Fotogramas de Akounak Tedalat Taha Tazoughai [Lluvia de color azul con un poco de rojo].
  • El afiche de Purple Rain (1984), con el cantante Prince.

Prince y la lluvia púrpura sobre el Sahara

Como un diálogo intercultural del entomusicólogo y cineasta Christopher Kirkley nació la película 'Akounak Tedalat Taha Tazoughai'(2015), una adaptación de Purple Rain que traslada al clásico de Prince rodado en Minneapolis al polvoriento desierto de Agadez, en el norte de Níger. Aunque el músico, fallecido el pasado 21 de abril, nunca vio la película, sus creadores la consideran un justo tributo.

2016/05/24

Por Salym Fayad* Johannesburgo

Mdou Moctar lo dice de entrada: “La verdad es que no tenía idea de quién era Prince”. Antes de que le propusieran protagonizar la película sus referentes del pop americano eran otros y pocos. Tan pocos que los podía enumerar. Michael Jackson, claro. Kris Kross. Tupac. Céline Dion. Luego vio Purple Rain, y aceptó.

En la adaptación sahariana de Purple Rain Mdou Moctar se interpreta a sí mismo: un guitarrista de la etnia tuareg que llega a la ciudad de Agadez, en el norte de Níger, para intentar abrirse camino en la competitiva escena musical local. Hay fans, una historia de amor, un conflicto por la autoría de una canción que podría convertirse en un hit, hay un padre intransigente que se opone a las aspiraciones artísticas del héroe, hay egos que chocan y un final con duelo musical sobre el escenario. Hay motocicletas y guitarras eléctricas. Visto así, el argumento del clásico ochentero de Prince no parece tan incongruente con la realidad de la escena musical en aquel rincón del desierto.

Christopher Kirkley, etnomusicólogo y director de Akounak Tedalat Taha Tazoughai [Lluvia de color azul con un poco de rojo], dice que la idea de adaptar Purple Rain en el Sahel surgió de su trabajo con artistas locales en la región a través de su sello disquero independiente Sahel Sounds. “Allí la escena musical gira en torno a las bodas –dice–. Involucra mucha competitividad, todo el mundo quiere ser una estrella. La película es un intento de observar con mayor profundidad ese contexto”.

Desde producciones con enfoques antropológicos hasta series sobre el llamado ‘blues del desierto’, la lista de documentales que se han rodado en la zona es extensa, pero Akounak es la primera película de ficción que se hace en Agadez. Y la ficción, para Kirkley, reduce la distancia: “Pensé que de esta manera la película podía ser más accesible para una audiencia externa, occidental o no, y al mismo tiempo ser una pieza que le hablara a la población tuareg. Para mí era importante que el proyecto pudiera existir en ambos mundos”.

Kirkley y su director de fotografía Jerome Fino, del colectivo audiovisual L’Improbable, hicieron un viaje al norte de Níger en el que pasaron tres semanas preparando el proyecto, exhibiendo Purple Rain y midiendo reacciones. Moctar contribuyó a moldear el guion con partes de su propia vida y con historias de otros guitarristas. Cuando Kirkley volvió a la sede de Sahel Sounds en Portland, lanzó una campaña de Kickstarter para financiar la película. En un periodo récord de ocho días ya había superado la meta. Luego volvió con Fino a Níger para realizar el rodaje, que completaron también en ocho días.

Prince: universal

No era fácil predecir cómo iba a recibir la población local la idea de rodar una película como esta en Agadez. “Prince es un artista muy singular –dice Kirkley–, y Purple Rain es una película muy sensual; no sabía si al mostrarla en Agadez la gente iba a asimilar con facilidad ciertas partes”. Evidentemente, la célebre escena en la que el personaje de Prince induce a Apolonia a quitarse la ropa y a saltar a las aguas heladas del lago fue matizada y ambientada según un comportamiento que resultara más verosímil en la cultura tuareg: a saber, el personaje de Mdou Moctar finge que se le acaba la gasolina de la moto para quedarse más tiempo a solas con la chica que lo acompaña en un área remota. En la versión tuareg, sin embargo, la heroína no se deja engatusar.

Purple Rain funciona, más que como un molde, como el marco que le va a permitir a Kirkley llevar a cabo su experimento cinematográfico. “Purple Rain es la obra de ficción rockera por excelencia, y a la vez cuenta una historia que es universal, que se puede traducir y recrear en la cultura musical de cualquier parte”.

Guardadas las proporciones en cuanto a la producción, y salvando las obvias discrepancias culturales, desde la primera vez que Kirkley le mostró Purple Rain en un computador portátil en el desierto, a Moctar la trama le resultó inesperadamente familiar. “Los artistas en Níger son extremadamente celosos con su música, y en nuestro círculo hay que resolver las rivalidades sobre el escenario, demostrando quién es el mejor en las competencias de guitarra”, dice. Y luego está la tensión entre la familia y la música. “Vengo de una familia musulmana muy religiosa –sigue Moctar–, y los ancianos de mi familia nunca quisieron saber nada de este proyecto; ni siquiera quisieron conocer a Christopher. Crecí con ellos, que son verdaderos creyentes, así que mis dificultades para poder hacer música fueron enormes”. La dramatización del conflicto familiar en Akounak es conmovedora y es real: en un acto de censura artística el padre de Moctar quema su guitarra en una hoguera para preparar el té. En la vida real no le pasó a él, sino a uno de sus colegas guitarristas. Pero “así es en Agadez”.

