Libres de toda culpa

La película del director argentino está siendo un fenómeno de taquilla y crítica en todo el mundo, incluida Colombia. Pero más allá de este repentino descubrimiento, Damián Szifrón tiene una historia que viene de mucho más atrás. ¿Cuál es la génesis de su cine?

2014/11/19

Por Tatiana Andrade Mejía* Bogotá

 

El pasado 21 de agosto se estrenó en Argentina Relatos salvajes, la película que marca el regreso al cine de Damián Szifrón, guionista y director, cuyo nombre, por estos días, es sinónimo de genialidad. Es indudable que esta película está haciendo historia. Es innegable, también que Szifrón contribuya a trazar un nuevo camino en la forma de hacer cine en América Latina. No lo dicen solo los críticos sino que lo acreditan los más de 3.500.000 espectadores registrados hasta el momento en Argentina, donde la película se sigue proyectando dos meses después de su estreno, en 98 salas de cine en todo el país, un fenómeno inusual para las nuevas dinámicas del público mundial. Los diarios argentinos no dejan de publicar titulares elocuentes, como el que le dedicó, hace unos días, El Diario, de Buenos Aires: “Relatos salvajes, la producción nacional que pulveriza récords de taquilla”. Lo cierto es que en su estreno, durante el Festival de Cannes, la ovación del público fue general, y a pesar de no haber ganado la Palma de Oro fue una de las más opcionadas, tanto así que Warner Bros. Pictures se encargó de su distribución, lo que aseguró que la película llegara a miles de salas de todo el mundo. Incluso en Colombia, donde padecemos el triste síntoma de no alcanzar a ver las películas porque las sacan de cartelera una semana después de su estreno, Relatos salvajes se estrenó el 9 de octubre y hoy todavía está en las carteleras. Una de las conclusiones más superficiales ha sido que el salvajismo y la violencia producen tanta fascinación que la gente compra. Relatos, con sus fuertes dosis de efectismo bien producido, ha señalado un sentimiento común y para nada políticamente correcto: ¿quién no ha soñado con perpetrar un atentado a una oficina de atención al usuario sin que, por supuesto, haya muertos?

Más allá del éxito de la película, habría que ahondar en la obra de Damián Szifrón para entender que estos relatos salvajes se venían cociendo en su propia historia desde tiempo atrás y, en consecuencia, sería injusto calificar su cine de efectista y despreocupado. Su primera propuesta audiovisual para la televisión en 2002 fue Los Simuladores, la serie más exitosa de la historia de la televisión argentina en cuanto a rating se refiere. El mismo Szifrón la define como un cruce de universos: un comando militar élite, tipo Misión imposible, resuelve problemas domésticos y cotidianos a través del simulacro. Se trata del choque de dos mundos imposibles de juntar en la vida real pero que resultaron mágicos. De allí el sentido poético de Szifrón. ¿A quién se le ocurre crear una unidad sofisticada y basada en una suerte de método científico para ayudar a un estudiante a aprobar siete exámenes en una semana, a una mujer a deshacerse de un amante ocasional sin tocarle un pelo o a convencer a los padres de una pareja judía-católica que el matrimonio interreligioso no es un crimen? ¿Para qué hablar de los mundos reales? ¿Para qué conectarnos con lo que pasa todos los días si la imaginación, el cine y la televisión nos permiten conectarnos con lo que quisiéramos recibir del mundo?



En su siguiente éxito, la serie de televisión Hermanos & Detectives (2006), aparecerá uno de los temas recurrentes de Szifrón: la amistad entre dos personajes, en teoría opuestos. Un detective joven recibe la noticia de la muerte de su padre, a quien no ve hace 20 años, y se entera de que tiene un medio hermano de 11 años a quien debe cuidar. El detective se da cuenta de que el pequeño es superdotado y es quien, finalmente, resolverá una serie de inverosímiles casos policiales. La historia es un homenaje al género de buddy movies, pero también al género de aventuras y al misterioso detective Conan, un manga escrito e ilustrado por Gosho Aoyama.

“Me gustan las películas que no buscan un lugar entre eruditos”, le dijo Szifrón a un diario español. Szifrón es honesto. No tiene pretensiones de cine de autor. Sabe que escribir historias es un oficio y que además, quiere escribirlas para un público que pueda apropiárselas, no tomar distancia. El fondo del mar (2003), su primera película, lo confirma. Lo que empieza siendo una comedia romántica sin mucho calibre termina convirtiéndose en un thriller romántico bastante aceptable, donde el humor acompaña el ritmo de los personajes, quienes van descubriendo, muy tortuosamente, quiénes son y de qué están hechos. “Un poco más y te estalla el auto”, dice el protagonista, con un extintor en mano, arma, por cierto, predilecta de Szifrón, después de prender fuego al baúl del carro del amante de su novia. ¿A quién no le gustaría incendiar el carro del amante de la novia? Szifrón cumple fantasías.

En su siguiente película, Tiempo de valientes (2005), los personajes caminan por una cuerda floja, están al borde del llanto. Un detective deprimido tiene que resolver un doble homicidio y mientras come con la esposa de su psicoanalista decide apuntarle con su arma hasta que confiese que en efecto tiene un amante. Esa escena sostiene la película, sella una amistad inusual y, además, deja ver con claridad una de sus mayores virtudes: lo cotidiano siempre tiende a estallar ante el más mínimo desajuste.

En una rueda de prensa en Cannes, Szifrón, acompañado por los hermanos Almodóvar, sus más adeptos admiradores, comentó que de no haber escrito Relatos salvajes probablemente habría podido convertirse en un bárbaro. Y más adelante asume que su reto con esta película fue no reprimir nada. Los personajes salvajes de cada relato son para él “héroes que nos representan en la pantalla, y ahí donde todos daríamos un paso al costado, ellos van hacia delante”. Es bien sabido que el arte es un proceso catártico, y con esta película Szifrón nos deja en claro sus preocupaciones: sacar su esencia primitiva y entregárnosla con todo el humor posible, para dejarnos instalados en un mundo paralelo. Y allí, en ese nuevo mundo, estamos solos, y será nuestra sensatez la que valore si en verdad debemos creer en sus historias, si podemos ser igual de salvajes que él y liberarnos de nuestra buena conciencia para salir de la sala de cine, exentos de toda culpa.

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