Acordeonista, 1930. Fotografía de Benjamín de la Calle

La gota fría, Emiliano Zuleta

2014/01/23

Por Alejandro Gómez Dugand

Pocas canciones vallenatas de la primera mitad del siglo pasado pueden reunir a tantas personas en un mismo canto de parranda. Sin importar procedencia o nivel de alcohol en la sangre, todo el mundo podría cantar la letra de la canción con la misma seguridad con la que cantan la primera estrofa del himno nacional. Dentro de la memoria colectiva del país está inscrito para siempre aquello de “Me lleva él o me lo llevo yo”. En Colombia todos saben recitar la manera en la que el compositor Emiliano Zuleta le recuerda a Lorenzo Morales aquella vez que, de la misma rabia, se fue de mañanita sin hacer parada.

Lo que pocos saben es que “La gota fría” es solo un capítulo de una pelea de más de diez años entre dos de los músicos que más le aportaron al folclor vallenato: Lorenzo Morales, del Cesar, y Emiliano Zuleta Baquero, de la Guajira. Durante los primeros años del siglo xx la zona alta de la Costa Atlántica estaba dividida como un estadio en un clásico de fútbol: de un lado del río estaban los del Cesar, donde Morales empezaba a perfilarse como uno de los acordeoneros más renombrados. Del otro lado, en la Guajira, estaba ese muchachito peleonero que era Emiliano Zuleta, al que le llegaron con el chisme de que un tal Lorenzo Morales tocaba mejor que él. Y entonces Zuleta decidió empezar una piquería, una batalla musical compuesta de piques de acordeón e insultos rimados. En la Guajira, Zuleta escribía que le iba a tapar la boca a Morales por mentiroso, y esa canción se iba en la cabeza de los viajeros de la región hasta llegar a oídos de Morales, quien respondía con una canción en la que aseguraba que Emiliano era un miserable que comía micos y zarigüeyas. Morales y Zuleta se enviaron canciones por más de diez años.

Canciones como “La gota fría” fueron casi actos de fundación nacional. Los juglares vallenatos –a quienes el periodista Alberto Salcedo alguna vez llamó cronistas– hicieron conocer al país los caminos entre el pueblo de Caracolicito y Fundación en un momento en el que en Bogotá se hablaba de modernidad y progreso mientras la Costa Atlántica vivía un olvido decimonónico. Fueron ellos los que hicieron del Cañaguate y el Guatapurí tópicos literarios. Antes de García Márquez, de Cepeda Samudio y de Obregón estuvieron ellos. Fueron estos músicos viajeros los que hicieron de la Costa Atlántica un discurso, una historia.

Es tal vez el mayor poder de una canción como “La gota fría”: poner en boca de todo un país palabras como cardonales o indio yumeca. O desprender del mapa a un pueblo como Urumita. Pero además, piquerías como esta parecen subvertir el contexto de violencia de Colombia: luego de años de odio en la distancia, Zuleta y Morales por fin se encontraron, conversaron y se dieron un abrazo con el que inauguraron una estrecha amistad de décadas. Por supuesto no había rencores personales: la batalla que terminó con “La gota fría” era una batalla de talento en la que la única arma era el acordeón. 

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