El actor Andrés Parra como Pablo Escobar

Escobar, el patrón del mal

Dirección: Carlos Moreno; Libreto: Juan Camilo Ferrand

2014/01/24

Por Ricardo Silva Romero

Vale la pena defender Escobar, el patrón del mal, la vital serie de televisión que le probó a Colombia que sus cicatrices siguen siendo heridas, pero vale la pena defenderla si se parte, como cuando se experimenta el verdadero optimismo, del horror, del reconocimiento de la realidad. En este caso, de tres problemas dolorosamente obvios.

El primero: que los políticos que aparecían en el drama producido por Caracol Televisión, desde el triste expresidente Betancur hasta el pobre expresidente Barco, desde el enérgico ministro Rodrigo Lara Bonilla hasta el imbatible candidato Luis Carlos Galán, fueron presentados a los televidentes de cinco generaciones con el miedo y la culpa con los que se suele presentar a los héroes en las películas de niños, y entonces lucían acartonados, deshidratados, simplones, mucho menos complejos e interesantes que los narcos.

El segundo: que ya que fue presentada en la peor era de la televisión colombiana, en la que no se respetan horarios ni géneros ni nada porque no hay quién haga respetar, la serie fue perdiendo su ritmo en beneficio de más y más comerciales para que el canal se enriqueciera más y más a costa de semejante historia de Colombia.

Y el tercero: que ya que era transmitida noche tras noche en un país de leguleyos, en donde aplican condiciones y restricciones y se esperan demandas por doquier, solo unos cuantos de los personajes que sobrevivieron a la era de Pablo Escobar llevaban sus propios nombres en la serie, y el realismo, que es el fuerte de la producción, entonces parecía ser reemplazado por cierto tono paródico: daba risa que Santofimio se llamara Santorini, por ejemplo.

Y, a pesar de sus políticos caricaturescos, su edición para hacer más y más dinero y sus seudónimos vergonzosos, era imposible dejar de ver Escobar, el patrón del mal: porque en tiempos de televisión cínica y barata estaba muy bien producida y muy bien dirigida, porque en efecto les recordaba a cinco generaciones abrumadas la guerra brutal que se vivió en Colombia durante aquella década, y porque –gracias a una monstruosa, imborrable interpretación de Andrés Parra– era evidente por qué Pablo Escobar divirtió, fascinó, espantó y luego aterrorizó a tantos en su tiempo.

Quizás habría que decir “espanta” y “fascina”, en presente, pues finalmente sucedió hace solo treinta años. Quizás lo más importante de Escobar, el patrón del mal, es que, de acuerdo con las reacciones de los televidentes y de los analistas, probó que este no ha dejado de ser su tiempo.

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