Festividades en San José de la Montaña (Antioquia), 1945. Fotografía de Alberto Palacio. Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

El Cristo de espaldas, Eduardo Caballero Calderón

2014/01/23

Por Alberto de Brigard

La historia prácticamente ininterrumpida de los conflictos de Colombia ha producido una taxonomía particular que trata de captar diferencias entre la violencia partidista, la violencia de la guerrilla, del narcotráfico, de los paramilitares (y sus combinaciones), que han abrumado con tragedias los campos, los pueblos y las ciudades de nuestro país durante el tiempo que abarca la memoria de la mayoría de colombianos vivos. Tal diferenciación no es solamente un tecnicismo de científicos sociales, sino que plantea preguntas importantes para todos, como mínimo la de si somos naturalmente violentos o finalmente encontraremos alguna vía inexplorada de reconciliación.

El libro de Caballero Calderón, que apareció en 1952, es la primera de una larga serie de obras de ficción que pueden ayudar a que nos aproximemos a esas modalidades del horror. Aunque hoy se lee más como una novela histórica que como la atrevida denuncia que fue en su momento, conserva su vigor en buena medida gracias al perfecto español del autor, uno de los verdaderos maestros del uso de nuestro idioma.

La relectura de este texto desde la perspectiva del siglo xxi sugiere ideas contradictorias: por un lado nos hace pensar que Colombia ha avanzado considerablemente y, por otro, renueva la desesperante impresión de que patinamos irremediablemente en problemas eternos. La miseria generalizada del pueblo frío y remoto donde trascurre la historia puede ser menos común hoy, y la resignación y el fatalismo de unos pobres que no se concebían como personas con derechos también se van superando, pero siguen siendo demasiado frecuentes los políticos que ven al Estado como una plataforma para dispensar favores y como un botín al alcance de los más astutos y rapaces.

Caballero Calderón escribe desde la distancia de ser miembro de una clase dominante que siente una responsabilidad paternalista y feudal por los pobres; lo demuestra la frase cristiana con que finaliza el libro: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Él hace parte de una oligarquía que consideraba que su principal culpa consistía en haber utilizado a los pobres como instrumentos de su propio juego de poder, en un proceso que ocasionalmente se les había salido de las manos, pero que no se arrepentía tanto de haber creado las circunstancias que habían permitido esa utilización de los más indefensos. Tal vez el hecho de que hoy esa perspectiva resulta evidentemente anticuada sea en sí mismo un signo medianamente consolador de progreso.

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