Abdellah Taïa nació en Saleh, Marruecos, en 1973. A los veinte años migró a Europa.
  • El ejército de salvación es el título de la película de Taïa, aún sin fecha de estreno en Colombia.

Melancolía árabe

A los cuarenta años, Abdellah Taïa se ha convertido en un símbolo de la diversidad entre los jóvenes que aprovechan como pueden los espacios que les abrió la Primavera Árabe. Escritor de varias novelas de culto, acaba de estrenar una película sobre su homosexualidad en una sociedad donde el tema aún es tabú.

2014/06/20

Por Ricardo Abdahllah* París

A pesar de que haya publicado ocho libros y la mayoría de ellos hayan sido traducidos, a pesar de que obtuvo el Premio Flore y de que se ha convertido en el escritor al que hay que invitar cuando se trata de hablar de islam y homosexualidad, Abdellah Taïa todavía sueña con ser cineasta. Imagino que esa admiración por el cine (“A los trece años encontré una foto de Isabelle Adjani y supe que quería ser director en París”, dice) explica que me haya dado cita en un café llamado Sarah Bernhardt. Puede también que la Bernhardt le haga pensar en las divas de las telenovelas egipcias que eran la distracción de sus noches en la modesta casa en Saleh, la otrora “ciudad de los piratas”, ahora a la sombra de la vecina Rabat, la capital de Marruecos.

Esa casa es el escenario de sus novelas. Tres habitaciones: una para el padre, conserje de biblioteca; una para el hermano mayor; y una que comparten la madre y los ocho hijos menores, entre ellos Abdellah. Las actrices egipcias, que a pesar de vivir en un país árabe fumaban, bebían y besaban a varios hombres, eran para él un símbolo de libertad. Como el cine, un escape.

—¿Cómo le pareció la película?— me pregunta.

En una entrevista que Loubna Bernichi le hizo en 2006 para la revista Maroc Hebdo International puede leerse: “Tiene 33 años y aparenta cinco menos”. Y la proporción se mantiene, digo yo. Taïa acaba de estrenar su primer largometraje, El ejército de salvación, y antes de llegar a las salas comerciales fue presentada en la Mostra de Venecia y el Festival de Cine de Toronto.

Varias de las personas que el viernes anterior asistían a la última función de la noche en el cine MK2 de Beaubourg vestían de la misma manera que Taïa en el café Bernhardt: camiseta blanca, jeans, un buzo de capucha. El cabello corto era la regla y un origen magrebí podía imaginarse. Algunos iban con sus parejas, hombres europeos u otros muchachos con pinta de inmigrantes, pero la mayoría estaban solos. Sonreían y buscaban sillas aisladas, un acto inconsciente de quien ha entrado a salas x. En su penúltima novela, Una melancolía árabe, Taïa describía la sala de cine Guidia, en El Cairo, como “llena de hombres de todas las edades que se entregan los unos a los otros sin complejos y sin esconderse”, y uno tiene la impresión de que si no fuera por la presencia de una chica en la segunda fila, eso podría ocurrir en esa proyección de El ejército de salvación a una hora y en un día en el que ya el vecino Marais, el barrio gay de París, parece estar listo para la noche. “Todo mundo ha leído la novela”, dice uno de ellos. “Todo mundo está viniendo a ver la película”, agrega.

La novela que da título a la cinta fue publicada en el 2006.

La primera experiencia homosexual de Taïa fue, de hecho, en un cine, en Tánger.

—Me sorprendió que había pocos diálogos—le digo. La violencia es menos notoria que en el libro, como si con el tiempo usted quisiera contar las cosas con más tranquilidad.

—Soy una persona muy visual y por eso preferí limitar los diálogos y evitar la música. Lo de la tranquilidad, no creo—, dice Taïa. Puede que haya periodos en los que la rabia se me nota menos, pero está ahí, enterita. Lo que estoy escribiendo en este momento es muy crudo, muy violento.

