su nación ni en las decisiones políticas ni sociales”. Así habla a cámara, forzando un poco la voz, para parecer solemne, el “presentador” que participa en la última parte de Agarrando pueblo, el cada vez más prestigioso cortometraje que Luis Ospina y Carlos Mayolo escribieron y dirigieron en 1977. Era, por supuesto, la ironía final de un proyecto lleno de ellas, que con humor negrísimo “denunciaba” a través del falso documental cierta tendencia en el cine colombiano de aquellos años: un cine que con el pretexto de “mostrar la realidad” documentaba las peores situaciones que pudiera encontrar en las calles, con el fin de que las películas resultantes fueran vendidas con facilidad en Europa.

“Estas deformaciones estaban conduciendo al cine colombiano por una vía peligrosa, pues la miseria se estaba presentando como un espectáculo más, donde el espectador podía lavar su mala conciencia, conmoverse y tranquilizarse”, anotaban Ospina y Mayolo en el documento en el que explicaban qué era la pornomiseria, el término que acuñaron para identificar este tipo de cine, término que se popularizaría con los años, pues varios realizadores (como Ciro Durán con Gamín) continuaron haciendo esta clase de proyectos.

A primera vista, un plano de Siembra, la película de Ángela Osorio y Santiago Lozano que se estrena el 14 de abril, podría parecer pornomiseria. Un par de niñas pequeñas se bañan echándose agua con un baldecito, mientras alcanzamos a distinguir las construcciones precarias que las rodean, en un barrio de invasión en Cali. Y si a eso le sumamos el galardón que obtuvieron hace poco como mejores directores en el Festival de Locarno, o los reconocimientos que no se cansan de recibir nuevas películas como Paciente u Oscuro animal, que se ocupan respectivamente de una mujer que debe aguantar los sinsentidos de nuestro sistema de salud y de las mujeres afectadas por nuestra violencia más absurda, sería fácil pensar que el cine colombiano continúa aprovechándose del esquema denunciado por Ospina y Mayolo hace más de 30 años, de mostrar “lo peor” que tenemos para obtener los aplausos de otros países. Sin embargo, como ocurre casi siempre, la primera vista es engañosa.

(Vea una entrevista con Ángela Osorio, codirectora de Siembra)

Dialogar en vez de denunciar

Basta con conversar con Ángela y con Santiago, preguntarle a Jorge Caballero, el director de Paciente, por las motivaciones de su obra o charlar un rato con Felipe Guerrero, el hombre detrás de Oscuro animal, para entender que estamos ante un fenómeno distinto: el de una generación de realizadores talentosos y sensibles que están mucho más interesados en reflexionar a través de sus imágenes acerca de las realidades que los rodean que en escandalizar a un público extranjero amante de lo exótico.

(Encuentre aquí una entrevista con el director de Paciente durante la pasada edición del FICCI) 

En Siembra, que se estrena este mes en Colombia, Osorio y Lozano cuentan la historia del Turco, un hombre negro que ha sido desplazado de la tierra donde tenía sus sembrados y que era la herencia que esperaba dejarle a su familia, para terminar viviendo en un barrio de invasión donde no es capaz de conciliar el sueño ni de sentirse a gusto, a pesar de que su hijo, como muchos jóvenes de entornos rurales que llegan a las ciudades, encuentra en la música y el baile actividades que lo apasionan y que le hacen imposible compartir con su padre el deseo de volver al campo. Una historia a la que sus directores, comunicadores de la Universidad del Valle, llegaron después de escoger el tema del que querían hablar.

“Nosotros empezamos por tratar de entender qué significaba la tierra o el territorio, no en términos de tener o perder un espacio físico, sino de comprender qué significa el desarraigo, porque ya no estás cerca de la tierra que consideras tuya”, dicen los directores. Y la película lo explora a través de las vivencias de este personaje magnífico, al que veremos buscar ayuda para resolver “un tropel muy serio” (una de las principales cualidades de Siembra es la verdad que se percibe en sus diálogos, construidos con los actores para que se sintieran naturales al usar sus propias palabras), y con el que compartiremos escenas tan emocionantes como la del dolor íntimo por una pérdida, que el Turco se saca del alma, bailando.

Frente a la imagen de las niñas bañándose, Osorio y Lozano están muy tranquilos porque saben que no está ahí gratuitamente. “Necesitábamos mostrar cómo afectaba a la comunidad lo que ocurre con uno de los personajes. Mostrar cómo se bañan, cómo se visten, cómo habitan. Como no hay una malversación de las cosas, no tenemos miedo”, afirman con sinceridad, pero aclaran que es importante que la gente entienda que  no es un documental ni pretende serlo. “Por eso quisimos trabajar en blanco y negro, porque la gente a veces cree que la realidad es como una tela muy larga y que uno puede recortar un pedacito y ponerla en la película. No. Esto no es la realidad por la realidad, es una reflexión sobre ella. Lo que queremos es dialogar con la sociedad, no queremos denunciar algo que está sobredenunciado”.

