CannesUn fotograma de la película Youth, protagonizada por Michael Caine y Harvey Keitel.
  • El director Paolo Sorrentino, en mayo pasado, en el Festival de Cannes.
  • Toni Servillo, en el gran papel como Jep Gambardella, en La gran belleza.

Como el tiempo que pasa

A pesar de que sus películas no se estrenan en Colombia, Paolo Sorrentino es uno de los directores de cine más ambiciosos y recargados de la actualidad. En el pasado Festival de Cine de Cannes, estrenó Youth, con Michael Caine y Harvey Keitel como protagonistas. ¿Se verá algún día en el país el cine de este italiano?

2015/08/21

Por Janina Pérez Arias* Cannes

A Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) no le gusta mucho hablar de sus películas. Da la sensación de que, si estuviera en sus manos, se negaría a conceder entrevistas, a someterse a la sufrida experiencia de tener que explicar su trabajo. Sin embargo, hace un esfuerzo (rozando en lo “meritorio”) al saltar ese muro conformado quizá por cierta timidez y algo de hastío. 

Aún no es mediodía, y la mañana ha sido pesada, con entrevistas cronometradas por una atenta y amable agente de prensa, centinela del tiempo disponible para cada conversación. El escenario no podía ser el más idóneo: la terraza del exclusivo Hotel Marriott en Cannes, todo un circo donde pululan periodistas, estilistas, gente atractiva y hermosa, actores, directores… Un microcosmos muy representativo del Festival de Cannes, como también una puesta en escena que mucho recuerda a las fiestas recreadas en La gran belleza. Y allí, en medio de ese espectáculo real, se encuentra Paolo Sorrentino, yendo de una mesa a otra, de un set al otro, acompañado de su traductora, para hablar (por enésima vez) de lo que no le gusta explicar, en específico su más reciente película titulada Youth.

Sorrentino parece liberado cuando habla de fútbol. Es como si pasara a otra dimensión, a una en la que se siente muy cómodo y se deja llevar sin tener que medir las palabras. Es hincha del Nápoles, y aunque parezca extraño, fue como fanático de ese equipo que encontró uno de los hilos que mueven su trabajo como cineasta. Corría 1984. Un Diego Armando Maradona diezmado, después de un año aciago con el FC Barcelona, llegaba a una ciudad llena de problemas. El Pibe de Oro había firmado por Società Sportiva Calcio Napoli. Maradona llegó para cambiarle la vida a su equipo, y sobre todo a los hinchas. Lo demás ya es historia. Para aquel entonces Sorrentino era un adolescente que soñaba con convertirse en una estrella de rock. Aún no se imaginaba la repentina orfandad –a los 17 años–, ni el giro que daría su vida cuando, al cumplir los 25 años, abandonó una carrera universitaria “seria” y decidió dedicarse al cine.

Curiosamente, tres décadas más tarde, Sorrentino recordaría a Maradona en la octogésima sexta entrega de los Premios Óscar cuando recibió el premio a Mejor Película Extranjera. En ese momento, emotivo, levantó la voz para agradecer a sus “fuentes de inspiración”, fuera del 10 argentino: Federico Fellini, Martin Scorsese y la banda británica Talking Heads. 

Considerado uno de los realizadores más importantes del cine italiano actual, Sorrentino tiene en su haber siete largometrajes, un buen número de cortos, varios trabajos para la televisión, así como una novela (Hanno tutti ragione, 2010) y un libro de relatos publicados (Tony Pagoda e i suoi amici, 2012)


El director Paolo Sorrentino, en mayo pasado, en el Festival de Cannes.

Poco a poco, desde su primera película L’uomo in più (2001), a la que le siguieron Las consecuencias del amor (2004), L’amico di famiglia (2006), e Il divo (2008), inspirada en la vida del político italiano Giulio Andreotti, se mostró dueño de un estilo muy recargado y algo melancólico, o lo que algunos llaman “un espectáculo cinematográfico”. En dicha película, protagonizada por su incondicional Toni Servillo, Sorrentino alcanzaría también notoriedad a nivel internacional. Como él mismo dice, estaba dispuesto a jugársela con cada uno de sus trabajos porque “si existe el riesgo de que todo salga mal, también se tiene la posibilidad de que resulte una buena película”.

Se puede pensar que, gracias a ese sentido del riesgo, casi logra vencer lo que Bernardo Bertolucci ha calificado como “el trauma del neorrealismo”, esa maldición que pesa sobre los cineastas italianos contemporáneos que sucedieron a inmensos directores como Federico Fellini, Pier Paolo Passolini o Michelangelo Antonioni. Ese movimiento, surgido después de la Segunda Guerra Mundial, es objeto de estudios, de inmensa admiración y se ha vuelto una referencia cada vez que los cineastas contemporáneos, llámense Matteo Garrone, Emanuele Crialese o el mismo Giuseppe Tornatore (todos ellos ya consagrados), empiezan a armar nuevos proyectos. 

El napolitano sonríe sin amargura, y más bien deja entrever cierta simpatía con la frase del director de El último emperador. Aprovecha para agregar que ante el desempeño de las nuevas generaciones de realizadores “son en especial los críticos, así sean europeos o de otros continentes, quienes siempre dicen: ‘Bueno, [Federico] Fellini lo hubiera hecho de otra forma...’, o ‘[Michelangelo] Antonioni era otra cosa…’”.

