Fotograma de la película. Fundacion Patrimonio Fílmico Colombiano

Bajo el cielo antioqueño, Arturo Acevedo

2014/01/23

Por Samuel Castro

A los antioqueños les gusta verse a sí mismos como pioneros. Los primeros que hicieron esto; los que se atrevieron, cuando nadie, a hacer aquello. Tal vez por eso tantas personas de la alta sociedad del departamento le dijeron que sí a Gonzalo Mejía cuando les propuso hacer parte del elenco de Bajo el cielo antioqueño, una película con la que el empresario paisa quería hacer su entrada triunfal a la incipiente industria del cine y para la que contrató a Arturo Acevedo, director teatral que ya había dirigido otra cinta, La tragedia del silencio.

La historia que escribió Mejía, en la que Lina, la hija de una familia acaudalada, se enamoraba de Álvaro, un hombre que había perdido su fortuna en el juego, poniendo en peligro su reputación al intentar escapar con él, permitía mostrar todo aquello de lo que la clase alta antioqueña, ya desde ese entonces, se enorgullecía: la educación católica que recibía Lina y que la hacía recapacitar, el progreso de todo el departamento (parte de la historia se desarrolla en una finca de la familia en Puerto Berrío), los clubes privados cuyas fiestas no tenían nada que envidiarle a las de la capital. Desde el título queda claro que la intención de su productor y guionista era exaltar los valores que los antioqueños veían como sus fortalezas.

Aunque pareciera que Gonzalo Mejía quiso acomodar todos los géneros posibles para emocionar al público y seguramente para ser el primero en hacerlos –hay una secuencia de acción entre ladrones y policías, otra de drama judicial con público en las tribunas y hasta una aparición de fantasmas “a la Méliès”–, Bajo el cielo antioqueño visto hoy es casi un documental de la época porque permite que nos asomemos a una sociedad que apenas hacía la transición a la modernidad (hay una escena en que algunos personajes en carro conversan con otros que van a caballo); una sociedad donde la mujer comenzaba finalmente a hacer valer su opinión y donde, por desgracia, ya se transmitía ese mensaje, hoy continuado en las telenovelas sobre mafiosos, de que solo si uno se vuelve rico (Álvaro al fin logra casarse con Lina cuando consigue sacar oro de una mina) alcanza la felicidad.

Lo malo no es que el cine que obtiene el favor del público en Colombia se siga pareciendo al que se hacía hace casi noventa años, con sus encuadres teatrales, sus parlamentos rebuscados y sus actuaciones forzadas. Lo terrible es que la sociedad que retrataba Bajo el cielo antioqueño tampoco parece ser muy distinta de aquella en la que hoy vivimos. |

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