François Ozon nació en París, en 1967.

“Si no hay riesgo, no hay deseo”

Dueño de una fama que ha construido a punta de experimentar en diversos terrenos, François Ozon, cineasta francés, siempre busca asumir retos. En el Festival Internacional de Cine de San Sebastián conversamos con él sobre su filmografía, Éric Rohmer, Alemania y de por qué trabajar con mujeres es mejor que con hombres.

2016/10/26

Por Janina Pérez Arias* San Sebastián

François Ozon (París, 1967) nunca cuenta la misma historia. Aventurero y prolífico, a veces prefiere provocar, como en La piscina (2003) o en Joven y bonita (2013); a veces opta por explorar la psicología humana, temática central de El refugio (2010) y En la casa (2012), y a veces parece solo querer entretener al público, como en el caso de 8 mujeres (2001) y Potiche (2010). Después de tres décadas de carrera, aún lo domina el ansia de contar historias.

Ozon hace parte del selecto grupo de realizadores que cuenta con la aprobación tanto del público como de la crítica. Al primero le tiene muchísima consideración y respeto, al segundo no tanto. Cuando habla, su tono de voz es ligero, emana tranquilidad, derrocha cortesía y buen humor. Al Festival Internacional de San Sebastián llegó con su nuevo largometraje, Frantz, la historia de una joven viuda que, después de la Primera Guerra Mundial, se enfrenta al dolor de la pérdida y a un misterio. Hablamos con él.

Usted viene de una familia que no tiene nada que ver con el mundo del espectáculo. ¿Qué tan difícil fue convencerlos de que quería ser director de cine?

Mis padres siempre han sido cinéfilos, aunque mi padre era científico y mi madre, profesora de Literatura francesa. El hecho de que ambos fueran profesores no representó ningún problema en mi relación con ellos. Lo que sí pasa es que como yo era negado para las ciencias, siempre fui más apegado a mi madre y al mundo de las letras. Mi padre tenía una cámara Súper 8, que tomaba para hacer cortos, hasta que un día decidí que lo que quería era hacer películas.

¿Cómo ha lidiado con el bagaje del cine francés? ¿Le ha costado encontrar su lugar?

No me formulo ese tipo de preguntas. Hago lo que tengo que hacer, y lo que quiero es contar historias, eso es lo que me gusta. Trato de hacer mi propio camino, y trabajar lo mejor que pueda. Está claro que no ignoro todo lo que significa la cinematografía francesa, no solamente para mí, sino para el mundo. A veces, esas películas me han ayudado. Por ejemplo, cuando tengo una idea, reviso cuál reconocido director trabajó algo similar, y a veces eso me ayuda a cristalizar lo que quiero contar. Sin embargo, no tengo complejos… Me gusta tanto hacer películas que no me planteo esas preguntas.

En muchas entrevistas con usted surge Éric Rohmer. ¿Fue un ejemplo para usted?

Rohmer fue muy importante para mí. Cuando era estudiante, yo era un don nadie, así que él no sabía quién era yo, ni de la admiración que le profesaba. Pero cuando empecé a hacer cine y a darme a conocer, Rohmer se mostró muy conmovido con mi trabajo por el hecho de que escogía a los actores que habían colaborado con él, como Marie Rivière, Melvil Poupaud (ambos aparecen en El tiempo que queda y El refugio) o Fabrice Luchini (Potiche y En la casa). En Francia se solía decir que cuando un actor trabajaba con Rohmer su carrera ya había terminado, porque esos actores suelen quedarse con ese “toque de Éric Rohmer”, lo cual dificulta que trabajen con otros directores (se ríe).

Ha dicho que el cine es el arte de la manipulación. ¿Qué tan lejos puede llegar con el “arte de manipular”?

Para mí, el cine es como un juego de niños. La manipulación a la que me refiero tiene que ver con el trabajo con los actores, de meterlos en ese juego en el que interpretan un papel determinado. Mis actores y yo estamos conscientes todo el tiempo de que se trata de un juego, aunque a veces perdemos conciencia de eso y de repente te das cuenta cuando ves una escena que tal vez no haya resultado o quizá sí. En un rodaje siempre entran en juego cosas que surgen espontáneamente, por casualidad, y algunas veces pueden ser buenas para la película. De ninguna manera veo el cine como una perversión, y hasta cuando he hecho películas bastante sombrías, nos divertimos en el rodaje. Recuerdo que fue una gran alegría rodar Regarde la Mer (1997), una cinta bastante oscura y cruel. Así que es un juego, y nosotros somos niños que jugamos.

