Mujer Wayúu en el desierto de la Guajira en el 2007

Cuatro años a bordo de mí mismo, Eduardo Zalamea Borda

2014/01/23

Por Ana Cecilia Calle

Cuatro años a bordo de mí mismo está atravesada por dos tiempos diferentes: el tiempo de la escritura y el tiempo de la vivencia. La novela se escribió en 1930 y fue publicada en 1934, al inicio de la Revolución en Marcha. La vivencia, el relato del viaje autobiográfico por la Guajira, empieza en 1923, un año antes de la publicación de La vorágine. El año en que el Gobierno decide que quiere integrar las regiones con trenes, telégrafos y cables aéreos con los 25.000.000 de dólares que dejó de la pérdida de Panamá. Telegramas que el narrador no recibe, cables aéreos en los que no viaja, trenes de pasajeros que nunca llegarán a la Guajira. La novela parece sorda a todo esto. En una de sus primeras conversaciones de recién llegado le preguntan por Pedro Nel Ospina: “Como que es el presidente”, responde. No hay más datos, no hay más opiniones.

“Hablaré –en cambio– de mí mismo, de mi viaje”: el mandato es claro. Salir de lo conocido, de la urbe pretenciosa que aburre al jovencito bogotano de 17 años que era entonces Eduardo Zalamea Borda. La Guajira es el lugar donde la verdadera experiencia es posible. Es exótica y salvaje en términos decimonónicos: los indios son feroces, las playas podrían adorarse “casi místicamente”. Pero el sol no es el sol del siglo xix, es un sol de hélice, un sol metálico. El narrador habla en términos modernos de un mundo que no lo es. Carga dentro de sí la marca moderna, y con ella se aproxima al mundo, lo conoce. A través de ella también lo cuenta en el tiempo de la escritura, pues tal vez es la primera novela colombiana donde se usa el recurso moderno del stream of consciousness, que es otra manera de hablar en mí. Esta tensión de ser modernos y no, de estar en tránsito de serlo, está en las entrañas de la Revolución en Marcha y de los proyectos de ánimo progresista en el país. El periplo es síntoma de la modernidad paradójica en Colombia.

La belleza del libro radica en que la exploración del afuera se hace con la plena conciencia de que es imposible salirse de sí mismo para conocer. Dar cuenta del mundo sensible es saberse a bordo de uno mismo: de allí que el narrador se engolosine con el olor de las indias o con las imágenes que se perfilan a lo lejos entre la sal de Manaure. Al retornar, el narrador sabe que no es el mismo que partió. Pero no solo eso: la construcción del periplo abrió nuevas posibilidades narrativas en el país. La novela en Colombia tampoco volvió a ser la misma.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.