Rómulo Rozo

Bachué, Rómulo Rozo

2014/01/23

Por Halim Badawi

La Bachué es el símbolo de la intelectualidad colombiana de los años treinta. En ella, Rozo representó a la diosa generatriz de los muiscas en un lenguaje libre, antiacadémico y moderno, alejado de chovinismos y fanatismos, confrontando a la hispánica y conservadora sociedad colombiana con el espíritu mestizo de su raza. La Bachué prestó su nombre al más importante movimiento intelectual de la época, del que hicieron parte Darío Achury Valenzuela y Rafael Azula Barrera; un movimiento que se proyectaría a artistas como Ramón Barba, Josefina Albarracín, José Domingo Rodríguez y Luis Alberto Acuña.

Cuando Rozo hizo la Bachué, la escultura colombiana todavía no había asumido la libertad plástica que ofrecía el arte moderno y, por el contrario, estaba imbuida en el trabajo conmemorativo o en las artes decorativas del siglo xix. El artista Francisco Antonio Cano había hecho por encargo esculturas realistas destinadas al espacio público de políticos de la hegemonía conservadora. Por su parte, el representante más avanzado de la escultura colombiana era Marco Tobón Mejía, que residía en París y trabajaba bajo los parámetros del neoclasicismo y el Art Nouveau.

La escultura colombiana ensalzaba la belleza griega encarnada en el cuerpo femenino o la figura del hombre blanco de tierras altas, es decir, del abogado-político-poeta regeneracionista, terrateniente, rico y católico, el arquetípico conservador. Rozo, a partir de la lección de los artistas mexicanos y de la revaloración de las artes primeras emprendida por artistas como Picasso o Braque, inició su propia “cruzada tropicalista”, una forma de hacer escultura alejada de la representación realista, que acudía al simbolismo prehispánico, la libertad formal del arte moderno y la búsqueda de sus raíces.

Sin embargo, tres décadas más tarde, la cruzada, el movimiento y la escultura serían condenados al olvido. En su libro La pintura nueva en Latinoamérica (1961), Marta Traba se despachó contra esta generación, cuyos resultados plásticos además de “discutibles”, habrían sido carentes de “talento, poder de invención formal, buen gusto, eficacia para componer, destreza para dibujar [y] necesidad de decir cosas personales”. Esta condena fue seguida por museos, críticos y curadores, mientras los bachué morían en la pobreza y el olvido.

A través de los tiempos, la Bachué ha generado todo tipo de confrontaciones. Más allá del impacto que generó en el momento de su ejecución, esta obra interpela nuestro presente, confronta nuestras sensibilidades y abre nuevas vertientes en nuestra limitada comprensión de la modernidad.

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