En ese juego usted es el líder, pero, ¿qué tanto de controlador obsesivo tiene usted como director?

(Se ríe). No soy tan controlador, porque para mí hacer una película es un continuo proceso de trabajo. Llego al set con muchas ideas de lo que quiero hacer, se las transmito a los actores y veo cómo reaccionan. En función de esas reacciones, cambio algunas cosas.

¿Disfruta ser un director polémico?

(Se sonríe). No soy controversial… ¿Crees que lo soy?

A veces sí…

(Se sonríe). No lo sé, pero sí pienso que el cine es un buen lugar para decir cosas que pueden resultar controversiales. No estoy dispuesto a hacer películas que solo muestren lo blanco y lo negro de una historia, tal como una película americana. A mí me gusta provocar, estimular acciones y reacciones de más envergadura en la audiencia.

¿Cómo logra que cada una de sus películas sea tan diferente a las otras?

No sé si son tan distintas. Siento que existen muchas conexiones entre ellas, por muy distintas que parezcan. Lo que intento es retarme a mí mismo, experimentar cosas nuevas. De mi trabajo siempre me emociona tener el deseo de experimentar en otros terrenos, y siento la necesidad de tomar riesgos. Y es que si no hay riesgo, no hay deseo. El riesgo es lo que estimula a tratar de hacer cosas nuevas.

Usted es para la audiencia como una especie de Scheherezade, a la que tiene atrapada contando historias. Como ese personaje de ficción, ¿teme a una posible decapitación?

(Se ríe). No creo que el público me quiera cortar la cabeza. Existen muy buenos directores, no soy el único, de manera que hay muchísimas “Scheherezades”. El público es muy importante para mi trabajo; siempre me pregunto acerca de sus sentimientos y sensaciones, y me interesa su opinión. Durante el proceso de edición, suelo pedirles a conocidos y amigos que vengan a ver el material que tengo para analizarlo, para escuchar sus puntos de vista.

¿Qué hace que una historia sea atractiva?

Eso lo sé cuando me empieza a obsesionar. Cuando la pienso, la sueño, cuando me despierto y el primer pensamiento es esa historia en particular. Entonces es cuando sé que la quiero contar. Dejo que mi inconsciente y mis sueños trabajen en ello.

Usted ha trabajado con divas, con actores y actrices reconocidos, con intérpretes naturales. ¿Qué tanto difiere su trabajo como director en cada caso?

No tengo una sola manera de trabajar con actores, porque pienso que te tienes que adaptar a cada intérprete. Cuando hice 8 mujeres (2001) con Isabelle Huppert, Catherine Deneuve y todas esas actrices, fue diferente; para cada una de ellas tuve una adaptación personal. En general, no puedes dirigir a todos tus intérpretes de la misma manera; cada uno tiene necesidades especiales, hasta para algunos personajes se precisan explicaciones psicológicas para que los actores den con lo que quieres de ellos. Entonces todo depende y varía mucho con las situaciones, así se trate también de profesionales o no. En el caso de actores jóvenes necesito primero entablar un nexo de confianza. Es muy emotivo para mí porque me dan y muestran sus emociones, como también es conmovedor ver cómo se desenvuelven en la pantalla.

¿Se siente más cómodo trabajando con actrices o con actores?

(Se sonríe). Me da más placer trabajar con mujeres porque tengo la sensación de que las actrices son más fáciles de tratar que los hombres. Con las mujeres pasa que están más acostumbradas a seducir en la vida, cosa que no pasa tan a menudo con los hombres, y algunos actores no aceptan ese aspecto de la feminidad. Y pienso que cuando eres actor dependes del deseo de otros.

¿Será por eso que en algunas de sus películas los personajes masculinos mueren muy pronto?

(Se ríe). Por lo general mato siempre al padre. ¡Lo siento!, es un problema mío (se ríe). Lo que pasa es que para mí el padre representa la ley, el marco que detiene la acción, el que pone los límites. Ante esto, muy a menudo mis personajes femeninos están como perdidos al principio, tal como en Bajo la arena (2000), y al no existir esa figura masculina, les da la oportunidad de asir las riendas, de tomar el camino de la libertad.

Su más reciente película, Frantz, tiene muchas particularidades que la hacen diferente a sus otras. Más allá de la relación amor-odio entre Alemania y Francia, ¿qué le motivó contar esta historia?

Soy un gran admirador de Alemania. Sé que esto es algo sorpresivo viniendo de un francés, ya que en mi país aún persiste una opinión muy fuerte de los alemanes a causa de la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando era niño, lo primero que descubrí fue a Alemania, porque mis padres tenían familiares allí, entonces íbamos muy a menudo, y se produjo una suerte de intercambio entre niños de mi edad. Disfrutaba de esos viajes, y siempre me interesé por esa cultura; además sucede que cuando vas a ese país te das cuenta de que a los alemanes les interesa la cultura francesa, pero los franceses no muestran ninguna curiosidad por los alemanes (risas). No me extraña que la gente —sobre todo en mi país— se haya sorprendido cuando anuncié que estaba haciendo esta película en Alemania, pero para mí era una manera de introducirme en la cultura germana, de trabajar en una lengua que me parece muy musical, y por eso quería matar todos los clichés que tenemos de ese idioma. Mis productores alemanes quedaron sorprendidos y contentos con el hecho de que un francés quisiera hacer una película allá sin nazis, y en la que los alemanes no eran “los malos” de la película (risas).

No es la primera vez que toma una historia extranjera para llevarla al cine. En este caso, ¿cómo hizo suya la historia?

Descubrí una obra de teatro, El hombre al que amé, de Maurice Rostand, escrita en los años veinte. Me encantó la historia de ese soldado francés que va a Alemania para llevarle flores a la tumba de un soldado alemán. Claro, le iba a hacer cambios, la iba a adaptar, pero cuando me enteré de que Ernst Lubitsch ya había hecho una adaptación en los años treinta (Broken Lullaby, 1931), me decepcioné y suspendí todo, porque después de Lubitsch, ¿cómo iba a venir yo a hacer qué? (se sonríe). Sin embargo, vi esa versión y me di cuenta de que su punto de vista estaba centrado en el soldado francés, mientras que mi idea era más bien contar la historia desde la perspectiva de los perdedores de la guerra, es decir, los alemanes, y desde el punto de vista de la chica, Anna. De manera que caí en cuenta de que mi película iba a ser completamente diferente, como una respuesta de un realizador francés a esa historia.

Para Frantz usted se decantó por el uso del blanco y negro. ¿Siente que la película de Lubitsch influenció su estética?

La idea original era hacer la película en colores, pero cuando empezamos a buscar las locaciones, encontramos lugares fantásticos en Alemania del este, y un día, mientras daba un paseo por donde filmamos, vi algunas fotos de época de esa ciudad en blanco y negro, entonces me di cuenta de que nada había cambiado, te daba la sensación de estar en 1919. Así que tomé la decisión de rodar en blanco y negro, lo cual fue un reto. Los productores se mostraron un poco decepcionados porque no era lo que habíamos acordado, pero para mí era una decisión acertada, ya que le daba más realismo a la historia. Y es que todos los recuerdos que tenemos de aquella época y esa guerra son en blanco y negro.

A la hora de buscar financiamiento para sus películas, ¿basta con su nombre?

Nunca es suficiente ser François Ozon (se ríe). Siempre tienes que convencer a la gente de que necesitas el dinero para realizar una película. A veces es muy beneficioso cuando tienes en el elenco a alguien conocido, tal como fue el caso de Fabrice Luchini (protagonista de En la casa, 2012), ya que es muy famoso y querido en Francia, o también convence el hecho de que se trate de un buen guión y que la realización no signifique muchos costos.

¿Se puede imaginar haciendo remakes de sus película en Hollywood?

No (se sonríe).

¿Por qué?

Porque ya las he hecho en Francia. Si otras personas quieren hacer un remake, está bien, pero yo mismo no lo haría.

*Periodista.

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