Soldado José Cuervo Vélez, del Batallón de Selva No. 51 General José Maria Ortega, Miraflores (Guaviare).

La vorágine, José Eustasio Rivera

"La gran novela de Colombia es La vorágine, de José Eustasio Rivera", escribe Antonio Caballero sobre la novela que Rivera publicó en 1924, "Noventa años después, la Colombia que pinta sigue siendo igual".

2014/01/23

Por Antonio Caballero

La gran novela de España es sin duda El Quijote: caben en ella más cosas que en la propia España. Se discute sobre si existe una “gran novela norteamericana”, y si es Moby Dick de Melville o Huckleberry Finn de Mark Twain, o una que quiso escribir Norman Mailer y no pudo. Para Francia la duda está entre la interminable Comedia Humana de Balzac y la casi igual de larga En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En México, el escueto Pedro Páramo de Rulfo se lleva por delante las docenas de novelas de Mariano Azuela o de Carlos Fuentes. En Alemania… etcétera.

La gran novela de Colombia es La vorágine, de José Eustasio Rivera.

No es un capricho atribuirles nacionalidad a las novelas, ni un mero juego de salón. Los países son su trasfondo necesario. Los Karamazov es un libro inimaginable, inimaginado, por fuera de Rusia. El Satiricón no existe sin la Roma de los Césares. El hombre sin atributos necesita al imperio austro-húngaro. Para no hacer exhaustiva la enumeración, vuelvo a la La vorágine, que es, ya digo, la gran novela de Colombia.

Todo cabe en ella, empezando por varias novelas: la épica romántica del aventurero Arturo Cova, y el folletín lacrimoso del viejo cauchero Clemente Silva, con hija deshonrada, mujer agonizante, hijo fugado, huesos tirados al río. Y caben muchos tonos, muchos lenguajes: el de la denuncia periodística de los horrores del genocidio de los indios y la explotación de los caucheros por la famosa Casa Arana –y al pasar alguna página aparece en persona el legendario Julio César Arana, desnudo, “pechudo como hembra”. El lenguaje transido del poeta modernista que era Rivera: a ratos, la novela parece escrita en verso. Y a ratos también alcanza cimas de cursilería. Un ejemplo: “Aquellos celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los ponientes ¿por qué no tiemblan en tu dombo?” (El dombo verde de la selva). La prosa de antropólogo: al describir la preparación del cazabe por los indios escribe Rivera: “Echan la mezcla acuosa en el sebucán, ancho cilindro de hojas de palma retejidas cuyo extremo se retuerce con un tremojo para exprimir el almidonoso jugo de la rallada”. Se alternan diálogos naturales, realistas, que corren como agua, con otros impostados y teatrales: “Mi porte es la triste máscara de mi espíritu, pero por mi pecho pasan todas las sendas del amor.

”—¡Caballero, no me pellizque! ¡Está equivocado!

”—¡Nunca se equivoca mi corazón!”.

La trama de la historia avanza enrevesada y sinuosa, con meandros de río amazónico, y hasta el autor se pierde y olvida por dónde o para dónde va. Y de golpe, como en un raudal inesperado, todo se resuelve en un estallido de violencia: “A tal punto cundía la matazón, que hasta los asesinos se asesinaron”.

“…Jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la Violencia”. Con mayúscula. Con esa frase, que todo colombiano conoce de memoria y que muchos suelen declamar cuando se emborrachan, se abre la novela. Y esa Violencia con mayúscula la impregna toda, como impregna toda la historia y la literatura de Colombia: desde los Varones ilustres, la epopeya en verso de Juan de Castellanos, hasta los sicarios de la mafia que hoy pueblan las telenovelas. La frivolidad de la violencia: “Yo ardía por conocer detalles de esa crónica pavorosa”, dice un personaje hablando del infierno de las caucherías. La violencia, acompañada siempre por “la dominante obsesión de la riqueza” a cualquier precio: el robo, el asesinato, la esclavitud, el genocidio, la traición. Violencia y riqueza, con la miseria y la suciedad y la presencia abrumadora de la naturaleza –inmensidad de los llanos, cerrazón claustrofóbica de la selva–, constituyen el ámbito de la novela, en donde confluye toda Colombia. El propio Arturo Cova, que quiere ser poeta y también, cuando vuelva, presidente de la República, presuntuoso, quejumbroso y violento; su amante cachaca, la desvaída Alicia; un filipichín bogotano refugiado en la selva de sus maromas financieras; llaneros domadores de caballos y coleadores de reses; caucheros ricos; caucheros miserables; un juez corrupto: “Con la justicia no nos metamos, porque nos coge sin plata”. Un gobernador contrabandista; un coronel asesino; una turca lasciva que invoca a Alá; colonos, cuatreros, ladrones, putas. Y, siempre, la agobiadora naturaleza: “Las aguas corrían al revés y bandadas de patos volteaban en las alturas”. Y el ruido de las palabras: artificiosamente poéticas, como “albicante”, que quiere decir “notable por su blancura”, o altamente especializadas, como “belduque”, que es un cuchillo pequeño, o “fotuto” que es una corneta rústica. A veces, por el puro placer del ruido, suelta el autor retahílas de nombres de caños y de ríos que ningún lector recordará, pues nunca se repiten: el Vaupés y el río Negro sí; pero ¿el caño Yurubaxí, el correntón de Yavaraté, el río Purús, el Yaguanarí, el Guaracú, el Isana y el Kerarí, el Cababurí, el Maturacá? ¿El Curicuriarí?

Y pasan cosas y cosas en desorden, como en la vida: es una novela realista. Pasan las hormigas tambochas, “un temblor continuo que agitaba el suelo”. Matan a alguien de una cuchillada, y un perro se lo lleva arrastrándolo por una tripa. A alguien se lo comen las pirañas “entre un temblor de aletas y centelleos”. Se roban a dos mujeres. Cae un súbito nublado sobre el llano, doblando hasta el suelo las palmeras. Alguien se vuelve loco por el embrujo misterioso de la selva.

El final se precipita: se nota que también el autor quiere salir de ese embrujo. No aparecen las mujeres robadas, se olvida el caucho, unos personajes se van por un río, otros por otro, se pierden; y la novela se acaba, sin desenlace que respete las normas académicas. “¡Los devoró la selva!”, es la frase con que se cierra el breve epílogo a los papeles dejados por Arturo Cova escrito por el cónsul en Manaos. También es frase sabida de memoria por todos los colombianos.

La vorágine es una novela de 1924. Noventa años después, la Colombia que pinta sigue siendo igual. Solo ha cambiado la selva devoradora, que hoy es urbana porque hemos talado la otra. Ya entonces un cauchero decía: “Es el hombre civilizado el paladín de la destrucción. (…) Y sus huellas son semejantes a los aludes. Los caucheros que hay en Colombia destruyen anualmente millones de árboles. En los territorios de Venezuela el balatá (caucho negro) desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra las generaciones del porvenir”. Casi ninguno de los animales que Rivera nombra en su novela existe ya, salvo las vacas, que han acabado con la selva. Las bonanzas se han ido: se fue la asesina bonanza del caucho como antes las destructivas bonanzas de la quina o de las plumas de garza, y como después se fue la de la marimba, dejando al país en brazos de la de la coca, que lo desangra. Porque lo que sigue intacto, como en los tiempos de La vorágine o en los más viejos de la Conquista, es la pasión de la violencia.

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