Ingrid Betancourt durante su secuestro. Fotografía tomada por un guerrillero, 2007.

No hay silencio que no termine, Ingrid Betancourt

2014/01/24

Por Marta Ruiz

Se sabe que la guerra es uno de los grandes temas de la literatura. Y lo es, por supuesto, de los ensayos históricos y filosóficos. Cada guerra tiene sus pensadores, sus contadores de historias de esa catástrofe humana. Pero pocos géneros han podido generar tanta empatía con el sufrimiento de las víctimas como el testimonio. El aporte de los libros de memorias a la creación de una conciencia humanitaria en el siglo xx fue invaluable, en especial después de la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente porque quienes los escribieron casi siempre fueron sobrevivientes cuya experiencia les dotaba de una autoridad moral que el lector reverenciaba, aun sin proponérselo. Fueran ellos tan famosos como Primo Levi o anónimos como la desconocida autora del Diario en Berlín. En las guerras que son eminentemente rurales, en cambio, hay pocas autobiografías individuales, y más bien se construyen relatos colectivos, casi siempre animados por comisiones de la verdad o grupos de memoria histórica. Ese es el caso de Colombia, con una excepción: los libros que escribieron muchos de los secuestrados, después de recobrar la libertad, en la década pasada. Hay docenas de testimonios sobre las infamias del cautiverio, y dentro de ellos hay uno en particular que merece un lugar dentro de nuestra literatura. Se trata de No hay silencio que no termine, las memorias que escribió Ingrid Betancourt sobre los casi siete años que estuvo secuestrada por las Farc.

Se trata de una obra muy personal que combina la remembranza de los traumáticos momentos que vivió en la manigua con la reflexión política sobre un país que entonces parecía sucumbir ante un militarismo desatado. Los hechos cotidianos que se imprimieron en la memoria de Ingrid revelan la decadencia de un país embrutecido por las armas y la corrupción. Unos carceleros que han perdido todo resquicio de humanidad; unos secuestrados que luchan por no ser cosificados, reducidos a ser mercancía intercambiable; y una sociedad sorda y muda, de espaldas al sufrimiento ajeno.

Estas memorias de Ingrid han pasado injustamente de bajo perfil en Colombia y solo se leyeron en un primer momento como el best seller de una figura mediática, admirada en el mundo y odiada sin causa aparente en su país. Pero el tiempo todo lo decanta y No hay silencio que no termine se ha ido convirtiendo en el testimonio de los últimos años de una guerra degradada, oscura, carente de idealismos. Y de la capacidad de mantener la dignidad humana en medio de ella.

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