Antes de dirigir El Club, el cineasta nacido en Santiago de Chile en 1976 filmó la aclamada No (2012).

Pablo Larraín y el cine de la impunidad chilena

Considerado una de las nuevas voces del cine chileno actual, acostumbra a meterse en terrenos escabrosos. Con su quinto largometraje ganó el Oso de Oro en Berlín y no renuncia a tocar una vez más su tema recurrente: la impunidad.

2015/10/23

Por Janina Pérez Arias* Berlín

Muy al contrario de lo que se pueda pensar, a Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976) le ha costado mucho llegar hasta aquí. En lo profesional, ese “aquí” son cinco largometrajes, una exitosa empresa productora (Fábula) junto a su hermano menor Juan de Dios, y reconocimiento internacional. Parece poco, pero no lo es. Y aún más tratándose de una persona que a través de su trabajo cinematográfico (siempre in crescendo) intenta rellenar sus vacíos personales.

A Pablo Larraín se le podría dar una lectura superficial con tan solo ver su origen (clase acomodada, padres de derecha dedicados a la política), porque es muy común aquello de la rebeldía, de negar y negarse, para colocarse en el otro extremo, tal como lo hizo desde muy temprano. Y todo esto en Chile, con esa carga histórica, con Augusto Pinochet y Salvador Allende aún vivos con tan solo invocarlos, con el golpe del 73, palpable la desgracia de la abominable dictadura militar, de los desaparecidos, de los desterrados.

El presente tampoco es un campo de rosas. Larraín, como muchos de su generación, lleva por dentro rabia, impotencia, vergüenza. Una mezcla letal que muy bien puede envenenarte de por vida y, en el peor de los casos, sedarte, para poder seguir viviendo en la comodidad del “aquí no ha pasado nada”. Pero Larraín optó por la incomodidad, por hacer cine que inquiete y perturbe al espectador, y que de paso le ayude a él mismo a entender lo que no vivió conscientemente, como lo fue la dictadura en Chile, y lo que hoy se (sobre) vive, como lo son las consecuencias de la represión.

Cuenta este realizador formado en Comunicación Audiovisual y Periodismo que después de su primer largometraje (Fuga, 2006) no se había propuesto hacer una trilogía, cuyos trasfondos fueran tanto el derrocamiento de Salvador Allende como los años de dictadura; sin embargo, surgieron Tony Manero (2008), Post mortem (2010) y No (2012), obras que le encumbraron como un cineasta polémico, inquietante, provocador, de los que ponen el dedo directamente en la llaga sin apelar al efectismo.

En el moderno Berlinale Palast, uno de los escenarios del Festival de Berlín, Pablo Larraín le echa un ojo a su teléfono, a sabiendas que para eso no hay tanto tiempo. Estando aún fresco el exitoso estreno mundial de El Club, como parte de la programación oficial de la Berlinale, el director, productor y guionista ni sospechaba que se le otorgaría el Oso de Oro. En esos días, cuando el invierno azotaba Europa, apenas se iniciaba el vertiginoso recorrido de su nuevo filme.

Tres años habían transcurrido desde No (protagonizada por Gael García Bernal), la historia de la gestación de la campaña publicitaria que con una negativa pondría fin al dominio de Pinochet, un proyecto que le había reportado excelentes resultados (vendida en varios países del mundo, buena recaudación de taquilla en Chile y nominación al Óscar a Mejor película extranjera). A la espera de que se cristalizaran varios proyectos de envergadura (Neruda, uno de ellos), decidió sacar del cajón una idea que ya estaba medio moldeada, a la que terminó llamando El Club.

La recurrente impunidad

“No soy muy consciente de lo que hago, trato de no controlarme, que sea más bien un proceso inconsciente. Realizo mis películas lo más honestamente posible, en la forma en que me gusta y como puedo”. Con El Club (2015) esa inconsciencia es desbordante. Desarrollada en la actualidad, la historia de unos sacerdotes católicos recluidos en una “casa de retiro”, a causa de delitos que van desde el abuso de menores hasta la pérdida de la fe, es una muestra de lo que es capaz de lograr Pablo Larraín, prácticamente incendiando la pantalla, y sacudiendo al público de forma cruda pero brillante.

