Unos niños organizan una serie de películas en el archivo fílmico de Afganistan. Foto: Fotograma de 'Una verdad titilante'.
  • Una verdad titilante recibió el aplauso de la crítica en la pasada edición del Festival de Cine de Toronto.

El archivo cinematográfico de Afganistán

La neozelandesa Pietra Bretkelly se deshizo de una cómoda vida para viajar y documentar el mundo. Así terminó en Afganistán, donde encontró el material para su nuevo trabajo, A Flickering Truth, proyectada y aplaudida en el pasado Festival de Toronto: el sorprendente y escondido archivo cinematográfico de un país en guerra.

2015/10/23

Por Hugo Chaparro Valderrama* Toronto

"Las situaciones que me interesan son las que me desafían de manera impredecible”.

Afganistán, para una mujer de Nueva Zelanda llamada Pietra Brettkelly, alta como una palmera, enérgica, con la vitalidad que le ha permitido recorrer el mundo, capaz de reírse de una manera franca y sonora que apenas podría contener el capullo espeso y portátil de una burka, con el acento inglés que define la tonada del idioma en el Pacífico Sur –filtrándose en las palabras que pudiera pronunciar en pashto o dari, las lenguas oficiales de Afganistán–, acompañada en Kabul por la presencia delatora de una cámara, sin duda fue un lugar donde vivió una historia impredecible de riesgo y desafío durante los dos años y medio que le tomó filmar su documental A Flickering Truth (Una verdad titilante).

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La familia Brettkelly, de origen irlandés, hizo de los viajes una profesión para cruzar las fronteras de Nueva Zelanda y comprender las distintas realidades que se pueden conocer en la variedad de geografías y culturas que matizan el mundo. “Tras 20 años de hacer cine –me dice Pietra mientras conversamos en medio del tumulto que recorre las salas en el Festival de Cine de Toronto–, mi interés ha sido conocer todo tipo de personas más allá de mi realidad segura y adorable”.

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La ironía de su frase se contrarresta cuando me asegura que luego de conocer cientos de países, Afganistán es uno de los más cercanos a su corazón. Por varias razones:

Por la aventura que significó para ella viajar a Kabul y conocer las bodegas de Afghan Film, donde encontró un archivo cinematográfico tan sorprendente como su protector, el tío Isaac Yousif, quien vivió durante más de 30 años en el sitio donde estuvieron almacenadas las películas, salvándolas de la destrucción representada por la amenaza de los talibanes, contrarios a un arte esencialmente visual.

De la edición 121, la película que estuvo solo dos días en cartelera.

Por el trabajo de rescatista que llevó a cabo Ibrahim Arify, un director afgano exiliado en Alemania durante más de dos décadas después de que los muyahidinies lo arrestaron por el crimen de hacer cine, al restaurar a su regreso al país las imágenes de la memoria que reposaban entre las latas de Afghan Film.

Por la solidaridad sin condiciones de Mahmoud Ghafouri, el jardinero que trabajó durante varios años con el tío Isaac y que rezaba con devoción angustiosa por la seguridad de su país cuando escuchaba una explosión.

Por los viajes a Kabul y otras regiones del país, que le permitieron a Pietra narrar en su documental una historia acerca del testimonio que resguarda el cine.

Por su comprensión de la verdad como un concepto subjetivo y frágil, variable según las distintas perspectivas que se pueden conocer en la pantalla, y hasta qué nivel de misticismo, el amor por las imágenes y por su preservación intenta perpetuar a los personajes del pasado, que reviven en una sala donde la luz traduce las visiones que pudieron escapar de la memoria.

“Mucha gente me dijo que no hiciera la película –continúa Pietra–. Me advirtieron que el régimen político del país era corrupto, que me pedirían bastante dinero para que pudiera trabajar, pero la única manera de saberlo era visitar Afganistán. Una aventura que podía ser todavía más peligrosa cuando el camino hacia Afghan Film pasaba en frente de las embajadas de Italia y Estados Unidos, encontrándome un día con más helicópteros y soldados de los que usualmente veía, mientras todo el mundo estaba atento a lo que pudiera suceder, sospechando que quizá se había cometido un atentado terrorista por parte de un fanático suicida, ¡hasta que me enteré de que Hillary Clinton visitaba la ciudad!”.

Una ruta prolongada de Nueva Zelanda a Kabul, donde la presencia de una mujer filmando una película era extraña, incluso para la misma Pietra, “aunque nunca nadie me juzgó por ser mujer y extranjera, lo que me causó curiosidad pero nunca hostilidad, y me permitió acercarme al país con la mente abierta, sin suspicacias. Además, si sucedía algo inesperado, tenía que reaccionar de una manera que me fortaleciera y le sirviera a mi película”.

El convencimiento de que muchos temas culturales de los últimos cien años están presentes en el cine, y la necesidad de contribuir a preservar la memoria cinematográfica de Afganistán con su documental, la decidieron a la aventura en la que se revela el coraje por comprender la cultura del país y su manera de aproximarse a lo que pudiera parecerse a la verdad a través de las películas que descubrió en compañía de Isaac Yousif e Ibrahim Arify.


