La actriz Vicky Hernández en una escena de la obra.

Soldados, de Carlos José Reyes

2014/01/23

Por Pilar Reyes

El escenario es un gran espacio vacío y la voz seca y objetiva de un narrador informa a los espectadores sobre un decreto que acaba de ser expedido -esta es, de hecho, su primera comunicación pública-, anunciando que el Ejército está facultado para castigar por las armas a todo aquel que sea sorprendido cometiendo un acto vandálico, de entre los muchos huelguistas amotinados en la zona. Fundido a negro. La luz sube de nuevo y vemos a dos hombres sobre un planchón, remontando un río. Son soldados en misión; y esperan.

Así arranca esta pieza que tiene el don de las grandes obras artísticas: trascender su propio tiempo (tanto el de la escritura como el de los episodios que narra), sin dejar de estar profundamente ligada a la realidad concreta que describe y en la que la acción se desarrolla.

Soldados es una adaptación teatral de Carlos José Reyes a partir del diálogo inicial de La casa grande, la novela de Álvaro Cepeda Samudio. Habla de un hecho histórico específico, la matanza de las bananeras del año 1928, tantas veces recreado en la novela, el cuento e incluso en el teatro colombiano. Fue escrita en 1966 y montada por primera vez ese mismo año por el propio autor de la pieza. Duró varios años en cartelera y, al leerla hoy, pienso que podría llegar a las salas con la misma vigencia de entonces.

Mientras el diálogo entre los dos personajes tiene lugar, el entorno va variando: es río, pueblo, estación de tren. La escena está despojada, la indicación en el texto habla de imágenes que sugieren ese decorado, no de una representación realista. Los dos soldados recuerdan a Vladimir y Estragón en Esperando a Godot, aunque su diálogo no es abstracto, al contrario, refiere a cosas muy concretas: el hambre, el frío, el sueño, la urgencia de sexo, la espera. Y también a la misión que les ha sido asignada: “Soldado 1: Qué voy a tener miedo. Soldado 2: Entonces por qué te preocupas. Soldado 1: Porque si es una huelga tenemos que respetarla y no meternos. Soldados 2: Ellos son los que tienen que respetar. Soldado 1: ¿A quién? Soldado 2: A las autoridades, a nosotros. Soldado 1: Nosotros no somos autoridades: nosotros somos soldados, autoridades son los policías”.

El hallazgo de la adaptación de Reyes fue sintetizar en un hecho escénico perfectamente redondo, con un conflicto dramático claro, la revuelta de las bananeras. Toda la puesta está cimentada en el propio texto, que con una asombrosa economía de medios, potencia cada palabra para hacer estallar su sentido y poder simbólico. Como en Los persas de Esquilo no vemos a los griegos, aquí tampoco se ve a los huelguistas, aunque sean ellos los propiciadores de la acción escénica.

En este texto no hay un discurso político con respecto a la huelga, y me atrevo a pensar que esa es una de las claves de su vigencia. Hay preguntas, grandes preguntas sobre el levantamiento civil y la respuesta del Estado, sobre la responsabilidad colectiva e individual en los hechos históricos en una sociedad y sobre sus consecuencias: “Soldado 1: Alguien tiene que tener la culpa. Soldado 2: Alguien no, todos; la culpa es de todos”. Para cerrar diciendo: “Soldado 1: En este pueblo se acordarán de nosotros; en este pueblo se acordarán siempre, somos nosotros los que olvidaremos”. Qué decir sobre el poder de esa reflexión hoy. Esos soldados siguen bogando en nuestro río.

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