Desde el punto de vista temático, este nuevo filme parece una “ruptura” con sus trabajos anteriores; sin embargo, Larraín subraya que “lo que conecta El Club con el tema de la dictadura es la impunidad”.

La falta de castigo constituye un elemento fundamental y recurrente en la filmografía de Pablo Larraín. Alfredo Castro, su antiguo profesor de teatro, y quien ha trabajado en todos sus largometrajes, se aventura a profundizar: “Casi todos los personajes que me ha tocado interpretar son personas que matan (Tony Manero) o que actúan de forma impune (Post Mortem, No). A través de ellos, Pablo trata de explicar la idiosincrasia chilena, las divisiones sociales, un país donde se ha ejercido un poder, una fuerza y violencia sin límites contra el más desposeído. Ese sistema se acrecentó fuertemente durante la dictadura. Nadie acudió a la justicia, o muy tardíamente, después de 40 años. Por lo tanto, la sensación que recorre El Club, así como al país mismo, es que hay gente que está protegida por el poder económico, religioso o político”.

Abusos sexuales, pedofilia, venta de recién nacidos, corrupción, lavado de dinero, son algunos de los escándalos que protagoniza la Iglesia católica en todo el mundo, pero esencialmente son crímenes que en la mayoría de los casos (por no decir siempre) quedan libres de castigo.
Una escena de El Club, cuyo protagonista es Alfredo Castro, antiguo profesor de teatro de Larraín.

“La Iglesia no cree que sus miembros pueden ser juzgados en una corte o tribunal civil, porque los suyos solamente pueden ser juzgados frente a los ojos de Dios –aclara Larraín–. Antes de que esas personas de la Iglesia se metan en más problemas, los recolectan y los recluyen en casas ubicadas en lugares remotos y ocultos”.

La génesis de El Club se encuentra en un monólogo para teatro, Acceso, dirigido por Larraín, y escrito con Roberto Farías (Sandokán, en esta pieza y en la película), el cual tuvo una exitosa escenificación en 2014. El origen también se halla en una foto que cayó en manos de Larraín de monseñor Francisco Cox, acusado de abusos sexuales y prácticamente desaparecido de la noche a la mañana, frente a una casa en las montañas en un idílico paraje (no identificado) entre Alemania y Suiza. “No lo podía creer cuando me enteré de qué se trataba...”, rememora el director.

“Se hacen llamar Los Siervos de Paráclito, y es una organización fundada en Estados Unidos, a través del Vaticano, en 1954, y que fue disuelta en 2004”, relata el realizador quien se enfrascó en una ardua investigación con muchas calles ciegas inundadas de mutismo, un silencio que solamente dos ex-sacerdotes, que se retiraron de la Iglesia por la pérdida de la fe, osaron romper.

“La reclusión en esas casas se debe a diferentes motivos –aclara– hay curas que han perdido la fe, otros porque son homosexuales o que se han enamorado de una mujer, también por violaciones a menores. Hay algo muy curioso que descubrimos, y es que en Estados Unidos, la mayoría de esos casos intentan relacionarlos con razones psiquiátricas. Quienes están recluidos no están encerrados, pero a nadie se le ocurre irse de allí. Así que son lugares únicos, es lo que llamo el club de los curas perdidos”.

“Me pregunté por qué empezaron con esos ‘centros’ en 1954 –hilvana sus pensamientos–, estoy casi seguro de que fue a causa de un caso en especial, pero también hay que pensar que la prensa cobraba más fuerza en esos años; hasta hoy la Iglesia católica le teme a la prensa, y ese miedo es mayor que el que le puede tener al mismo infierno”.

De formación católica, Pablo Larraín recuerda sus años en el colegio Francisco de Asís en Santiago. Fue allí donde en el comedor de la escuela vio proyectadas películas en 16 mm, lo que le hizo engancharse a ese formato y a Fritz Lang, F.W. Murnau y Werner Herzog, directores de las únicas cintas que se podían arrendar en aquella época.

Y allí conoció a muchos sacerdotes, “tengo que admitir que la mayoría de ellos eran buenas personas”, aunque no puede obviar que “otros están ahora mismo en la cárcel, y unos cuantos simplemente desaparecieron”.

