Instalación. 167 metros de largo.

Shibboleth, Doris Salcedo

2014/01/24

Por Carolina Sanín

La grieta es un camino por el que no se puede caminar. Solo la grieta misma recorre el trecho que abre. Su curso es crecer, ensancharse. No va de un lugar a otro, sino que avanza de la superficie a la división. En el principio parece un hilo y en el final se revela como abismo. La grieta es la desaparición del camino, la talla de la desesperanza.

Se puede describir un recorrido al lado de la grieta: aquí o allá. No se puede ir por el medio. Uno puede asomarse y hacer que su mirada caiga en la apertura, pero nadie puede mirar hacia afuera desde dentro de ella. La grieta no es un punto de vista. Es el límite.

La grieta es un filo al revés, pero no es lo contrario de un filo. Es la profundidad que irrumpe sin que nada esté irrumpiendo con ella. Es la violencia sin agente. La grieta es la construcción de una ruina, una construcción sin constructor. Es la obra que hace el tiempo solo. En el suelo, ella es la fragilidad del suelo. Es una flecha que apunta hacia el pasado, en el que hubo una sola acción: la de no hacer el suelo lo suficientemente estable, lo suficientemente bien. La grieta es el recuerdo de un cruce, de un instante definitivo en el que nadie se dio cuenta. La falla es la prueba de la falla. La grieta es el momento de la crisis, pero también el espacio de la crítica.

Pero la grieta no es en realidad ninguna de las cosas anteriores; es una catástrofe, algo que no puede decirse pues es lo imposible, la ocasión de la nada. Sin embargo, hubo una grieta que fue un espectáculo, un paisaje que se abrió dentro de un motor. Entre octubre de 2007 y abril de 2008, la artista colombiana Doris Salcedo expuso esa grieta en el suelo de la galería Tate Modern de Londres, en el Turbine Hall, que era el lugar donde estaban los generadores cuando la galería era una planta eléctrica. Ver la grieta en los meses de su exhibición daba terror y tristeza. Después ha quedado su cicatriz, su sombra o su mancha, y verla produce la inquietud de un recuerdo que se tiene y no se puede formular. Resanada, es un trauma.

Salcedo abrió en la Tate Modern su grieta pero también la incrustó. Su instalación fue tanto un acto como una obra. Dentro de la rotura estaban las paredes que la contenían. La artista se ha rehusado a describir cómo procedió, pero se ha dicho que los bordes fueron hechos con un molde. En el vacío había un vaciamiento. La metáfora, entonces, era una regresión al infinito. Literalmente, una mise en abîme, un abismo que señalaba qué es el abismo.

La grieta de Doris Salcedo era, además de una grieta, la representación de otra grieta. Su autora (¿puede hablarse de la autora de una grieta, o debemos mejor decir que Salcedo es la abridora, o la destructora?) dijo que representaba las fronteras, la experiencia de los inmigrantes, la segregación racial.

El título de la instalación fue Shibboleth. Según se cuenta en la Biblia (Jueces, 12), esa fue la palabra con la que los galaaditas identificaban, para matarlos, a los efrainitas, a quienes habían vencido. En los vados del río Jordán esperaban a quienes querían pasar de regreso a su tierra. Entonces les pedían que pronunciaran la palabra. Los efrainitas no podían pronunciar la sh, así que, en lugar de decir shibólet, decían sibolet. Tan pronto como reconocían por el acento a uno de Efraín, los hombres de Galaad le daban muerte.

En hebreo shibólet significa torrente (el caudal de un río o un arroyo) y también mazorca o la parte de la espiga en la que está el grano. Decir torrente para cruzar el torrente significó, para los efrainitas, morir en el torrente. Decir fruto con el deseo de cruzar y recoger el fruto del regreso significó, en efecto, cruzar y recoger el fruto del regreso: la muerte.

La grieta Chiboled -que es como probablemente la llamaríamos los colombianos si a su vera nos pidieran que pronunciáramos su nombre- hace que nos preguntemos a dónde queremos regresar los tercermundistas cuando queremos cruzar al otro lado; qué decimos cuando decimos caudal y qué decimos cuando decimos grano; cómo suena y es nuestro torrente y cuál es nuestro fruto, y por qué ambos abren una grieta que es nuestro santo y seña y es nuestro final.

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