“Son muchos los elementos dispersos que fui encontrando en el contexto de los matrimonios en el Sahel que me recordaban a Purple Rain, una película con la que crecí”, dice Kirkley. Desde las motos omnipresentes hasta la extravagante vanidad de los guitarristas, se empezaron a trazar los paralelos entre dos contextos tan específicos y aislados como improbablemente similares: la Minneapolis de 1984 y la Agadez de hoy.

Azul con un poco de rojo

En la lengua tamasheq de los tuareg no hay palabra para púrpura. Para Kirkley era tan importante encontrar un título para su obra que hiciera referencia a la película que la inspiró como lograr una adecuada traducción de los códigos culturales. Moctar resolvió el dilema del título. A falta de una palabra para púrpura, quedó Akounak Tedalat Taha Tazoughai, que traduce literalmente “lluvia de color azul con un poco de rojo”. “Decidí que deberíamos conservar ese título porque para mí era claro que hacía referencia al proceso de traducción que implicaba el proyecto. Es una reflexión sobre el proyecto transcultural que trataba de hacer”, explica Kirkley.

Admite también que la idea de hacer una versión sahariana de bajo presupuesto de Purple Rain es, por decir lo menos, forzada. “Cualquier persona externa que entre en este contexto viene con sus ideas preconcebidas, con su propia carga cultural; por más que se trate de abordar el proyecto con una interpretación sensible a las sutilezas culturales, siempre se van a reflejar los prejuicios que tenemos –dice–. Por eso quería ser muy honesto con la película, sin tratar de forzar un producto final predeterminado que tuviera que encajar al pie de la letra con la historia de Prince”.

Esa flexibilidad creativa se vería luego reflejada durante el rodaje. Desde el comienzo, Kirkley se dio cuenta de que más que seguir el guion, lo que les resultaba más natural a los actores era recibir una indicación de lo que pasaba en la escena y que ellos improvisaran los diálogos espontáneamente. En ese momento la película se convirtió en un proyecto mucho más experimental, dice. Al fin y al cabo, Akounak es la primera película grabada enteramente en la lengua de los tuareg, entonces Kirkley, aún siendo el director, no entendía nada de lo que estaban diciendo los actores frente a la cámara. “Fue luego, en la posproducción, que reunimos todo el material y lo mandamos traducir del tamasheq al inglés. Entonces todo el proceso de hacer la película fue muy orgánico, dejamos que la idea original basada en Purple Rain se transformara en un diálogo, en una conversación entre culturas”.

Además de la proliferación de guitarristas del llamado ‘rock del desierto’ cuya presencia es ya habitual en los festivales musicales alrededor del mundo, la región del Sahel en la que está ubicada Agadez está asociada a otros referentes menos favorables en el imaginario occidental: la presencia de milicias fundamentalistas, la destrucción del templos centenarios, los levantamientos de grupos rebeldes independentistas, contrabando, narcotráfico y tráfico de personas.

Ninguno de estos temas, sin embargo, ocupa un papel evidente en Akounak. Esa falta de protagonismo tiene como objetivo justamente dar una imagen que se aleje de las narrativas convencionales, abriendo una ventana a la cotidianidad de la escena musical en Agadez. Kirkley dice: “Creo que el hecho de que no se hable directamente de esos asuntos en la película plantea ya una posición política en cierto modo. Sin embargo, hay rastros de todos esos temas en Akounak. Todo está ahí, en el trasfondo, en la vida diaria de estos guitarristas tuareg, en el día a día del pueblo. Incluso la casa que alquilamos durante el rodaje le pertenecía a un hombre libio que muy probablemente estaba involucrado en el tráfico de personas a través del desierto. Esos temas no eran necesariamente centrales en nuestra narración, pero son parte del sitio donde los protagonistas viven en la vida real”.

Tributo

Kirkley cuenta que la idea de hacer la película nació como una broma, y que inicialmente dudaba de que alguien que no estuviera en su círculo de conocidos y seguidores de su trabajo como productor de músicos de África occidental se fuera a interesar por ella. Pero la atención que generó Akounak después de su lanzamiento y de sus presentaciones en festivales de cine internacionales lo llevó a fantasear un poco. “Empecé a pensar que quizá un día Prince nos llamaría para conocer a Mdou, y tal vez tocar con él –dice–. Esperábamos que se pronunciara de alguna manera sobre la película. Nunca tuvimos esa oportunidad, pero ahora que ha muerto creo que la película se ha convertido definitivamente en un tributo a él”.

Para Moctar, Akounak ha tenido un efecto equivalente al que tuvo Purple Rain para Prince en su momento, y la película sobre su lucha y sus conflictos como músico disparó su carrera en la escena en la que luchaba por sobresalir. “Finalmente soy más reconocido que la mayoría de músicos en Agadez –dice–. Allá la gente está oyendo mis canciones en sus teléfonos celulares, incluso en YouTube. La historia de Prince, y la que se cuenta en Akounak, es la historia de mi propia vida”.

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