Video. Fotos cortesía de Juan Manuel Echavarría

Bocas de ceniza, Juan Manuel Echavarría

2014/01/24

Por Pedro Adrián Zuluaga

Cuando termina la canción compuesta por él mismo para rememorar los hechos de la masacre de Bojayá, Noel Gutiérrez llora. No es una explosión de llanto, sino unas tímidas lágrimas que dan testimonio de que el dolor, así haya pasado por el tamiz del tiempo y alcanzado la distancia del relato –o precisamente por eso–, aún está ahí. Como él, otras seis víctimas de la guerra en Colombia cantan, a capela, para la atenta cámara de Juan Manuel Echavarría.

Echavarría encontró a Dorismel Hernández, sobreviviente junto con su hermano de una masacre perpetrada por paramilitares en Trojas de Aracataca. Cuando huía de la muerte, Hernández le prometió a Dios que si se salvaba le compondría una canción. Este es el origen de Bocas de ceniza (2003-2004), un video de 18 minutos que representó un punto de giro en la carrera de Echavarría y el comienzo de su recorrido, que aún no termina, por muchas zonas del país con las cuales la guerra se ha ensañado.

En Bocas de ceniza el plano siempre es el mismo: los rostros de seis hombres y una mujer sobre un fondo neutral. No hay detalles que distraigan: de un lado de la pantalla, el espectador; del otro lado, una experiencia que se comparte, que se narra cantada. ¿Es posible una comunión? ¿Un encuentro cara a cara con el otro, tal como lo exigía Lévinas? En cualquier caso, ese otro tras la pantalla nos mira y nos hace responsables de su historia.

Que sean canciones y no “simples” relatos orales, amplifica el poder integrador de esta experiencia compartida. Su eco resuena un poco más, como si reclamara la presencia de una comunidad. La misma que, precisamente, ha sido destruida por la violencia. En las canciones, el dolor de las víctimas no es intercambiable. La guerra tiene sus tropos y se puede reducir con facilidad a la estadística. Sin embargo, aunque las cosas que se cuentan en todas las canciones sean semejantes, el acento y la afectividad son distintos en cada una. Del reclamo airado de la primera canción al presidente (“Oiga señor presidente, cómo es que va a gobernar, porque aquí los campesinos, hombre, con ellos van a acabar”), al agradecimiento a una providencia que salva, en la última (“Quiero vivir, para cantarte Señor, quiero vivir, para alegrarte”).

Echavarría hace un arte de la memoria, pero esa memoria, como lo afirmaba Benjamin, no es un simple depósito de hechos pasados: es un reclamo ético de justicia en el presente. La justicia que aquí se reclama no es agonística o confrontacional. Es la sencilla demanda de las víctimas de que no olvidemos sus nombres. |

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