Lo que está escribiendo ahora es la historia de las prostitutas marroquíes que vienen a “terminar su carrera” en las calles de París. Dice que solo aborda temas que conoce de primera mano y que en ese sentido no le molesta que se diga que sus novelas son autobiográficas. Taïa es un gran solitario y quizá por eso no aparecen en ellas ni la rumba gay ni los clichés sobre el ambiente. En cambio abundan las referencias a su vida de inmigrante, a sus amores platónicos con hombres que solo querían una aventura, y a sus aventuras con hombres que estaban enamorados de él, así como el obsesivo amor por su hermano mayor. En la novela, en la película y en la vida, el cuarto de su hermano es un templo. Es allí donde están los casetes de rock y los libros en francés, el idioma que estudió y en el que, hasta la fecha, ha escrito su obra. También la ropa interior que el pequeño Abdellah huele a escondidas y cuyas manchas de esperma le fascinan. Ese amor a través del objeto se repite en una de las escenas más fuertes de la película, que, sin embargo, no fue tomada de El ejército…, sino de la más reciente, Una melancolía árabe, cuando Abdellah permite que un vendedor del mercado abuse de él porque sabe que es un amante de su madre.

—En Marruecos hay muchos hombres que tienen sexo con otros hombres, pero en público hay que conservar la apariencia de masculinidad—dice. Como yo era el único afeminado del barrio, la mujercita, todo el mundo se creía con el derecho de tocarme y violarme. Tuve que reprimir esa feminidad por pura estrategia de supervivencia.

Los hombres del otro lado del mar

Otro de sus personajes recurrentes en la obra del novelista marroquí es el turista europeo, que suele ser amable, aunque da por sentado que podrá disponer de cualquier muchachito que vea en las calles, al que por supuesto “recompensará”. Aunque muchos de los jóvenes marroquíes no tendrían sexo con un hombre local, suelen aceptar las proposiciones de los extranjeros. Ven en ellos la posibilidad inmediata de ganar algo de dinero y la más lejana de poder migrar.

Taïa viajó a Europa gracias a que uno de sus amantes, un profesor universitario suizo, lo ayudó con los trámites para gestionar una beca. Sin embargo, la relación que tenían antes del viaje acabó y, sin comprender la dinámica de Ginebra, sin dinero y sin contactos, Abdellah terminó en un refugio del Ejército de Salvación. Es esta anécdota la que da título a la novela a partir de la cual Taïa escribió el guion de su largometraje.

A Ginebra le siguió París, donde Taïa ganó su vida como niñero, escribió una tesis sobre Proust y se graduó de maestría en La Sorbona. Aunque en las contraportadas de sus libros dice que está haciendo un doctorado, ya ha abandonado el proyecto. Dice que en medio del muy racional sistema francés, no tendría cómo escribir una tesis con la libertad a la que se ha acostumbrado.

Fue durante sus años de estudiante, viviendo en chambres de bonne de la Porte de Clignancourt y Belleville, que Taïa comenzó a dar forma a las ideas que había anotado en sus diarios íntimos, una de las pocas cosas que lo acompañaban desde que dejó la casa familiar. Uno de los cuentos llamó la atención de la editorial Séguier y en 2000 se publicó Mi Marruecos.

Su segundo libro, El rojo del fez, apareció en el 2004 bajo el rótulo de novela, aunque es más una colección de cuentos entrelazados. Taïa habla de su vida en el París del almacén popular Tati, el racismo en aumento y los apartamentos de quince metros cuadrados, y evoca su país natal bajo una doble mirada: la del exiliado voluntario que extraña el Marruecos colorido y donde los lazos humanos permiten aguantar, y el de la víctima de la violencia en su condición de homosexual.

La salida oficial del clóset no se dio hasta el 2006. El título que Taïa le dio a la carta abierta, publicada en la revista marroquí en francés Telquel, fue “La homosexualidad explicada a mi madre”. Taïa justifica su decisión de declarar explícitamente lo que estaba tan claro en sus novelas diciendo que era un paso necesario para “liberar la palabra de los homosexuales del mundo árabe”.

—Escribí esa columna para que la entendieran todas las personas que no leen mi literatura, entre ellos mi familia. Mis parientes, algunos académicos, tal vez algunos funcionarios culturales podían salvar la reputación diciendo que ese, el de las novelas, no era yo: el cómodo refugio del personaje de ficción. Yo quería decir: “Ese que cuenta soy yo. Yo existo”.

Con la mayoría de sus hermanos y con su madre, que falleció dos años después, la reconciliación fue cuestión de tiempo.

—Pienso todo el tiempo en mi familia y los amo—dice Taïa. La literatura no puede hacerse dentro de las normas familiares. Por eso no me arrepiento—agrega.

