Fotogramas del documental. Fotos Marta Rodríguez de Silva

Chircales, Marta Rodríguez y Jorge Silva

2014/01/24

Por Ricardo Silva Romero

Sucede en una Colombia que no ha dejado de discutir El capital: “La tecnología nos demuestra la actitud del hombre ante la naturaleza, el proceso directo de producción de su vida, y por tanto de las condiciones de su vida social, y de las ideas y representaciones que de ella se derivan”, se lee en letras blancas, al comienzo, sobre la ominosa pantalla negra que está a punto de volverse nuestra realidad. Se ve, luego, ese país que anhela reunirse en la Plaza de Bolívar de Bogotá, que va de ruana y de sombrero aunque pasen los tiempos, que sigue pensando que solo existen el Partido Liberal y el Partido Conservador, y que la política se hereda del papá, pero que al final nada queda de ella aparte del voto. Sigue, mientras ocurre una música de aquella época, el título del documental: Chircales. Y vienen entonces los créditos de sus autores: Marta Rodríguez y Jorge Silva.

Parecería, cuando se piensa en sus principales películas, que el cine colombiano ha caído siempre en el tema de la explotación, de la estratificación de la sociedad, de la lucha de clases que ya se ha perdido. Chircales, uno de nuestros pocos clásicos, parte de la negación de la realidad que suele afectar a Colombia: con un simple discurso del presidente del momento, que une una serie de imágenes de la historia del país, nos recuerda no solo que la riqueza ha estado siempre concentrada en las manos de unos pocos, sino que esos pocos han conseguido venderse y vendernos a todos la idea de que las cosas van por buen camino. Viene en las imágenes, a continuación, el barrio Tunjuelito, y allí, en esos caseríos que asedian a Bogotá como recordándole la verdad, los chircales en donde hombres y mujeres fabrican ladrillos con las uñas y entre el barro.

“Colombia: la familia de Alfredo, María y sus doce hijos viven esa realidad que se encubre, que se niega –dice el narrador–, como ellos, una población de cerca de 50.000 personas sobrevive de la elaboración primitiva del ladrillo en los latifundios urbanos que rodean Bogotá”. Se trata de un ejemplo innegable de cómo miles de colombianos desplazados por la violencia han pasado de ser siervos en los campos a ser siervos en los barrios marginales de las capitales. Comienza, sobre esa terrible base, el retrato doloroso de un país que no ha conseguido superar el feudalismo. Ahí están los obreros. Nadie les cumple, nadie los ve. Es increíble que, a semejantes alturas del siglo xx, sigan siendo explotados. Y es de vital importancia que Chircales lo haya dicho desde 1972 hasta hoy.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.