Estudiantina en Sonsón, 1923. Fotografia de Benigno A. Gutiérrez. Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Lejano azul, Luis A. Calvo

2014/01/23

Por Alberto de Brigard

La música de Luis Antonio Calvo es, en muchos sentidos, música mestiza. Por supuesto lo es en la acepción usual de ser una combinación de lo europeo y lo americano, de manera que entre sus piezas para piano se mezclan sin conflicto las gavotas, los pasillos, los valses y los intermezzi, de los cuales el más popular siempre ha sido el número 2, llamado Lejano azul. Pero también se trata de obras que estaban a medio camino entre lo urbano y lo campesino, en las que se desdibujan las arbitrarias fronteras entre la música “selecta” y la popular, de manera que en 1916 sus obras complacían por igual a personas separadas por diferencias sociales que quizás eran más difícilmente superables que las de hoy, como lo registran las crónicas de los homenajes que recibió cuando tuvo que dejar Bogotá para ir al destierro que se imponía a las personas enfermas de lepra, en Agua de Dios. Eran piezas que podían sonar en los salones de las casas, pero que resultaban comprensibles y gratas para las personas que limpiaban esas mismas salas.

Durante los 29 años que le quedaban de vida, Calvo continuó componiendo y su imagen, tristemente adecuada, de artista marginado y desgraciado, se afianzó en la imaginación de los colombianos. Sus obras llegaban al público en partituras impresas especialmente o en separatas que funcionaban como gancho publicitario para revistas de muy diversos contenidos. A esta agonizante forma de divulgación se fueron integrando las grabaciones de los primeros discos producidos en Colombia y las primeras trasmisiones musicales por radio, de manera que puede decirse que durante la vida de Calvo nuestro país vivió una transición en la forma del consumo masivo de música que caracterizó al siglo xx. En otros países esa transición coincidió con el desarrollo del tango o del jazz, mientras que los colombianos apenas fuimos de María Helena a Emmita, a Emilia, a Diana, que eran los títulos de danzas, pasillos y valses de Calvo; quizá el otro cambio mencionable es que poco a poco esa categoría indefinible que es la “música colombiana” se empezó a asociar más con la música tropical y bailable que con ritmos del altiplano y los valles del interior, como los que creaba este autor.

La magnífica versión de la pianista cartagenera Helvia Mendoza, en la grabación de obras de Calvo que hizo el Banco de la República en 1995, sigue disponible y es probablemente la más cuidada interpretación de esta pieza de salón, que evoca una sociedad adormilada, apegada a una imagen rústica y campestre de sí misma, que se agotaría a los pocos años de la muerte de Calvo. |

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