Zona salitrera de Antofagasta en Chile, 2013

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

"Cien años de soledad nace de una revelación: la que tuvo García Márquez a sus quince años, cuando regresó a Aracataca con su madre a vender la casa de los abuelos". Piedad Bonnett escribe sobre la novela más reconocida de García Márquez.

2014/01/23

Por Piedad Bonnett

Cien años de soledad nace de una revelación: la que tuvo García Márquez a sus quince años, cuando regresó a Aracataca con su madre a vender la casa de los abuelos. Al bajarse del tren y mientras atravesaban la plaza solitaria, el jovencito pudo comprobar la enorme diferencia entre las imágenes idealizadas de la infancia y la realidad de las casas “carcomidas por el tiempo y la pobreza”. La madre y él entraron a una botica donde había una mujer cosiendo. “Ella levantó la vista y se abrazaron y lloraron, durante media hora. No se dijeron una sola palabra sino que lloraron durante media hora. En ese momento me surgió la idea de contar por escrito el pasado de aquel episodio”.

Esta anécdota, transcrita en Historia de un deicidio -el extraordinario libro  que escribió Vargas Llosa sobre la obra de García Márquez y que después del distanciamiento entre los dos no se reeditó ya más- sugiere que lo que García Márquez se propuso mostrar en Cien años de soledad fue la historia del esplendor y la decadencia de su pueblo. Consciente, sin embargo, de que no podía quedarse en la narración de hechos personales, asumió una tarea mayor: contar la historia de un país a través de la saga peripatética de los Buendía.

Lo que nos fascinó a los lectores que leímos la novela en 1967, año de su aparición, fue lo que la crítica académica -apoyada en el concepto de lo “real maravilloso” del cubano Alejo Carpentier- denominó “realismo mágico”: una mezcla, llena de humor, de elementos realistas con hechos fantásticos o desmesurados. Esa decisión formal de García Márquez nació, en buena parte, de su enorme conocimiento de las nuevas maneras de narrar de la novela europea y norteamericana de su tiempo; pero también de una intuición profunda de la manera en que opera el pensamiento mágico en nuestra cultura. Poco afecto a las teorías, García Márquez explicó a Vargas Llosa que el tono de Cien años de soledad se lo inspiró una tía que, como Amaranta, tejió una mortaja y cuando la terminó se acostó y se murió. Cierto día, cuenta el escritor, alguien llegó a la gran casa familiar preguntando por qué un huevo tenía una protuberancia. Entonces, la tía aquella contestó: “Ah, porque es un huevo de basilisco. Prendan una hoguera en el patio”. “Prendieron la hoguera, y quemaron el huevo con gran naturalidad. Esa naturalidad creo que me dio a mí la clave de Cien años de soledad, donde se cuentan las cosas más espantosas, las cosas más extraordinarias, con la misma cara de palo con que esa tía dijo que quemaran en el patio un huevo de basilisco”.

En efecto, uno de los grandes logros de García Márquez en Cien años de soledad es que los lectores aceptemos sin reparos que, en el mundo que calcó del modelo bíblico, una muchacha suba al cielo pegada de unas sábanas o un hilo de sangre recorra el pueblo entero y entre a la cocina de Úrsula para avisarle que José Arcadio ha muerto. Pero es un logro aún mayor que ese mundo sea una síntesis simbólica de la historia de Colombia.

Dos hechos fundamentales sirven de pilares históricos en Cien años de soledad: las incontables guerras civiles del siglo xix, articuladas alrededor de la figura del coronel Aureliano Buendía, un personaje constituido en buena parte con anécdotas referentes a Bolívar y al general Uribe Uribe; y la matanza de las bananeras del 6 de diciembre de 1928, un episodio que García Márquez, nacido en ese mismo año, oyó narrar durante su infancia repetidas veces. En los dos casos, la versión que se nos da de los hechos es la mítica, la que resulta de la versión popular de la historia, que es la que al escritor le interesa y que él contrapone a la versión oficial, manipulada por los poderosos. Vemos así a un Aureliano Buendía legendario que “escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento”, pero de tal modo condenado al fracaso que la bala con la que intenta suicidarse “le salió por la espalda sin lastimar ningún centro vital”.

También la matanza de las bananeras está narrada desde una perspectiva mítica. En su descripción no encontramos una sola gota de sangre; y sí, en cambio, una estremecedora escena en que la metralla va recortando los bordes de “un torbellino gigantesco (…) como pelando una cebolla”. Y luego un tren repleto de cadáveres del que escapa José Arcadio Segundo. “Debían ser como tres mil”, dice este a la persona que lo acoge. “La mujer lo midió con una mirada de lástima. Aquí no ha habido muertos, dijo. Desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo”.

El olvido por decreto: en eso consiste la gran denuncia de García Márquez. Pero también en mostrar la desmemoria, representada en la peste del olvido, como una enfermedad social nuestra. Y la insolidaridad que nos condena a la soledad. Y la presencia eterna del imperialismo. Y el aislamiento de la periferia en relación con el centro. Y el “blablablá histórico” de los políticos. Y la pasión imperando sobre la coherencia ideológica. Y el desdibujamiento de las diferencias entre liberales y conservadores, que consisten tan solo en que unos van a misa de cinco y otros a misa de nueve.

Lo que apasiona a García Márquez en buena parte de su obra es representar un mundo que declina y otro que lo sustituye. Lo mismo que quiso señalar Cervantes en El Quijote: que había desaparecido ya la cultura caballeresca, dando paso a un mundo de Maritornes, ventas y molinos de viento. En los libros de nuestro premio Nobel el mundo honesto y digno del Coronel que no tiene quién le escriba es reemplazado por el muy ordinario de don Sabas, donde el compromiso de la palabra se ha perdido y todo se compra con dinero. El capitalismo rampante que llega con el tren amarillo que “tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo” parte en dos nuestra historia. Y cierra un ciclo sin retorno, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad” no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

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