64 dípticos de acrílico sobre papel. Juan Pablo Gutiérrez, Cortesía Universidad Nacional de Colombia

Color que soy, Delcy Morelos

2014/01/24

Por Mariangela Méndez

La serie Color que soy es un muestrario de tonos de piel que, sin ningún orden o clasificación, agrupa grandes campos de color, claros y oscuros, hechos con finas capas de pintura viscosa que parecen desbordar los contornos geométricos de una suerte de ataúdes en perspectiva.

Cada pintura es de tres metros de ancho por 1,50 de alto, elaborada con capas de color superpuestas. El nivel de detalle y la laboriosidad de su ejecución le dan cuerpo a una obra monumental que, vista de cerca, parece llorar y sangrar. En estas pinturas está el ejercicio de significar y cargar los tonos de piel con los niveles de subordinación, sudor y sufrimiento a los que está expuesto un cuerpo; el conjunto es un campo de color con singularidades y cicatrices que, en últimas, componen una sola piel.

En pintura el término color se usa para todo aquello que no es blanco, porque blanco es el lienzo, el origen, lo que se mancha, se ensucia, se contamina con la adición del color, con la mezcla. Por eso la serie Color que soy es un monumento a la horizontalidad. Aquí no hay jerarquía, no hay antes o después, no hay arriba o abajo, los tonos claros de piel, el del blanco, están junto al negro, el cimarrón o el mulato. Las parejas de color en cada papel, sugieren la multiplicación de tonos; si se emparentan, cada par es la posibilidad y la potencia de una nueva mezcla, un mestizaje que extiende el horizonte restringido de las clasificaciones.

Sin embargo, la sensibilidad de esta obra tiene más que ver con un gesto de recogimiento que con uno de diseminación. La serie Color que soy se mostró completa por primera vez en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, en agosto de 2002. En ese año el país ya había perdido la cuenta de las masacres que sucedían por todo el territorio, el proceso de un diálogo de paz había fracasado, la zona de despeje de San Vicente del Caguán quedó cancelada y Álvaro Uribe Vélez se estrenaba como presidente. Poner en contexto esta serie nos sitúa en un espacio de silencio donde espectador y obra se reconocen como testigos de la misma realidad: todos los muertos son iguales, y no hay nada más horizontal que eso. Esta obra es un llamado sobrecogedor, elocuente y necesario para una sociedad que sin ser blanca ha habitado, gobernado y “civilizado” al país con un implacable racismo. |

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