El actor Ramiro Meneses como Rodrigo.

Rodrigo D. No futuro, Víctor Gaviria

2014/01/24

Por Pedro Adrián Zuluaga

En mayo de 1990, en Cannes estalló un barril de pólvora. Por primera vez una película colombiana se exhibía en la selección en competencia del glamuroso festival de esa ciudad. Y lo que esos exclusivos espectadores vieron solo podía causar desconcierto. Los muchachos de un barrio de Medellín en una alocada carrera hacia la muerte era un tema perturbador. Pero la manera de representarlo lo era todavía más. Había en la película de Víctor Gaviria algo nuevo: un realismo que fracturaba la barrera que protege al espectador de un exceso de implicación con lo que ve.

 

 

El realismo en el arte, claro, es de vieja data. Gaviria, que no padece la angustia de las influencias, rinde en Rodrigo D. un homenaje a Umberto D., un clásico del neorrealismo italiano. El credo neorrealista de filmar la vida en sus propias condiciones (la vida desnuda) es apropiado por el director antioqueño y llevado a un extremo. A las locaciones naturales se suma el actor natural, y ese actor tiene escrita en su cuerpo una historia: a través de sí habla la tradición. Para Gaviria, poeta, el lenguaje es la casa del ser, el lugar desde el cual habitamos una cultura. Por eso su convicción de que el modo de hablar de sus personajes, siempre colectivo, no puede ser traicionado. Así como Gaviria usa las claves del neorrealismo italiano, sus protagonistas canibalizan la cultura del punk. Pero la apropiación nunca es simple imitación.

Gaviria había empezado su obra cinematográfica con cortos y documentales que revelaban su amor por la tradición antioqueña, en la que ya veía los atajos morales y la celebración gozosa del pícaro. El narcotráfico vendría a ser no una interrupción abrupta de esa cultura sino, de algún modo, su natural evolución en medio de la lógica capitalista. Gaviria ve en el mundo del sicariato y en las precarias formas de vida de las comunas de Medellín algo más que un desafío sociológico. Su sensibilidad de artista capta la poesía de esos personajes, los resortes que explican ese mundo. Rodrigo ha perdido a su madre y su obsesión es recuperar un tejido afectivo que ha sido roto. Sabemos que no lo consigue.

Rodrigo D. es el punto más alto de una revolución epistemológica que afectó a la cultura antioqueña, provocada por un terremoto social. El mismo año Alonso Salazar publicó No nacimos p’a semilla. Se multiplicaron estudios sobre el parlache. Gaviria le prestó su voz a “el pelaíto que no duró nada”, convertido en el relato del mismo nombre, y grabó el documental Yo te tumbo tú me tumbas. Pero la sicaresca como discurso cultural nació con un clásico nunca superado. |

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