Niños soldados durante la Guerra de los Mil Días. Fotografía publicada en el semanario L’Illustration de París en 1902.

El coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez

"Resulta asombrosa la forma en que García Márquez aborda el tema de la Violencia en El coronel no tiene quien le escriba. No hay un solo muerto y, sin embargo, ahí está, sugerida, toda la violencia y la situación política de esa época".

2014/01/23

Por Luis Fernando Afanador

La llamada Violencia entre liberales y conservadores que se desarrolló en Colombia entre 1946 y 1965 no solo fue una hecatombe social, política y económica, también lo fue a nivel literario. “El primer drama nacional de que éramos conscientes, el de la violencia, nos sorprendía desarmados”, dijo Gabriel García Márquez en 1959. Más de 200.000 muertos y una crueldad extrema –masacres, desplazamientos, mutilaciones, cortes de franela– parecían haber sobrepasado la imaginación de los escritores. Abundó la literatura, pero sin mucha calidad estética. Más que recreación de una realidad, inventario de muertos y de hechos violentos. “Testimonios crudos, dimos lo que podíamos dar: una profusión de obras inmaduras”, dijo Daniel Caicedo, el autor de Viento seco, una de las pocas obras rescatables de ese periodo y, por cierto, una cruda narración sobre el desplazamiento de los campesinos a la principales ciudades.

En ese contexto, resulta asombrosa la forma en que García Márquez aborda el tema de la Violencia en El coronel no tiene quien le escriba. No hay un solo muerto y, sin embargo, ahí está, sugerida, toda la violencia y la situación política de esa época. “Lo importante para él no es contar la violencia, de dónde surge y cómo se ha podido llevar a cabo. Su preocupación entonces se ubica en el campo del conocimiento, no meramente en el campo factual de impacto sobre el lector…

“No se cuenta nunca una violencia directa”, escribió Ángel Rama sobre esta obra. Desde hace quince años, cada viernes, el coronel sale a esperar la lancha que le traerá una carta confirmándole su pensión de jubilación. Es un ejercicio retórico porque en su interior él sabe que esa carta nunca llegará. Seguirá esperando, enfermo y con hambre. El Estado le ha incumplido de nuevo, fue un error firmar el Tratado de Neerlandia para ponerle punto final a la Guerra de los Mil Días como también lo fue para los guerrilleros liberales aceptar la amnistía de Rojas Pinilla: al otro día los estaban matando. García Márquez lo sabe por su abuelo y porque ha vivido los efectos de la dictadura de Rojas. Escribe El coronel en París entre 1956 y 1957, pero el dictador ha cerrado el periódico en el que trabaja, El Espectador. Al igual que su personaje, ha vivido la espera de un giro que nunca llega. Toque de queda, censura, persecución política: el clima de la novela se parece demasiado a lo que vivió el país bajo la dictadura de Rojas. Pero al fin, es una situación personal e histórica que trasciende creando un símbolo universal de resistencia y dignidad frente a la opresión y a la injusticia.

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