Villeta (Cundinamarca), 1991

Los ejércitos, Evelio Rosero

2014/01/24

Por Alberto de Brigard

La complejidad de las manifestaciones más recientes de la violencia colombiana, con sus multifacéticos actores, atrocidades que superan la imaginación más atrevida y misterios que posiblemente permanecerán por siempre sin aclarar, abre oportunidades y trampas para los escritores que quieran aproximarse desde la ficción a este tema. No es insensato pronosticar que Los ejércitos de Evelio Rosero será vista por generaciones futuras como un clásico del siglo xxi, un libro que consigue aprovechar los atractivos intelectuales de este duro fenómeno y que sortea con habilidad las tentaciones que conducirían a darle un tratamiento que se quedara simplemente en el panfleto o en el escandaloso registro del horror.

Rosero es un escritor que sugiere, antes que uno que describe. Su libro muestra una admirable sobriedad en la selección de las anécdotas, en el diseño de las historias de protagonistas y personajes secundarios y en la presentación de ciertos detalles conmovedores o aterradores del relato. Esa moderación no impide que esta novela sucinta y sin adornos efectistas trasmita al lector un desasosiego profundo y duradero, al mostrar cómo la violencia destroza la existencia de comunidades sencillas, muy frágiles. Rosero logra también evocar, sin sentimentalismos, la vida cotidiana que se anula por el paso de los ejércitos; una vida que ofrece posibilidades y satisfacciones, a pesar de que las personas que aparecen en el relato no son siempre perfectas. Lo que se pierde es un mundo en el cual los vicios públicos y privados de las personas armonizan con las cualidades que los hacen buenos miembros de familia y aceptables ciudadanos, en una combinación inestable pero que permite a esos personajes encontrar fuerzas para interactuar, amarse, crecer y envejecer.

En esta estupenda novela solo hay pequeñas tragedias. No hay héroes, sino penosos esfuerzos individuales para superar la desgracia que resulta de la mala suerte de encontrarse en un lugar en el que se cruzan fuerzas despiadadas; esos esfuerzos y esos individuos terminan siendo ejemplares, por la dignidad y la tenacidad que afloran en la mera supervivencia. Al final solo hay vencidos, no se identifican responsables, no se asignan culpas ni se proponen soluciones. Solo queda el sabor de la destrucción, de la capacidad invasiva de odios siempre latentes y una dolorosa añoranza de lo que se perdió en una guerra que, más que muchas, es ante todo un gran sinsentido.

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