Cate Blanchett en Blue Jasmine, de Woody Allen

Poco humor y mucha rabia

Entusiastas elogios preceden el estreno en Colombia de Blue Jasmine, la más reciente película de Woody Allen. Con una Cate Blanchett deslumbrante y un argumento con más drama que humor, se estrena el 18 de octubre.

2013/09/11

Por Joaquín Botero. Nueva York

 



Algo debió de haber afectado al bolsillo o a la psique de Woody Allen la crisis económica del 2008, pues en su acostumbrada película anual ha hecho con Blue Jasmine un duro retrato de sus vecinos financistas y sus emperifolladas esposas del Upper East Side de Manhattan. Si en ocasiones se ha criticado a Allen por su desinterés en retratar la Nueva York realista, diversa, caótica y abundante de cultura popular, ahora ha mostrado con verosimilitud a los que malversaron los dineros de tantos y a sus esposas que se hacían las desentendidas. La crítica social nunca ha sido un referente de Woody, pero ahora sí se les fue con todo a sus vecinos: con poco humor, más con rabia.

Perdón por explicar lo que muchos entenderán pero quién sabe qué título le den en Hispanoamérica. “Blue” significa estar triste. Así vemos a Jasmine (Cate Blanchett) cuando después de perderlo todo debe dejar Nueva York y mudarse a San Francisco a donde su hermana Ginger (Sally Hawkins). Jasmine no se baja de la nube: vuela en primera clase, no espera el cambio del taxista, ni suelta su cartera Louis Vuitton, a pesar de que su nueva vivienda queda encima de un restaurante popular mexicano. Atrás quedó el espacioso apartamento de Park Avenue. Ahora la espera uno pequeño y atiborrado de muebles ordinarios. Las diferencias físicas entre las hermanas se explican con que ambas fueron adoptadas. Pero mientras Ginger se quedó navegando entre la clase media-baja, la bella y refinada Jasmine supo treparse a los círculos pudientes. La historia va del presente en San Francisco al pasado en Nueva York antes de la caída libre. Jasmine y su esposo Hal (Alec Baldwin) organizan fiestas en su apartamento, reciben gente en su casa de verano en los Hamptons y en la finca de descanso en el campo para cualquier estación. Mientras las mujeres comen quesos y frutas, los hombres ultiman inversiones y detalles sobre cómo evadir impuestos o mover platas de un lugar a otro. Uno se imagina que así eran las situaciones que vivían Bernard Madoff y su familia antes de que estallara la estafa de la pirámide de dieciocho billones de dólares. ¿Se hizo Jasmine la de la vista gorda ante los asuntos laborales de su marido? ¿Encontró ridículas o infundadas las murmuraciones sobre las actividades de Hal con la chica tal del gimnasio o aquella mujer de pelo negro con la que se ríe en la esquina del salón? Nuestra protagonista vivía y sigue viviendo en negación. “Living on denial”, como dicen por acá.

Sin dejar de masticar antidepresivos y pasarlos con vodka, Jasmine debe ajustarse a su nuevo ambiente: a Chili (Bobby Cannavale), el mecánico novio de su hermana que no ve con buenos ojos la llegada de la invasora. Con las tensiones entre ellos tres el director le hace un guiño a la obra teatral y cinematográfica Un tranvía llamado deseo. Nuestro ángel caído se ve obligado a trabajar como recepcionista de un odontólogo. Da pena ver a la pobre bregar con ancianas que cancelan y cambian las citas a toda hora. Aunque triste, una mujer hermosa y elegante atrae a cualquier dentista. Su nuevo jefe (Michael Stuhlbarg) termina tirándosele encima.

Como si fuera un casting de actores, Jasmine ansía una oportunidad para poder ascender de nuevo socialmente. Un pretendiente más acorde con su fachada y no los hombres de cadena de oro por fuera de la camiseta que rodean a su hermana. El milagro aparece con Dwight (Peter Sarsgaard), un diplomático con ambiciones políticas. También le ocurre a su hermana Ginger con un hombre tierno, encantador y buen bailarín (Louis C.K., exitoso comediante de gran prestigio). La historia avanza y entretiene. Woody Allen es ante todo un contador de historias con personajes a veces mejor logrados que otras, pero con una Jasmine que sí es sin duda un personaje muy bien construido.

En Woody Allen: A documentary, una joya de casi tres horas, la actriz Naomi Watts dice: “Creo que es el mejor director con el que he trabajado, y yo he trabajado con muy buenos directores”. Una rareza que un actor hable con tal honestidad. Si se mira en detalle el montón de actores conocidos y desconocidos en este filme, sobresale no solo el buen juicio de Allen para dirigirlos, sino para escogerlos. No se trata solo de que una persona resulte muy convincente, si no que al final queda la impresión de que nadie más pudo haber hecho mejor ese rol.

Excelente, por cierto, Andrew Dice Clay en el papel de Augie, el exesposo de Ginger. Se trata de un comediante poco conocido por fuera de los ambientes de stand-up comedy. De cara hosca y voz carrasposa, tiene un aire de electricista gringo de los de la vida real. Como si fuera un actor aficionado que aspiró a representarse a sí mismo, pero en realidad es un tipo perfecto para el rol.

Cualquier actor protagonista o secundario sabe que con Woody gana literalmente el salario mínimo, pero quedará en películas que la historia no olvidará. No hay mejor recompensa. El crédito es para Juliet Taylor, quien ha ayudado a Allen a elegir su elenco en todas sus películas desde 1975. Por último, lo mejor: Cate Blanchett. Quien representara en dos películas a la reina Elizabeth I, la comandante de los mares y de los vientos, ahora comanda las críticas que la ponen como casi segura nominada a los premios importantes. Y no es que Woody sea el favorito de las academias, los críticos ni de las corporaciones, pero sus actores han recibido quince nominaciones al Oscar, él incluido: tres mujeres han ganado estatuillas, –Dianne Wiest en dos ocasiones– y solo un hombre: Michael Caine.

Woody no pasa el verano frente al mar en los Hamptons como sus vecinos. Ahora rueda su película número cuarenta y nueve en el sur de Francia. Aún sin título, será sin falta su película del 2014.

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