Oleo sobre tela, colección de arte del Banco de la República

Violencia, Alejandro Obregón

Daniel Samper Pizano escribe sobre violencia, el óleo de Alejandro Obregón de 1962. "Es para los colombianos lo que Guernica o El grito son para el mundo: un resumen del horror, la desesperanza y la barbarie de que es capaz el ser humano".

2014/01/23

Por Daniel Samper Pizano

Violencia, el óleo que pintó Alejandro Obregón en 1962 y que hoy pertenece al Banco de la República, es para los colombianos lo que Guernica o El grito son para el mundo: imágenes que resumen el horror, la desesperanza, la barbarie de que es capaz el ser humano. El cuadro muestra el cadáver de una mujer encinta. Está envuelta en sombras (ella misma es un conjunto de sombras) vecinas de un gris tenue que recuerda más un sudario que un amanecer.

Las pinceladas bruscas de Obregón (1920-1992) desnudan mejor la violencia colombiana que décadas de crónicas, noticias, cifras y análisis. Como la estadística de muertos, heridos y masacrados es una ciencia relativamente reciente –y menos inquietante que los despojos del cuadro–, tiende a pensarse que la violencia colombiana empezó hace apenas medio siglo, a lo sumo 80 años.

No. Estas etapas no fueron las primeras ni las últimas de un interminable calvario. Desde los tiempos de la colonia, las atrocidades ocupan sitio destacado en la historia nacional. Ya en 1597 gobernaba un presidente tan pérfido, Francisco de Sande, que los santafereños lo apodaban “Doctor Sangre”. Escribe el cronista Juan Rodríguez Freyle en El carnero (1638) que “siempre se conoció al doctor Francisco de Sande la condición cruel que tenía”.

Descontados los conquistadores, él inaugura la larga lista de nombres célebres por sus hazañas violentas. Luego se sumarán los del virrey Flórez, que traicionó a José Antonio Galán y los comuneros y dispuso su ejecución y la repartición de sus trozos descuartizados; el pacificador Morillo, que fusiló a cientos de patriotas; Hermógenes Maza, sanguinario general al servicio de Bolívar (y Bolívar que, como presidente, mandó fusilar enemigos, al igual que Santander, Mosquera y Rafael Reyes).

Siguen todas nuestras guerras civiles, que dejaron proporcionalmente más muertos que los del último medio siglo. Y Carlos Cortés Vargas, el general que en 1928 dio orden de disparar contra los trabajadores de la zona bananera. Y los chulativas conservadores; y los bandoleros al estilo de Efraín González, Desquite y Charronegro; y los jefes guerrilleros liberales; y los conservadores que asesinaron a los jefes guerrilleros liberales; y “Laureano Gómez, que había hecho del terror una línea de gobierno” (Gonzalo Sánchez); y los estudiantes que cayeron abaleados en tiempos de Rojas Pinilla, hasta llegar a la galería contemporánea, donde se codean Tirofijo con los hermanos Castaño, Pablo Escobar con el asesino en serie Luis Alfredo Garavito, los militares que ordenaron masacres con alias Javier Delgado, el carnicero de Tacueyó, uno de los más sangrientos comandantes guerrilleros de la historia.

Miles de victimarios y millones de víctimas, algunas de ellas tan ilustres como Sucre, Obando, Arboleda, Uribe Uribe, Cano, Gaitán, Galán, Pardo Leal, Pizarro, Jaramillo Ossa, Gómez Hurtado…

¿Las causas? Tierras, pobreza, desigualdad, política, represión, venganza, religión, facilidad, impunidad, narcotráfico, ejemplo histórico…

Los colombianos conocemos todas las páginas del oscuro catálogo de la infamia. A mediados del siglo xx aportamos dos siniestros inventos: el corte de mica y el corte de franela. Los estudiosos europeos Wolfgang y Ferracuti escribieron en 1967: “Casi todo el atavío brutal y absurdo de las matanzas conocidas a través de la historia se exhibieron en Colombia”. Se quedaron cortos. Aún nos faltaba patentar variedades de inédita crueldad, como el collar-bomba, la motosierra paramilitar y los falsos positivos.

María Mercedes Carranza construyó su mejor poema con nombres de los pueblos víctimas de masacres en los años ochenta: Necoclí, Mapiripán, Dabeiba, Encimadas, Vista Hermosa, Pájaro, Confines, Pore, Paujil, Sotavento, Ituango, Taraira… Agreguemos a Caño Sibao, Chengue, El Nilo, Macayepo, La Mejor Esquina, El Salado… Lo mismo podría hacerse con los sitios donde quedaron tendidos miles de colombianos en distintas guerras: Cachirí, Cuchilla del Tambo, Pantano de Vargas, Tibacuy, Los Obispos, Peralonso, Palonegro, La Rusia, Simancas, La Garrapata, La Humareda…

Justamente en esta última batalla murió el 11 de julio de 1885 Luis Lleras, el mejor amigo de Rufino J. Cuervo. Su última carta al gran filólogo data de seis días antes: “Dios sabe –escribió refriéndose a la guerra en curso– si nos tocará dejar la barriga al sol mientras llegan los gallinazos”.

Es una imagen que anticipa en 77 años el cuadro de Obregón, retrato íntimo de la familiaridad colombiana con la muerte.

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