Pero los críticos son inevitables y cuando La gran belleza se presentó en el Festival de Cannes, en 2013, todos a coro la compararon con La dolce vita (Fellini, 1960). Guardando las distancias de estilo y de época, ambas historias están situadas en Roma (“una ciudad de una belleza tan potente que puedes morir si la miras durante mucho tiempo”, ha explicado Sorrentino en referencia a la secuencia inicial de su película); las dos tienen como protagonista a un escritor y periodista entregado al hedonismo –Jep Gambardella (Toni Servillo), en la de Sorrentino; Marcello Rubino (Marcello Mastroianni) en la de Fellini–. Sorrentino asume que su sexto largometraje es un claro homenaje a Fellini, a quien culpa de su pasión por el cine y por haberle enseñado cómo mirar y contar una historia. “Obviamente me siento feliz con esa comparación”, dice. Y agrega: “La dolce vita es una obra maestra del pasado, y como tal es mejor dejarla en paz”.

Juventud

Superada la poca resonancia que tuvo su primera película en inglés, This must be the Place (protagonizada por Sean Penn), y quizá entusiasmado y lleno de valentía a causa del (inesperado) éxito de La gran belleza, Sorrentino se lanzó al vacío con un grupo de actores sólidos como Michael Caine, Harvey Keitel, Paul Dano, Jane Fonda y Rachel Weisz, en Youth (Juventud) que se estrenó en mayo pasado en el Festival de Cannes. Allí, un despistador cartel promocional con hombres canosos, a quienes les cuelgan las carnes y con pieles surcadas, contemplan, perdidos, la belleza del cuerpo sin mácula de una mujer. Y Youth, en efecto, no es historia sobre la juventud contra la vejez; ni sobre la nostalgia o los amargos reproches y arrepentimientos, sino sobre la amistad de sus dos protagonistas (Caine y Keitel), el primero, músico y director de orquesta jubilado (Fred Ballinger); el otro, realizador cinematográfico en pleno desarrollo de su última “obra maestra” (Mick Boyle). Sorrentino se apura en puntualizar que Youth “es más bien sobre el futuro. El futuro brinda la oportunidad de libertad” –se explica–, y la libertad es una condición natural de la juventud; de manera que ver hacia el futuro significa palpar esa libertad, y eso en cierto modo es muy positivo”. 


Toni Servillo, en el gran papel como Jep Gambardella, en La gran belleza.

Youth surgió durante una cena con el recién fallecido realizador de cine Francesco Rosi, cuando Sorrentino presenció una conversación entre Rosi y un viejo amigo suyo. “Lo que me cautivó de esa charla fueron los sentimientos de lo que ellos habían vivido durante tantos años...”, trata de resumir, pero recuerda que no es el pasado en sí aquello a lo que echa mano para construir sus historias (tanto las recientes, como las pasadas), sino más bien “del paso del tiempo y de cómo se vive en su transcurrir”. 

Sorrentino es autor de todos sus guiones y no parece tener compasión con sus personajes, pues muestra sin reparos sus incontables miserias, con alguna que otra virtud, aunque siempre poniendo en evidencia el esperpento interior. “Dejarlos al desnudo es parte de la búsqueda de la verdad, y ese es el objetivo de los directores –justifica–. Sin embargo, pienso que sí muestro misericordia por medio de la ternura, el afecto entre los personajes, a pesar de que expongo cierta crueldad a través del deterioro y de la decadencia física. Si no lo mostrara, sería deshonesto”.

Youth sucede en el apacible entorno de un exclusivo hotel-balneario ubicado en los Alpes suizos. Según dicen, donde Thomas Mann escribió La montaña mágica. Una divertida casualidad que Sorrentino celebra con una sonrisa. Allí, Ballinger y Boyle entablan conversaciones que se pueden tomar como catálogos de sabiduría. Y aunque los dos como personajes no llegan a la complejidad de Jep Gambardella, se nota la mano de Sorrentino al producir emociones cargadas de verdad. “Mi interés se centra más en el hombre y en la mujer como individuos, no como seres sociales. El cine tiene que contar más sobre los individuos, no tanto del hombre social –dice–. No me invento nada. Todo lo he visto, todo es verdad...”, sonríe mientras cruza los brazos, cuando se le pregunta si exagera en ese bello –aunque esperpéntico– lugar social en el que viven sus personajes.

Aunque la recepción de la película estuvo dividida en Cannes, lo cierto es que nadie negó el talento y la elegancia presentes en la realización del napolitano. En Italia, ocurre un poco lo mismo: hay quienes aman su estilo visual, las bellas y grotescas imágenes que produce, la habilidad de “cuentacuentos”, pero hay otros a quienes les parece un efectista lleno de simpleza y vacuidad tanto en sus historias como en sus personajes. Al italiano parece no importarle, o por lo menos así lo dice: “Complacer a todo el mundo tiene algo de estúpido, y eso es mejor evitarlo… Ya no me hacen daño las críticas negativas. He entendido que ese es mi destino, y contra el destino no se puede ir…”.

Al concluir el Festival de Cannes de este año, Youth se había vendido a 76 países, y aunque no estuvo entre los galardonados, quién sabe si una vez más Sorrentino tenga que agradecerles a sus cuatro fuentes de inspiración por los favores recibidos. Por lo pronto, a modo de homenaje y elemento simbólico, en Youth aparece un obeso Maradona pateando magistralmente una pelota de tenis. Todo un espectáculo.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación