¿Por qué no se le exige rigor periodístico al cine que, como Operación E, recrea hecho históricos?

¿Por qué no se le exige rigor periodístico al cine que, como Operación E, recrea hechos históricos?

El embajador del Reino Unido en Irán en ese entonces dijo estar consternado por la forma como Argo obvió el papel de su país en el rescate.

2013/02/20

Por Daniel Pardo* Londres

Clara Rojas dice que Operación E “presenta una realidad que no es la realidad”. La película que dedica el título a su hijo Emmanuel “presenta como héroe a un hombre que no sabemos si lo cuidó o lo tuvo secuestrado por meses”, dice. El hombre, José Crisanto Gómez, fue el campesino que recibió al bebé de manos de las FARC después de que Rojas lo concibiera y diera a luz en pleno secuestro.

“Su caso todavía está sub judice –asegura ella–. El expediente del Instituto de Bienestar Familiar dice que Emmanuel sufrió maltratos y ha debido ser llevado a un centro hospitalario de inmediato (…) Pero él, que no reveló su identidad, lo mantuvo y se lo quiso quedar durante meses”, concluye Rojas en conversación con Arcadia.

Operación E cuenta la historia de ese campesino, que estuvo arrestado durante cuatro años por el supuesto secuestro de Emmanuel y, que al recobrar la libertad, se fue para España. Según la productora, la española Cristina Zumarraga, la película “está absolutamente basada en hechos reales”. El guion está enmarcado en un contexto histórico, menciona los nombres reales de los protagonistas de los eventos e incluso usa audios del presidente Álvaro Uribe.

Y, sin embargo, los productores defienden las posibles imprecisiones fácticas de la película porque –como muchos decimos cuando tenemos este viejo debate sobre verdad y cine– “es una película”.

Ni la ley ni el periodismo se han puesto de acuerdo en la historia de Emmanuel. El suceso es demasiado reciente para sacar conclusiones. ¿No deberían las películas “basadas en hechos reales” ser catalogadas con una M, de mentira.

Simon Jenkins, un veterano columnista del diario británico The Guardian, cree que sí. “Los productores no pueden alegar que sus películas son hechos reales cuando a la vez dicen que son ficción. Usan esta palabra, ‘basado’, porque les conviene, porque es ambigua. Pero también usan la palabra ‘real’ por todas partes”, le dice a Arcadia.

La licencia para reportear, argumenta el exdirector del Times de Londres, implica responsabilidades. “Si las rotulan como ‘historia reales’ y hablan de un hecho histórico reciente, las películas se van a convertir inevitablemente en una fuerza cultural que, como tal, debería cumplir los mismos principios de equilibrio y método que cumple el periodismo y la historia”, señala.

Arcadia contactó a Jenkins a propósito de una columna que el periodista escribió sobre las películas Argo y Zero Dark Thirty. Ambas empiezan con la famosa frase. Ambas están hasta el cuello de nominaciones al Oscar. Ambas hablan de sucesos históricos recientes, un fenómeno cada vez más frecuentes en Hollywood. Y ambas, según Jenkins, son un puñado de invenciones.

La primera, sobre la escapatoria de seis estadounidenses escondidos en la embajada canadiense en Irán, empieza con un estilo de documental histórico sobre el contexto. Cuenta la manera como un agente de la CIA, interpretado por Ben Affleck, arma una sofisticada estrategia para sacarlos. Aunque la repuesta de los críticos de cine a la película ha sido magnífica, muchos –quizá no críticos, sino periodistas o políticos– han salido a cuestionar su precisión histórica. Entre ellos, el embajador de Reino Unido en Irán en ese entonces, quien dijo estar “consternado” por la forma como obviaron el papel de su país y de Nueva Zelanda en el rescate. Otros han dicho que el final de la película, uno de esos en que todo pasa en el último segundo, es supremamente exagerado. E Irán, por su parte, prohibió la proyección de la película en sus salas de cine y planea producir su versión, en su caso sí “fiel a la historia”.

La segunda, también conocida como “la película de Bin Laden”, cuenta la historia de cómo la CIA dio con el paradero del jefe de Al Qaeda en Pakistán y lo mató. Entre las múltiples impresiones que se han mencionado, está el detalle de que los pakistaníes no hablan árabe, como muestra la película, sino urdu. Políticos, periodistas y activistas –aunque, de nuevo, no críticos de cine– han cuestionado Zero Dark Thirty porque asume que la tortura fue crucial para dar con el paradero del militante islamista. El director de la CIA, Michael Morell, dijo que “la película crea la impresión de que las técnicas de interrogatorio ampliado (...) fueron la clave para encontrar a Bin Laden. Esa impresión es falsa”.

¿Por qué el cine sobre hechos reales se toma –o tiene– la licencia para decir mentiras? Para el escritor y guionista Ricardo Silva, hay dos razones. La primera es que el cine está pensado para conseguir un efecto y el solo hecho de que parta de un guión dramático, y sea interpretado, y filmado, lo aleja de la realidad. “La vida, en teoría, no tiene estructura dramática; es menos estética y más caótica”, dice el crítico de cine de Semana durante doce años. En segundo lugar, continúa, está el hecho de que toda narración es una interpretación, versión o traducción. Es decir que aunque los métodos de los periodistas y los historiadores sean diferentes a los de los guionistas, los resultados son los mismos: subjetivos.

Así llegamos al concepto de ficción documentada, que es diferente al cine de no ficción. La primera arma una historia dentro de un contexto real (JFK, La lista de Schindler, En el nombre del padre) y la segunda trata de reinterpretar una historia (Argo, Zero Dark Thirty, Operación E) que ya es de conocimiento público porque aparentemente así fue como ocurrieron los eventos.

Cualquiera de ellas se puede ganar un Oscar. Cualquiera, también, puede ser una pésima película. Todas, con seguridad, van a enfurecer a alguien, sobre todo a los involucrados. Y todas, señora Clara Rojas, van a “presentar una realidad que no es la realidad”.

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