Fotograma de la película. Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano

María, Máximo Calvo

2014/01/23

Por Jaime E. Manrique

No deja de resultar una curiosidad considerar al primer largometraje de ficción en la historia del cine colombiano como una de las más importantes obras de nuestra cultura. Esta rareza radica en que solo se conservan 25 segundos de aquella película que originalmente, en su estreno en 1922, duraba tres horas y que se convertiría, según los registros de la época, en un suceso de impacto incluso internacional.

María, versión fílmica de la obra homónima y autobiográfica de Jorge Isaacs, fue un éxito de taquilla de tal magnitud que, después de haber sido revelada de forma artesanal y fijada con agua de una represa cercana a la locación donde se filmaba, fue enviada a Estados Unidos para poder tener copias que fueran distribuidas en todos los países de habla hispana. Ese éxito inesperado, pues la prensa no confiaba en su resultado, y su posterior gira casi nacional, que llenó teatros y locales en diferentes regiones, son testimonio de una época en la que Colombia, gracias a la condición masiva y popular del espectáculo cinematográfico, se dejó capturar por el romanticismo que en su momento también había llevado al éxito a la obra escrita.

Fiel al libro, como afirman quienes la vieron, la película María no es reaccionaria, no se encarga de denunciar nada, no se encuentra en la esquina opuesta a nada; como su génesis, es políticamente blanca, cargada de una neutralidad pasmosa. Por ello, no es un exabrupto afirmar que su éxito adorna con elegancia una década colombiana que, entre otras circunstancias, está marcada por el desarrollo urbano, el crecimiento de algunas de las empresas más sólidas del país y la conveniente explotación del campo como muestra de progreso. Sin embargo, este último punto no es sinónimo de desarrollo rural, sino foco de las desigualdades que se expresarían en las movilizaciones agrarias que significaron un primer peldaño en una eventual semilla de organización para enfrentarse a los monopolizadores de la tierra. Es decir, mientras en las ciudades el cine dejaba miles de espectadores felices y tranquilos, en el campo se cocinaban con sal los primeros síntomas, siempre invisibles para quienes no desean ver, de una realidad que más adelante detonaría en lo que hoy a los ojos de todos es evidente.

Así que, en su momento, María aportó un grano de arena a esa sensación de bienestar que tanto gusta a las autoridades, entre ellas la Iglesia. No es extraño que fuese el exfraile de la comunidad franciscana, Antonio J. Prada, quien contactara en Panamá al cineasta español Máximo Calvo, con el libro bajo el brazo, para invitarlo a considerar, después de la lectura, convertirlo en una película. Este largometraje da inicio a una constante que se sigue repitiendo hasta nuestros días y que en el más amigable de los casos no debería juzgarse como buena o mala, sino sencillamente entenderla como lo que es: el peso de la tradición literaria como base de la producción cinematográfica y con la adaptación, década tras década, de los libros relevantes de su tiempo.

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