Salón de belleza bogotano, 1945. Archivo fotográfico de Sady González/ BLAA

Suenan timbres, Luis Vidales

2014/01/23

Por Lina Vargas

Un grupo dice que tu libro es malo por unos motivos y otros sustentan que es pésimo por motivos completamente diferentes”, le contó al poeta Luis Vidales el parlamentario conservador Augusto Ramírez Moreno el día del lanzamiento de Suenan timbres, en 1926. Entonces Vidales, de 22 años, no era conocido como un poeta vanguardista, con inquietudes literarias similares a las de sus contemporáneos Vallejo, Borges, Arlt y Rilke, sino como un escandaloso sin lógica ni rima. El libro, eso sí, se agotó en un día. La razón la escribió el mismo Vidales: “Bogotá era una aldea, sin cine, sin deportes, sin servicio cablegráfico que la conectara con el mundo y hubo quizás un momento en que el sensacionalismo lo representé yo”.

La Bogotá que recibió a Vidales –nacido en Calarcá en 1904, poeta, ensayista, periodista, diplomático y fundador del Partido Comunista Colombiano– profesaba un conservadurismo asustador. Sus clases altas guardaban las tradiciones virreinales como símbolo de poder y no eran del todo conscientes de que el mundo y el país estaban asistiendo a una revolución. Ni de la llegada de teléfonos, ascensores, automóviles y ferrocarriles, ni del nacimiento de la poderosa industria textil antioqueña, ni del surgimiento de un movimiento obrero. Ni tan siquiera de que el arte se hallaba en un proceso de experimentación consigo mismo y de ruptura con el pasado. Por eso no entendieron a Vidales.

Él, en cambio, sí entendió a su sociedad. Los poemas de Suenan timbres, en verso y prosa, dan cuenta de los nuevos ruidos urbanos, pero también de un individuo que vive y sufre la modernidad. Vidales introdujo al transeúnte anónimo, heredero de Baudelaire, Dostoievski y Poe, que se mezcla entre la masa de la carrera séptima y siente angustia tanto del paso del tiempo como de su propia sombra. En sus versos, sencillos y cortos, con pocas comas y muchos puntos, hay asombro y crítica, estupor y desdén en partes iguales. Y hay, además, un agudo sentido del humor. No aquel ramplón del chiste fácil, sino uno más profundo que, según Vidales, encierra la paradoja humana.

Reproducimos aquí su poema “La noche”:

“El día es lo más ciudadano que hay. Eso no me lo puede negar nadie. El día tiene gentes y casas y pegados en las cintas vertiginosas de las calles tiene tranvías –coches–autos–etc.–etc. Cualquier día de la semana –llámese lunes o sábado– está siempre lleno de ciudades. Pero la noche –¡ah! ¡caray!– la noche es lo más inculto que se conoce hasta hoy. La noche está bien en los matorrales. La noche –primitiva–selvática–reacia a la civilización– es el último resto de salvajismo en el mundo. ¿No habrá quién colonice la noche?”.

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