En esta afirmación coinciden con Felipe Guerrero, director de Oscuro animal, una de las películas de las que se hablará mucho durante los próximos meses, pues la propuesta estética que le hace al espectador es el de cierta ambigüedad intencional (uno a veces no sabe si los “violentos” que ve en pantalla son guerrilleros o paramilitares) que invita a “dinamitar las certezas” que tenemos acerca de la violencia y que se abstiene de que sus protagonistas, todas mujeres, tengan líneas de diálogo, como una forma de reflexionar acerca de ese silenciamiento que la voz femenina ha tenido en el conflicto colombiano (y que sigue presente, como nos lo muestra la ausencia de mujeres en la reciente mesa de diálogos con el eln). Esa búsqueda de la reflexión, no para dar respuestas sino para plantearle preguntas al público, es tal vez el motivo del éxito internacional de estas películas y al mismo tiempo la dificultad que se les presenta frente a las audiencias locales, acostumbradas a la comodidad de los guiones masticados del cine de Hollywood.


Oscuro animal (2016). Foto: Archivo Particular.

Sísifo en todas partes

Ver negros en nuestras películas no es tan común como debiera, si se tiene en cuenta que la población de ascendencia africana representa el 10 % de la población colombiana. Siembra no solo pone como protagonista a una familia negra, además usa conscientemente expresiones de la cultura afro, como los alabaos tradicionales que aquí hacen parte esencial de la banda sonora, o los ritos fúnebres, permitiéndoles a los espectadores un acercamiento a una realidad que normalmente solo tiene a través de la fea y fría estética del periodismo. Tanto en la película de los caleños como en la paisa Los nadie, que inauguró el más reciente FICCI y que muestra la vida de unos muchachos de Medellín que sueñan con viajar por Suramérica ayudados por su talento para los malabares, los tatuajes y el arte urbano, como en las ya citadas Paciente y Oscuro animal, e incluso en La tierra y la sombra con los corteros de caña y en El abrazo de la serpiente con los pueblos indígenas del Amazonas, buena parte del cine colombiano actual pareciera dar voz a esos excluidos, esa “gigantesca masa humana” de la que hablaba el falso periodista de Agarrando pueblo.

Sin embargo, como dice Jorge Caballero, director de Paciente, la de “los excluidos” es una categoría demasiado amplia, en la que caben infinidad de títulos. Por eso habría que hablar más bien de unos cineastas que nos están brindando la oportunidad de un acercamiento digno a esas poblaciones, con una mirada, que sin esconder los problemas, posee un cuidado estético que resalta su propia belleza. Cuando Caballero se abstiene de entrar al cuarto donde Nubia, la protagonista de su documental, cuida a su hija Lady, está expresando un respeto hacia esa mujer, que dignifica sus condiciones. Cuando en Siembra vemos al protagonista pidiéndole “una rebajita” al empleado de funeraria que le está explicando los costos de un sepelio, no sentimos pesar, porque los directores cuidaron la escena para que el Turco, ni siquiera en esas condiciones, pierda su majestuosa dignidad. Dejar a un lado el heroísmo barato de los superhéroes, y mostrar a los héroes cotidianos, al heroísmo que implica ser colombiano, parece una mejor forma de “empaquetar” estas películas. “Este país está lleno de Sísifos, héroes absurdos sí tenemos muchos”, remata Caballero.

“Este es el tema que nosotros ponemos en la mesa para sentarnos a hablar”, dicen con seguridad Ángela Osorio y Santiago Lozano. Y esta actitud, aparte de que todos son beneficiarios de la ley de cine, es tal vez la principal característica en común que tienen estos cineastas. “Lo que a nosotros nos gusta de la película, es contar algo que necesitábamos contar, para que mueva la cabeza de la persona que la ve”, dice Ángela. Y ese mismo afán se nota en los demás directores. No tanto una necesidad de “gritarle” al público que eso que ve está pasando, sino más bien una invitación a la conversación. “Una película genera memoria”, dice Santiago. Esa parece ser la urgencia de esta generación: dejar testimonio de la época en que vivieron, pero no necesariamente de sus vidas, sino de las vidas de sus ciudades, de la vida del país, en una especie de conciencia social que se antoja más profunda o, tal vez, menos dogmática, que las de los cineastas de los setenta y ochenta.


La tierra y la sombra(2015). Foto: Cortesía Black Velvet.

Porque sin que sean sus vidas, hay algo profundamente colombiano en todas estas historias, lo que también ha elevado el interés por nuestra cinematografía en los festivales internacionales. María Camila Castrillón, una de las protagonistas de Los nadie, lo define con palabras simples: “Podemos encontrarnos en ellos. Alcanzo a ver ahí mis preguntas frente a la vida”. María Camila llevó a una amiga suya, que no tiene nada que ver con la escena punk, a ver Los nadie. Terminó llorando porque vio en el retrato de esos muchachos muchas de sus propias incertidumbres. Y es cierto. A pesar de que no somos afrocolombianos, el Turco” y la pregunta que se hace por el porvenir, es nuestra misma pregunta. La indefensión de Nubia frente al sistema de salud es la misma de todos cada vez que nos enfermamos. El poder narrativo de esta camada de buenas películas colombianas no está en que sus directores regresen a la porno-miseria o les den la voz a los excluidos. Es más bien su profunda honradez, la honestidad que el público siente en el retrato que hacen de una sociedad, la nuestra, tremendamente excluyente, en la que, tarde o temprano, todos somos víctimas.

*Crítico de cine 

Trailer de Siembra


Trailer Paciente 

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