Pietra Brettkelly nació en Whakatane, Nueva Zelanda, en 1965. / Cortesía Pietra Brettkelly

“Un narrador de historias visuales es algo fundamental para cualquier comunidad que no sabe hacia dónde se dirige cuando no se conoce a sí misma del todo. En Afganistán, donde el analfabetismo es del 70 % y el reclutamiento militar es uno de los más grandes que se hayan registrado en la historia de la humanidad; donde para votar la gente se guía por los símbolos dibujados que identifican a los candidatos; donde su sociedad es tribal, los cultivos de amapola son una fuente de poder para los talibanes y gran parte de la población lucha simplemente para sobrevivir en medio de la pobreza; tan sorprendente cuando en los Himalayas hay comunidades que aún tienen el adn de Alejandro el Grande, es lamentable que décadas de ayuda se hayan convertido en un hábito generacional por el que la gente se olvidó de cuidarse a sí misma y se resignó a que los extranjeros les expliquen cómo hacerlo”, dice Pietra.

El cuerpo del tío Isaac, enfermo, doblegado por el peso de la joroba que maltrató su espalda varios años, tratando de sobrevivir al rigor de la vejez, es una metáfora de las películas que protegió, “enfermas” como él por el tiempo que las sumergió en un lento deterioro; valiosas por una información que continúa viva mientras alguien las recuerde y las vea.

Pietra considera que Yousif “era el archivo y su memoria, lo más importante que tuvo para dejarle al mundo. Y es por eso que Arifi lo escucha conmovido, hacia el final del documental, cuando el tío Isaac le dice: ‘Me siento bien de que estés acá’. Porque puede confiar en él y permitirse morir. Un legado sobre el que me habló, después de ver lo que filmé con Yousif, uno de los empleados del archivo, diciéndome que había aprendido mucho de su vida, aunque hubieran trabajado juntos durante tanto tiempo”.

Por ejemplo, conocer la historia de su orfandad temprana a los 13 años, cuando el tío Isaac reemplazó a sus padres biológicos por la familia imaginaria del cine y se enamoró de las películas de vaqueros que le enseñaron un mundo donde podía soñar al margen de la realidad precaria que enfrentó durante su adolescencia.

“Después de presentar el documental en el archivo, Mahmoud, el jardinero, me dijo: ‘Creí que el tío Isaac no estaba acá, pero continúa con nosotros en su película’. Fue algo semejante a la presencia de los directores que me acompañan cuando trabajo, hablándome, como yo a ellos, y compartiendo una historia que abarca algo más de cien años”.

A Flickering Truth conjura otra metáfora: la desaparición de una película como evidencia de la muerte y su amenaza de los seres humanos que estuvieron alguna vez ante la cámara.

Para recompensar el trabajo de Isaac Yousif, Ibrahim Arify y de todos los que desempolvaron el peso del olvido en cada cinta del archivo, además de organizar un cine itinerante que recorre dos veces al año la geografía de Afganistán proyectando las películas del archivo en pueblos y escuelas distantes de Kabul, nutriendo la memoria de sus espectadores, Pietra se concentró en tres aspectos que guiaron su documental: la importancia del cine como registro de la historia, la necesidad de considerar un archivo no como un baúl de recuerdos sino como un espacio en el que se comprenden las enseñanzas de la historia y los hechos del tiempo que afectaron en el transcurso del rodaje a las personas que filmó.


Una verdad titilante recibió el aplauso de la crítica en la pasada edición del Festival de Cine de Toronto.

“¡Sin exotismos! –aclara Pietra–: Algo que pasó cuando un extranjero se acerca a otra cultura para observarla con lentes coloniales como sucedió cuando se colonizaron las islas del Pacífico, en Polinesia, de donde vengo yo, cuando los extranjeros vieron a su gente con la extrañeza del exotismo. Podría suceder lo mismo con un archivo cinematográfico como el de Afganistán si consideramos que en sus películas se encuentra el testimonio de culturas diferentes”.

Una variación de la memoria, enlatada para proteger el celuloide donde permanecen las ficciones, ilusiones o verdades de otro tiempo.

“Sus interpretaciones, sus verdades titilantes. Algo que comparto con la gente a la que filmo cuando le proyecto las películas que hago sobre ellos, para conocerlos mucho mejor, porque puedo tener opciones como enseñar el retrato de alguien que ha muerto, cuando hacerlo puede ser prohibido en ciertas culturas. Un aprendizaje que también puede suceder de manera inesperada. Recuerdo que nos encontrábamos en una zona dominada por los talibanes y la camioneta en la que viajábamos se varó. Nos quedamos durante varias horas en un lugar bastante inseguro. El conductor me aconsejó que me pusiera la burka y me quedara dentro de la camioneta. Fue aterrador porque estábamos expuestos. Sabía que a los talibanes les interesa especialmente secuestrar extranjeros. Aunque estaba muy nerviosa, comprendí que mi trabajo era valioso precisamente por eso, porque era una extranjera y una mujer que enfrentaba la situación”.

También por su coraje ante el desafío de lo impredecible, dirigiendo su mirada a través de la cámara mientras recorría el laberinto del archivo y hacía parte de su memoria, permitiéndole al espectador descubrir en su documental un fragmento de la intimidad, los secretos y la historia de un lugar donde el tiempo hecho cine tuvo la fortuna de salvarse.

*Escritor y crítico de arte 

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