Escena de la obra con las actrices Gabrielle Quin y Marcela Valencia. Cortesía Fabio Rubiano / Tearo Petra

Cada vez que ladran los perros, Fabio Rubiano

2014/01/24

Por Enrique Pulecio

La irrupción de esta pieza en la escena del teatro en Colombia impuso una mirada brutal, más allá del realismo, sobre el conflicto armado. Quizás esta sea la forma más cruda que pueda ofrecer el teatro colombiano para escenificar el horror de la guerra. Si el salvajismo, el daño y la destrucción son características naturales del instinto de sobrevivencia de los animales, en el hombre, tal como lo muestra Rubiano en esta obra, son prueba de degradación humana. La degradación que ha implicado el conflicto armado en Colombia. Los vestigios de un Estado arcaico que entre la civilización y la cultura se ha ido superando, aquí reviven en las acciones de los ejércitos irregulares en medio de la violencia desplegada del hombre contra el hombre. En la metáfora de Rubiano se lee que tal estado de guerra no es más que un retorno hacia lo primitivo. Pero en esta pieza desgarradora no se trata de equiparar lo uno con lo otro, ni de buscar las obvias y consabidas semejanzas. Rubiano ha realizado una doble inversión. Mientras el hombre se animaliza, el animal se humaniza. En esta rara mezcla lo noble y lo innoble se confunden, lo inhumano pasa por lo humano, lo instintivo es razón y en los animales, específicamente en los perros, se instala lo racional propio del hombre.

En esta pieza puede estar la ferocidad de los animales como metáfora, pero solo de forma transitoria ya que cuando los perros prevén lo inevitable del horror de su evolución hacia lo humano intentan detenerla. Incluso la madre elije aniquilar su descendencia antes de ver que sus cachorros hacen parte de tan espantosa condición. Específicamente, tales transformaciones monstruosas se dan entre los ejércitos de los paramilitares que aniquilan poblaciones enteras y los perros que ellos sacrifican. La violencia ejerce sobre las especies atroces metamorfosis. ¿El perro humanizado? ¿El hombre vuelto animal? Cada vez que ladran los perros es un grito en ese doble sentido. Los diez cuadros que componen la pieza son otros tantos motivos que giran en torno a estas espantosas preguntas provenientes del estado de violencia que ha padecido el país durante décadas enteras. Construida sobre las bases de un inestable realismo, en la obra los perros resultan ser proyecciones sociales de las fuerzas oscuras que, como espíritus malignos, asechan la vida frágil de los personajes. En último término, la obra martillea en la mente del espectador como la imposibilidad de olvidar el terror de las masacres escritas en nuestra historia y que se amplifican con su eco atroz cada vez que ladran lo perros.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.