Anna Karina, Claude Brasseur y Danièle Girard protagonizaron la más icónica de las películas de Jean-Luc Godard, de 1964.

Todo lo viejo es nuevo

Este mes cumplió cinco décadas una de las películas más admiradas del radical y rebelde director de cine de la nueva ola francesa, Jean-Luc Godard.

2014/08/21

Por Juan Carlos González A.* Medellín

El inusual récord de “menor tiempo en atravesar corriendo el Museo del Louvre en una película” lo ostentan actualmente Isabelle, Theo y Matthew, el trío protagonista de Los soñadores (The Dreamers, 2003) con un registro de 9 minutos 28 segundos, desplazando a Odile, Franz y Arthur que hicieron 9:43 en Bande à part (1964), que a su vez habían batido en dos segundos la marca que había impuesto Jimmy Johnson, natural de San Francisco. ¿De qué estoy hablando? De cinefilia pura. De ese material está construida Los soñadores –la ofrenda que Bertolucci hizo a la pasión por el cine que se vivía en Francia en 1968– y por eso se atreve a recordar, retar y a derrotar a Bande à part en este récord, como una forma de rendirle un homenaje a esta película y a su autor, Jean-Luc Godard.

Un tributo similar rindió Quentin Tarantino cuando, en 1991, bautizó su novel compañía productora “A Band Apart”. Unos años más tarde, en Pulp Fiction, Tarantino hará que Uma Thurman y John Travolta bailen un twist que recuerda a la inolvidable danza estilo Madison que Odile, Franz y Arthur interpretan en Bande à part. La misma secuencia sirvió de inspiración para Simple Men (1992), de Hal Hartley, y para The Go-Getter (2007), de Martin Hynes. Además esta es la única cinta de Godard incluida en la lista original de las cien mejores películas de todos los tiempos publicada por la revista Time en 2005, destacando que entre los largometrajes de este director, Bande à part “está entre sus más raros y divertidos esfuerzos para reescribir no solo la gramática del cine, sino también sus convenciones narrativas dominantes”.

Nada mal para un filme que el propio Godard describió como “Alicia en el país de las maravillas conoce a Franz Kafka” cuando se estrenó en el Festival de Cine de Nueva York, un mes después de su premier francesa el 5 de agosto de 1964. En la revista The New Republic, la crítica de cine Pauline Kael mencionó que era una cinta “acerca de una chica y una pistola”, que responde a una cita de David W. Griffith sobre lo que quiere el espectador de cine, y que Godard reprodujo en el material promocional de prensa de Bande à part. Lo más curioso es que con el tiempo la frase “Todo lo que usted necesita para hacer una película es una pistola y una chica” quedó atribuida erróneamente a Godard. Como sea, ambos elementos están acá.

Era su séptimo largometraje en cinco años, los años de la nueva ola del cine francés. Venía de hacer El desprecio (Le mépris, 1963), su ajuste de cuentas con los productores y su forma de entender el cine como un negocio. Previamente había fracasado con Los carabineros (Les carabiniers, 1963) y quería recuperar su prestigio, ganar dinero y posicionar la carrera de su esposa, Anna Karina, como actriz. Fundó su propia compañía productora independiente –Anouchka Films– y obtuvo, tras muchas negativas de diversos estudios, 100.000 dólares de Columbia Pictures para hacer su siguiente proyecto.

Los ejecutivos del estudio optaron por escoger la adaptación de una novela pulp de Dolores Hitchens, Fool´s Gold, que Godard había leído por sugerencia de François Truffaut. Volvería al terreno gansteril de Sin aliento (À bout de souffle, 1960), su exitosa película debut, pero esta vez con más reflexión y desazón. Sus personajes ya eran más conscientes del absurdo de sus vidas.

“Ahora pienso que soy un completo fracaso. Un soñador. Estoy perdido y aburrido”, se queja Roland, el protagonista de Lola (1961), esa pequeña obra maestra de Jacques Demy, perfecta en su circularidad narrativa de encuentros y desencuentros. A ese mismo desencanto de Roland –que representa el de la juventud francesa de los años sesenta– se acogen los tres protagonistas de Bande à part. Godard ha tomado prestado de Lola el mismo fatalismo (y también tomó de allí al cinematografista Raoul Coutard y al compositor Michel Legrand) para conformar un filme que en apariencia es una historia de cine negro –Franz y Arthur son unos ladrones aficionados que planean robar una gran suma de dinero de la casa donde vive Odile (Anna Karina), su cómplice y amante– pero que en realidad nos habla de una juventud sin propósito alguno, sin ganas de crecer. Piensan que todo es un juego, que matar y morir es solo una representación, una de las tantas que improvisan en la calle.

Rodada en solo 25 días, Bande à part es narrativamente uno de los largometrajes más accesibles de Godard y formalmente uno de los más juguetones, frescos e imitados. Secuencias como los créditos iniciales, la danza Madison, la carrera por el Louvre, el momento en que los protagonistas proponen un minuto de silencio e incluso la banda sonora deja de oírse; las citas de Shakespeare, T.S. Eliot, Rimbaud o Giraudoux, la narración del propio Godard y las digresiones que inserta, convertido en la voz interior de sus personajes, hacen de este filme un clásico a 50 años de su estreno. ¿No es contradictorio considerar clásica a una cinta tan moderna en su estilo? Ya lo decía Odile citando a Eliot: “Todo lo nuevo es, de hecho, automáticamente tradicional”.

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