¿Se puede recomendar una película tan dura y terrible como Amour?

¿Se puede recomendar una película tan dura y terrible como Amour?

¿Hay películas buenas, o excelentes incluso, que cuesta trabajo recomendar?

2013/02/20

Por Manuel Kalmanovitz G. *Bogotá

¿Hay películas buenas, o excelentes incluso, que cuesta trabajo recomendar? La periodista y escritora norteamericana Francine Prose se hizo recientemente esa pregunta en el blog del New York Review of Books y terminó dándole una respuesta afirmativa. Es una buena pregunta, claro, y Prose la hacía con respecto a Amour, la cinta de Michael Haneke ganadora en Cannes del 2012 y nominada inesperadamente, junto a otras ocho, para el premio Oscar a Mejor Película, normalmente restringido a películas en lengua inglesa.


Es una duda que surge de vez en cuando y que en el caso de Amour tiene que ver tanto con recursos formales (planos largos, una cámara que no se mueve mucho, un par de escenarios, un par de actores) como con una temática dura y difícil de ver, la de las enfermedades en la gente mayor.

Algunas películas son difíciles de recomendar por ser tan distintas a lo que estamos acostumbrados a ver. Nada más por razones formales sería incómodo recomendarle Satantango, una obra maestra en blanco y negro de siete horas de duración dirigida por el húngaro Bela Tarr, a una pareja de adolescentes que hacen fila para comprar crispetas en un multiplex de un centro comercial (aunque una película lenta, fangosa, con música de acordeón y que dura siete horas seguramente hará maravillas para afianzar o terminar de desbaratar romances insuficientemente consolidados).

En contexto, Amour es claramente importante. Es una película que, como es común en lo que hace Haneke, nos restriega la nariz contra cuestiones desagradables que preferiríamos no oler ni saber que existen.

Es lo que hizo en Caché donde hacía trizas el sentido de seguridad de una pareja de intelectuales acomodados. O lo que ha hecho en sus meditaciones sobre la violencia como Funny Games y Benny’s Video.

A menudo sus películas dan la sensación de ser producto de una mente moralista y cruel, una especie de figura paterna que castiga desproporcionadamente cualquier falta menor y que odia, con un odio frío y metódico, cualquier aspiración burguesa visible en el horizonte.

Y sin embargo le va bien. Esos mismos burgueses que tan mal parados quedan en sus películas, que aparecen como mezquinos, timoratos e ignorantes, deben comprar al menos una parte de las boletas que le permiten seguir haciendo películas.

¿Cómo entender eso? ¿Será un acto de autoflagelación de parte de ese público? ¿O lo verán más bien como una especie de expiación? Pensarán que si se aguantan el malestar durante dos horas eso demuestra que no son como los personajes en la pantalla. O que sufriendo durante esas dos horas están pagando la tarifa de vivir una vida acomodada el resto del tiempo.

Cuando estrenaron Amour en el Festival de Cannes, algunos críticos creyeron encontrar un “posible reblandecimiento en la austeridad austríaca de Haneke” (en palabras de Peter Debruge, de Variety), aunque al verla es difícil encontrar nada particularmente blando en estas dos horas. O no sé, de pronto la cama donde la pareja duerme –y ni siquiera–.

Es una película terrible, sí, pero quizás sea necesaria. Porque vivimos en una época donde no hay herramientas para hacerle frente a la muerte, para tratar de entenderla si es que es posible entenderla, o al menos saber que está ahí, esperándonos en algún momento. Ahora nos venden la idea de que podemos posponerla indefinidamente con una pomadita acá o con una dieta allá o con un nuevo régimen de ejercicio más allá.

“Cuando yo llegue a viejo… pero la ciencia está muy avanzada, ¿no?”, le dijo Diomedes Díaz a Ernesto McCausland cuando le preguntó sobre la muerte.

Pero encerrados frente a esta película no es posible hacerse ilusiones con pomadas ni dietas. Ni siquiera con la ciencia, que tanto sigue avanzando. La forma magistral en que Amour maneja la duración de lo que sucede nos obliga a enfrentar el tiempo de las enfermedades de la gente mayor, que es distinto al tiempo de las enfermedades de los no tan mayores, porque son procesos alargados que solo pueden empeorar.

Cualquiera que haya presenciado la enfermedad de un ser querido mayor sabe lo extraño que es todo el proceso. Sabe que el tiempo se curva, que hay horas que parecen días al lado de minutos angustiados y frenéticos que se van como segundos. Sabe lo que es la impotencia ante el sufrimiento ajeno y quizás sea eso, esa sensación de impotencia del protagonista y de uno como espectador, lo que hace que esta película sea tan impactante y tan difícil de ver.

Es esa impotencia la que por momentos hace que uno sospeche que, como espectador, está siendo víctima de un experimento cruel, de ver cuánto soporta, cuánto más es capaz de ver, qué tanto más puede acercarse a este horror que tan desapasionadamente nos muestran.

A pesar de esto, no estoy de acuerdo con Prose. Amour es una película que se puede recomendar. Es cierto que es durísima, cruel y que dura dos horas. Que lo deja a uno con dificultades para pasar saliva. Pero es también un recordatorio necesario de que la muerte en muchos casos no viene con la rapidez de una bala como nos muestran tan alegremente las películas de acción.

Prose dice que ese recordatorio no es necesario, que la película nos obliga a ver algo horrible antes de que verdaderamente debamos enfrentarlo y quizás tenga razón.

Pero yo la recomendaría aun así. Viéndola me di cuenta, de manera visceral, de lo mal preparados que estamos para ese momento que nos espera a todos. ¿Y eso qué tiene de bueno? ¿Sentirse mal preparado sirve de algo? No sé. Al menos se pone en evidencia ese vacío y uno puede ponerse a buscar por ahí. Aclarando que ese “por ahí” no incluye la película, Amour no ofrece ni el menor consuelo.

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