Fotograma de la película. Semana

Apocalipsur, Javier Mejía

2014/01/24

Por Mauricio Reina

Cuando uno empieza a ver Apocalipsur siente la desazón de estar ante otra película más sobre los estragos del narcotráfico en Colombia. Pero a medida que avanza la proyección se revelan los rasgos que hacen que este sea un trabajo cinematográfico único. La cinta no cuenta cómo unos jóvenes se pierden en medio de las drogas, sino que muestra cómo una generación entera ve desaparecer sus sueños bajo los ecos del narcotráfico, que es algo parecido pero peor.

Apocalipsur le entra al tema de manera transversal y mantiene esa mirada oblicua a lo largo de toda la cinta. Lo más importante no es la violencia, ni las bombas, ni los sicarios, sino la entrañable relación de cinco amigos cuyas vidas se unieron por las circunstancias más diversas. Poco a poco nos enteramos de que pertenecen a una clase indefinida de Medellín, que podría ser media-alta pero también emergente.

Tras esta presentación de los personajes cualquier película los pondría a hacer algo para poner en marcha un conflicto argumental. Pero la generación a la que se le refundieron los sueños no quiere hacer nada, o al menos nada distinto a cuidar lo único que les queda en medio de la catástrofe: la amistad. Así, se pone en marcha la única acción visible de la cinta: la travesía de cuatro de esos amigos desde Medellín hasta el aeropuerto de Rionegro para recibir al quinto de ellos, que llega de un singular viaje.

Apocalipsur agarra ese pedacito de trama y alrededor de ella construye una profunda reflexión sobre lo que significa vivir sin ilusiones. Todos creemos que sabemos lo terrible que es el fenómeno del sicariato, las heridas que el dinero fácil labró en la moral nacional, los estragos institucionales que dejó la andanada del narcotráfico… Pero lo que pocos se han preguntado es qué pasó con los muchachos que sobrevivieron a todas esas batallas, sin darse cuenta de que en el camino se les perdió el alma.

Javier Mejía es un director y guionista talentoso que dice las cosas sin querer queriendo. En medio de diálogos anodinos suelta dos o tres verdades sobre las secuelas del narcotráfico en la sociedad, que calan mucho más que un discurso. Algo parecido sucede con las imágenes. ¿Qué gracia tiene ver el viaje de una camioneta anacrónica hacia un aeropuerto?  Toda la gracia, porque sobre cada plano se cierne la sombra de un pedazo de sueño fallido que ni siquiera está completo porque nunca tuvo la suerte de estar completamente iluminado. |

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