Serie de doce fotografías en blanco y negro.

David, Miguel Ángel Rojas

2014/01/24

Por Nicolás Morales Thomas

La fotografía en blanco y negro en gran escala de un David, es, por supuesto, una alusión doblemente obvia de la alabada escultura de Miguel Ángel, pero con una particularidad que le confiere un poder casi demoledor: se trata de un hombre mutilado por una acción militar en el convulso siglo xx colombiano. Claro, vemos un hombre bello, tanto o más que el ya aludido, completamente natural y en una postura propia de una escultura de la antigua Grecia. Pareciera entonces que la mutilación le da movimiento y belleza a la anatomía. Que le otorga una especie de don. Aunque, reconozcámoslo, en medio de esa aparente belleza no deja de desolarnos el hecho insólitamente destructivo: la pierna que no existe. La pierna que existió, y ya no está, del soldado profesional del Ejército colombiano, víctima de una de las cientos de minas sembradas en el territorio nacional. Para algunos críticos, se trata de una llamada irrevocable y digna para conciliar nuestra indiferencia frente a esa guerra rural que asumen otros (y entre otros, nuestros soldados de esa patria campesina); otras voces, como la del crítico Ricardo-Arcos Palma, dirán que este David es un símbolo humanista de la impotencia de la República, –la nuestra, no la renacentista.

Yo me siento atraído por la mirada queer del artista que busca realzar provocadoramente esa belleza en medio de la destrucción de un cuerpo masculino, excesivamente bello. El David de Miguel Ángel Rojas es todo lo que con frecuencia nos negamos ver de la locura de la guerra que asola nuestras conciencias y nuestros campos: la paradoja de un arte en el que se difuminan los límites entre la belleza de un hombre y el horror de la guerra. Este es precisamente el punto neurálgico de la obra de nuestro Miguel Ángel: hacer visible el horrorismo que se ha configurado en la historia de este país, a través de la sensualidad y la belleza a la que nos convoca su arte. Un David fracturado por la violencia resulta ser el signo más preclaro de una belleza incompleta, de una ruptura marcada por el abuso de lo bello en tiempos de precariedad.

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