Imagen de la serie fotográfica

Amarrados, Fernell Franco

2014/01/24

Por Andrés Felipe Solano

Lentes llenos de hongos o rayados a propósito. Papel velado. Fotos intervenidas, no fijadas a tiempo, soportes no del todo identificables. Este tipo de actos describen el temperamento y la búsqueda estética de Fernell Franco, no en vano en su propia vida el extrañamiento llegó muy temprano. De todas sus series fotográficas la que mejor refleja su condición de hombre en constante lucha por recobrar un territorio arrebatado es Amarrados.

Franco llegó a los ocho años a Cali en un camión. Salió huyendo con su familia de Versalles, al norte del Valle del Cauca. Su padre, el liberal Carlos Franco, fue amenazado por los conservadores del pueblo en los años cincuenta, una época en la que se le aplicaba a los adversarios políticos el corte de franela, de corbata o se boquicheaba en la cara (tajo grueso inspirado en la preparación del bocachico). El niño campesino perdió las montañas y se enfrentó a Cali desde los bordes hasta llegar al centro, primero como mensajero de un estudio fotográfico, luego como reportero de periódicos y editor fotográfico de revistas y más tarde como fotógrafo publicitario en una agencia. Cuando pudo haberle dado un portazo a su pasado dio la vuelta y en las horas altas se dedicó a la mezcla, al bastardeo, a cruzar fotografía documental y moda, a retratar a las putas de Buenaventura como modelos o a traer al mundo demoliciones, billaristas, sombras y amarrados. “La primera foto que hice de esa serie fue la de la camita. Eso fue a comienzos de los años ochenta. La que siguió fue la que está como en el aire, una que flota a la pared amarrada de algo. Nunca supe qué encerraba esa forma o por qué la suspendieron así, pero muy internamente me lo explico. Así envuelto, de incógnito, salió mi padre (de su pueblo)”. En una entrevista Franco le contó a la curadora María Iovino que esas fotos de bultos amarrados representaban de alguna manera lo frágil y trashumante del pueblo latinoamericano a lo largo de su historia. La mayoría de ellas fueron tomadas en plazas de mercado, de noche o en la madrugada, cuando los dueños de las tiendas atan todo lo que tienen para que nadie se lo lleve y de paso dicen: lo poco que tengo es a la vez un misterio. Al dejar a la intemperie sus medios, Franco quería participar de esa precariedad, que finalmente apunta a la muerte, como lo descubrió él mismo en un museo, parado frente a una momia amarrada de una forma parecida a la de los bultos de mercaderías que fotografió. La correspondencia final de la serie Amarrados quizás esté en una foto anónima tomada en plena violencia bipartidista que se conoce como El cristo campesino. En ella se muestra a un hombre de camisa blanca desgonzado, con la frente casi tocando el suelo a pesar de estar atado de las manos a un poste. La historia dice que fue torturado y fusilado. En la foto es apenas un bulto irreconocible.

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