Las cosas han sido menos fáciles con su idolatrado hermano mayor, quien ahora es un funcionario estatal. La carta abierta acabó de romper los lazos ya debilitados desde el matrimonio de Abdelkébir, que la madre de la familia atribuyó a un hechizo. (En la novelas de Taïa, todas las mujeres que enamoran a un hombre son señaladas por la comunidad como putas o hechiceras).

—Es igual con los hombres. Cuando alguno logra un negocio se lo atribuyen a algún hechizo. Vivimos en medio de brujos, maleficios y djins. Ese Marruecos hace parte de lo que soy, pero también es cierto que una sociedad que culpa de todo a las fuerzas sobrenaturales siempre tendrá problemas para asumirse.

Los djins no son los únicos seres que rigen la vida de los marroquíes. Una y otra vez Hassan II, el soberano que gobernó Marruecos hasta su muerte en 1999, es presentado como una figura sobrenatural al que se ama de una manera casi física. El argumento de El día del Rey es la disputa que estalla entre dos colegiales unidos por una amistad ambigua cuando uno de ellos obtiene el primer puesto en el curso y como recompensa podrá besar la mano del monarca.

Fue gracias a esta novela que Taïa obtuvo el Premio Flore en 2010, y de paso su consagración como un autor “francés” premiado. El manejo de la figura real y la atención mediática que produjo su carta abierta le han ganado animosidades en su país. En mayo del 2012, la Facultad de Letras de la Universidad de El Jadida fue rodeada por un grupo de islamistas que protestaba contra la realización de una jornada de estudios dedicada a la obra de Taïa.

—No me siento amenazado. La gente muere de admiración por todo lo que venga de Francia y como uno ha publicado libros aquí y ganado un premio, ya creen que uno ha triunfado. Eso me da cierta respetabilidad. Hay también quienes creen que porque soy homosexual voy a ir vestido de mujer, me dicen: “Pensé que era una loca”. Al verme están abiertos a dialogar—dice, dejando claro que su caso es una excepción y la vida sigue siendo muy dura para quienes asumen públicamente su homosexualidad.

—Sin embargo, desde la Primavera Árabe se han visto cosas que nunca habría creído posibles. Hay por ejemplo un colectivo que edita un periódico gay y lo reparte frente a la estación de trenes de Rabat. Son muchachos y chicas de apenas veinte años. Yo no habría tenido el coraje de hacerlo.

—Si en los países del Magreb hay un avance, en Francia pareciera haber un retroceso. ¿Qué opina de las manifestaciones del año pasado contra la ley del matrimonio igualitario?—le pregunto.

—Esa gente salió a la calle ahora porque sabe que las cosas ya cambiaron y se aferra a lo que puede, pero ya pertenecen al pasado.

—Usted ha afirmado que no quiere cortar con el islam, ¿cómo vive esa dualidad entre la homosexualidad y la religión?

—Antes decía que el islam era ambiguo al respecto, pero ahora, después de mucho discutir con gente que conoce el Corán y de estudiar por mi cuenta, me he radicalizado mucho. No hay ninguna contradicción entre el homosexualismo y el islam. El islam es una religión basada en el respeto.

Aunque no milita oficialmente en ninguna asociación, Taïa colabora con frecuencia con las publicaciones marroquíes que abogan por el reconocimiento de los homosexuales y participa en coloquios sobre el tema en los dos lados del Mediterráneo. Ahora vive en un estudio cerca de la Plaza de la República. Dice que ya debió haber pasado lo más duro de sus años en París y que si bien aquí nunca podrá tener los lazos humanos que tejió en Marruecos, tampoco podría regresar a su país.

—París es dura con quienes vienen de afuera, así no vengan del extranjero. Todos esos jóvenes que vienen de otras regiones de Francia también tienen que guerrearla acá como los que somos inmigrantes. Aquí estoy solo, es verdad, pero esa soledad es un precio que pago con mucho gusto por ser libre.

—Inmigrante, homosexual, musulmán, ¿no le tiene miedo a la etiqueta de ‘escritor de minorías’?

—No pienso en eso, pero creo que la aceptación de la homosexualidad en Marruecos es una de las facetas de un combate más grande, la aceptación de lo que cada uno es como persona. Yo sueño Marruecos como un lugar donde las personas superen la vergüenza de ser ellos mismos. No es para eso que escribo, pero me gustaría ayudar a que avanzáramos en esa dirección.

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