Estrenada en mayo en Chile tras su paso por Berlín, en la cartelera chilena El Club estuvo precedida de otro filme (El bosque de Karadima, de Matías Lira) que también pone el dedo en las “vulnerabilidades” de la Iglesia católica. Aunque complacido de que se toque ese tan escabroso tema, Larraín reflexiona francamente sobre las repercusiones de su película. “La Iglesia nunca haría un comentario, ni protestaría, porque eso significaría ponerse en evidencia”. En cuanto a herir las sensibilidades del público (sobre todo del chileno con casi un 70 % de adeptos a la Iglesia católica), puntualiza que “si El Club se hubiese hecho hace 20 años, sí que hubiera escandalizado, pero hoy el cine escandaliza menos...”. Sin embargo, El Club llega para atizar el fuego de la polémica, con la esperanza de acabar con el reinado de la impunidad.

Las inquietudes de Pablo Larraín no se limitan a los temas que trata y desmenuza. Con cada proyecto prueba diferentes formas de trabajo con sus actores, pero también de lenguaje cinematográfico y fotografía. En sus casi diez años de carrera como director, productor y guionista, ha sido un descubrir y descubrirse, experimentando una evolución que hace única cada una de sus películas.

Para sus proyectos, se rodea de gente que le conoce, con quienes viene trabajando desde siempre; como su productor, socio y hermano, Juan de Dios Larraín, sus actores Alfredo Castro, Antonia Zegers (su esposa durante muchos años, de quien se ha separado recientemente, y con quien tiene dos hijos), Roberto Farías (a quien conoció cuando dirigió la serie de televisión Prófugos, en 2011), así como el director de fotografía Sergio Armstrong, con quien siempre halla la “identidad visual” de sus filmes.

“Entre nosotros hay una contaminación mutua”, relata Alfredo Castro, actor teatral de gran trayectoria, “yo empecé a hacer cine con él a los 50 años, me abrió un camino, una nueva región de mi imaginario. Me instaló en un sitio de la “no actuación”, de la emoción profunda y sincera, del realismo, de la realidad política, y estéticamente me condujo a un lugar que es muy propio de él”.

Con El Club Larraín puso a sus actores en una situación arriesgada e incómoda. “El proceso de esta película fue más radical que el de las otras –expone Castro–, los textos llegaban la noche anterior, durante el día, o incluso instantes antes de rodar. Había momentos también de improvisación, un espacio de libertad dentro del tema para poder jugar. Jugaba Pablo, y jugábamos nosotros, creando escenas que no estaban escritas”.

Con los coguionistas, Guillermo Calderón y Daniel Villalobos, escribían mientras filmaban, en el mismo set. Sin embargo, “más que improvisación, fue trabajar en un espacio –aclara Larraín–, discutíamos mucho cada detalle, y sobre todo el final, del cual rodamos varios, y nos quedamos con el mejor”.

En un pueblo costero llamado La Boca, encontraron la casa y los exteriores. Encomendados a las particulares condiciones climáticas de esa zona, la espera por los momentos justos valió la pena. En tan solo dos semanas y media de rodaje (con No fueron diez), además de experimentar, Larraín tenía intenciones muy claras con respecto a sus intérpretes (Castro, Zegers, Farías, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadel y Marcelo Alonso).

“Quise ver qué pasaba si los actores tienen que crear un personaje como metidos en una caja –explica–, quise plantearme qué pasaría si no les das ninguna descripción detallada, si te limitas a dar indicaciones sencillas para cada escena, que tuvieran la sensación de no saber lo que estaban haciendo. Luego en la edición todas las acciones cobraban sentido. Eso es lo que hace la película”.

Definitivamente no ha sido fácil llegar hasta “aquí” para quien está considerado una de las nuevas voces del cine chileno, de esos que dentro de 20 años figurará como una referencia. Y casi como dándose cuenta de hacia dónde lo llevaron sus intenciones –las de ahora, tal vez las de siempre–, reflexiona en voz alta sobre el oficio. “Siento que hacer cine está más cercano al mundo de un ilusionista que al de un escritor”.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación