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Sugarman

Sugarman. Premio Óscar a Mejor documental 2013

Un documental excepcional

Ganó el Óscar en la categoría de Mejor Documental, la increíble historia de Sixto Díaz Rodríguez ha sido aclamada por la crítica. Llega a colombia el 30 de agosto.

Por: Andrés Felipe Solano*Seúl

Publicado el: 2013-01-22

Esta es la historia de un hombre que regresó de las sombras, un Lázaro nacido en Michigan que se tomó tres décadas en poner un pie de nuevo en el mundo de los vivos. Lo que le sucedió el año pasado desmiente la frase de F. Scott Fiztgerald: “En las vidas americanas no hay segundos actos”. O si se quiere, la confirma. Como impulsado con garrocha, el hombre del que hablamos habría pasado directamente del primer acto al tercero.

La historia de esta resurrección comienza con los Díaz Rodríguez, una familia de inmigrantes mexicanos que se instaló en Detroit alrededor de 1920 atraídos, como tantos otros, por la promesa de conseguir un trabajo en una de las compañías creadas por Henry Ford, los hermanos Dodge o Walter Chrysler. Sus primeros años en Estados Unidos transcurrieron entre largos inviernos con noches a menos quince grados centígrados, rumores sobre contrabandistas que traían litros y litros de ron de Canadá en plena época de la prohibición y los azares propios de vivir en una Inner City. Hasta hace muy poco este era el eufemismo usado para referirse a los barrios de negros o hispanos, por lo general ubicados en el centro de las grandes ciudades norteamericanas. Los Díaz Rodríguez procrearon hijos, uno tras otro, hasta llegar al sexto. No les costó mucho esfuerzo encontrar nombre para el varón nacido el 10 de julio de 1942. Lo bautizaron Sixto. Ni blanco ni negro, el tímido Sixto creció detrás de una guitarra y unas gafas oscuras. A los veintisiete años grabó “I’ll Slip Away”, una canción para un pequeño sello llamado Impact y empezó a tocar en bares de paredes desconchadas, repletos de humo. Lo hacía de espaldas al público. El productor y guitarrista Dennis Coffey lo descubrió en 1969 en uno de estos sitios, el club The Sewer By The Sea. Coffey, que trabajó con varios artistas de Motown Records, oyó incrédulo las palabras que salían de la garganta de un hombre más parecido a un fantasma que a cualquier otra cosa. Las canciones de Rodriguez, sin tilde, (para ese entonces el joven había enterrado su nombre y primer apellido) contaban historias de la clase trabajadora de Detroit con una voz dulce pero cierta. Al terminar la sesión un viento helado le corrió por la espalda. No había duda, al frente estaba el próximo Bob Dylan. Solo tenía que meterlo en un estudio de grabación y pedirle que se cambiara el nombre. Consiguió lo primero. En marzo de 1970 salió al mercado Cold Fact bajo el sello Sussex. El álbum, una mezcla de folk, blues y arreglos lisérgicos a cargo de la Orquesta Sinfónica de Detroit, arrancaba con “Sugar Man”, una carta de amor de un junkie a su dealer: “(...) Silver magic ships you carry / Jumpers, coke, sweet Mary Jane (...) You’re the answer / that makes my questions disappear / Coz I’m weary / of this double games I hear”. El disco también incluyó “Crucify Your Mind”, la canción que cuarenta años después Rodriguez tocaría como una declaración de principios, con su sombrero negro de espantapájaros y sin que le temblaran las rodillas en el Late Show with David Letterman: “And you assume you got something to offer / Secrets shiny and new / But how much of you is repetition / That you didn’t whisper to him too”.

Productor y músico estaban preparados para los aplausos pero Cold Fact fue un fracaso rotundo. No recibió la más mínima atención. Aún así el talento de Rodriguez atrajo a Steve Rowland, el hombre que descubrió a Peter Frampton y firmó más tarde a The Cure. Rowland se llevó a Rodriguez a Londres a grabar joyas como la corrosiva “A Must Disgusting Song” y “I Think Of You”, escrita a la mujer que besó por primera vez en la adolescencia, quizás una prostituta o una mujer mayor. Fue un beso que le supo a tabaco, explicaría luego.

Coming From Reality salió al mercado en 1971. En ese intermedio el cantante se dejó crecer el pelo hasta los hombros y aún lo lleva así a pesar de ser un anciano. El segundo intento también erró el blanco y el contrato de Rodriguez fue cancelado dos semanas antes de navidad. Con la nieve en los tobillos y una casa sin calefacción en el centro de Detroit, el compositor más prometedor de su generación apretó los dientes y encajó el golpe lo mejor que pudo. En todo caso había que comer. Rodriguez consiguió un trabajo como obrero en demoliciones. Durante treinta años tiró casas ruinosas, edificios estatales, bodegas, viejos hospitales. Para no dejar morir su alma la regó lo mejor que pudo. Sacó un grado en Filosofía, se especializó en Lógica y Ética e incluso se postuló para el concejo de Detroit pero las autoridades electorales escribieron mal su nombre. Al mismo tiempo que luchaba contra su pésima suerte se convertía en una leyenda en la otra esquina del mundo.

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Nadie sabe muy bien cómo llegaron los discos de Sixto Rodriguez a Sudáfrica. Un viajero curioso, alguien con buen oído que los envió de regalo a un familiar, un músico deslumbrado. Lo cierto es que a mediados de los años setenta las canciones de Rodriguez se hicieron populares en el sur de África y su música fue prensada. Sus letras se convirtieron en la banda sonora de miles de jóvenes atrapados en una sociedad aislada, dominada por un calvinismo asfixiante, con pocos vínculos con el mundo. Un simple verso como “I wonder how many times you had sex / I wonder do you know who’ll be the next” “I Wonder” les hizo comprender que las conversaciones sobre sus relaciones sexuales no tenían que estar relegadas al patio trasero, a las esquinas de los barrios, a las barras de unos pocos bares. Con “This Is Not a Song, It’s an Outburst: Or the Establishment Blues”, los más liberales se animaron a criticar el sistema reinante en su país, ese engendro llamado Apartheid por el que, entre muchas otras cosas, los taxis circulaban con un aviso que decía: “Solo para blancos”. Rodriguez nunca se enteró del poder de sus palabras ni mucho menos de que era más grande que los Beatles, entre otras cosas porque las regalías de sus discos nunca le llegaron. A lo mejor alguien de la empresa encargada de distribuirlos hizo correr el fatídico rumor de su muerte. La leyenda con la que crecieron sus admiradores decía que una noche cualquiera Rodriguez se había subido a un escenario y en mitad de un concierto se prendió fuego ante una docena de asistentes. Para los sudafricanos su ídolo había muerto joven y envuelto en la tragedia, como Jimi Hendrix o Jim Morrison.

En el 2006 el sueco Malik Bendjelloul renunció a su trabajo de escritorio y se fue a recorrer Latinoamérica y África en busca de historias para un documental. En Ciudad del Cabo entró a una tienda de discos llamada Mabu Vinyl. Allí oyó por primera vez el nombre Rodriguez en boca del dueño del local, Serge Segerman, apodado Sugarman por su adoración al músico norteamericano. Bendjelloul se encontró de frente con una historia perfecta, casi que un cuento de hadas con todos los elementos posibles: música, política, luchas raciales y un increíble regreso desde el más allá. Decidió entonces filmar Searching for Sugar Man, donde cuenta cómo el dueño de una tienda de discos y un periodista musical por cuenta de su afición se convirtieron en detectives y terminaron por desenterrar a Sixto Rodriguez.

A finales de los años noventa Craig Bartholomew Strydom estaba obsesionado con la suerte del autor de Cold Fact y Coming From Reality. Nadie sabía dónde había nacido, dónde estaba enterrado, si tenía familia. Strydom unió fuerzas con Segerman y entre los dos se pusieron a recolectar toda la información disponible. En Estados Unidos nadie sabía de él. A pesar de que su nombre era moneda corriente entre sus contemporáneos sudafricanos e incluso entre las generaciones posteriores, los periódicos de Ciudad del Cabo nunca publicaron una entrevista o reseñaron su trabajo. En las bibliotecas encontraron sus discos con señales de que la censura había pasado por ahí (en las copias públicas las autoridades rayaron canciones como “I Wonder” para que no pudieran ser oídas). Se volcaron entonces sobre sus canciones tras alguna pista hasta que descubrieron lo que podía ser un pueblo en la canción “Inner City Blues”: “Met a girl from Daerborn”. Buscaron el lugar en varios atlas. Resultó ser un sitio en los suburbios de Detroit. Tenían por lo menos eso, un punto en el mapa. Empezaron a llamar a periodistas de Michigan pero nadie se acordaba del tal Rodriguez. En 1998 terminaron por crear una página rudimentaria en Internet en la que lanzaban una simple pregunta: ¿Qué pasó con Sixto Rodriguez? Un tiempo después una mujer de nombre Eva les escribió. Les dijo que había oído de ese músico y les dio su teléfono en Estados Unidos para que la llamaran. Eva resultó ser una de las tres hijas de Rodriguez. Fue ella quien les reveló la verdad. Su padre no había muerto. La noticia los paralizó, los hizo llorar de la emoción. Un día después, Segerman recibió una llamada a medianoche. La voz de su juventud le habló, le dijo que era un obrero y que sí, que todavía tocaba la guitarra. Lo invitaron a Sudáfrica para que reclamara su corona. Ese mismo año Rodriguez se sacudió las telarañas y aceptó dar un par conciertos en Ciudad del Cabo. Creyó que se trataba de pequeños toques en bares. A la salida del avión lo estaba esperando una limosina. En un coliseo frente a cinco mil personas la gente coreó su nombre por diez minutos. Para la multitud sudafricana era como si en Estados Unidos Elvis Presley se hubiera levantado de la tumba. Se presentó seis veces con lleno total. Cuando regresó a Detroit sus amigos no le creyeron. Rodriguez siguió trabajando como obrero. En las calles todavía lo confundían con un vagabundo de abrigo negro al que le gustaba recorrer a pie la ciudad donde se fabrican millones de automóviles.