Los actores Ramiro Meneses (Victorino Moya), Ricardo Gómez (Victorino Perdomo) y David Guerrero (Victorino Umaña).

Cuando quiero llorar no lloro, Carlos Duplat

2014/01/24

Por Francisco Barrios

En la serie de televisión de 1991 Cuando quiero llorar no lloro, Victorino Moya, como es pobre, se alimenta solo de agua de panela. Tiene un padrastro que cuando llega borracho al rancho donde viven, le pega a su mamá, una empleada del servicio doméstico que ama a su hijo y trata de justificar ante los vecinos los derroches que Victorino paga con el dinero producto de sus crímenes. Victorino Perdomo, por su parte, es hijo de una amorosa pareja anapista de la clase media. Su papá, un peluquero honrado y dicharachero, es encarcelado injustamente y, dada la conciencia social del joven, que fue atizada por un exsacerdote progresista, este Victorino termina haciendo parte de un movimiento guerrillero urbano. Por último, el privilegiado Victorino Umaña Koppel viene de un matrimonio de “niños bien” cínicos e infieles con su pareja, se casa con su prima Ana María y termina involucrado en una especulación financiera con un piloto de la mafia. Los tres Victorinos encuentran la muerte cuando coinciden en un banco, como lo había profetizado el profesor Reinhardt, un mentalista, en 1963.

Cuando quiero llorar no lloro, que pasó a la historia como Los Victorinos, está basada en la novela homónima del escritor venezolano Miguel Otero Silva, fue dirigida por Carlos Duplat, y si bien hoy en día parece una colección de clichés sobre Colombia, en su momento reflexionó sobre la historia del país al presentar en la televisión al personaje del sicario –el gatillero adolescente, devoto de la Virgen y adorador de su madre– que fue interpretado espléndidamente por Ramiro Meneses. Desde la captura de Byron Velázquez, el chico de 16 años de edad que conducía la moto que llevaba al asesino de Rodrigo Lara Bonilla, la sociedad colombiana ya no pudo ignorar a esos hijos que había engendrado. El valor de Los Victorinos fue el de mostrárselos a la cara al país en horario familiar. Los sicarios de la realidad actuaban, hablaban y se vestían como el personaje de Meneses. En cuanto a otros tópicos de la serie, no por ser lugares comunes son falsos. Los escándalos de corrupción protagonizados por miembros de la aristocracia que tienen relaciones con narcos siguen siendo comunes. Así mismo, el germen de guerrillas como el M-19 fue, como en el caso de Victorino Perdomo, la clase media educada. Cuando quiero llorar no lloro presentó una realidad de caricatura y una brutal división de clases, que no por ser también caricaturesca resultó menos dolorosa y cierta.

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