El dictador paraguayo Alfredo Stroessner (izquierda) y el dictador español Francisco Franco en Madrid, 1973

El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez

"Tal vez en ningún otor país, o no en tal grado, pasó como en este, que el dictador de las trescientas y tantas páginas encontrara tanto émulo tan bien dispuesto –los Sangrenegra, los Negro Acasio, los Pablo Escobar, los hermanos Castaño, los Salvatore Mancuso, los Mellizos, los Macaco, los H.H.– que hiciera verdad de a puño eso de que nadie pudiera dar testimonio de la muerte de este o ese o este otro tirano..."

2014/01/24

Por Claudia Cadena Silva

"Ninguno de nosotros era bastante viejo para recordar lo que ocurrió la primera vez (…)”, y aunque tantas veces lo encontraron carcomido por los gallinazos en esas trescientas y tantas páginas de su delirio, del tirano vuelto patriarca en El otoño (1975), siempre aparece esa voz-estribillo diciendo: “(…) ninguno de nosotros era bastante viejo para dar testimonio de aquella muerte”.

Y desde entonces no hemos dado fe de ninguna. Ya desde mucho antes nos habíamos hecho muy poco viejos para recordar y lo bastante ciegos para no ver, tal vez desde esa frase imposible de Rafael Núñez dicha a finales del siglo xix: “En Colombia hemos organizado la anarquía”, y luego con esa otra de Cien años de soledad (1967): “Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”; y todavía con el párrafo que anuncia un país y en él al tirano que le cabe y a los ciegos –nosotros– que no vieron ni verán ni hemos sido ni seremos nunca lo bastante viejos para…:

“Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza”.

Cuando García Márquez publica en 1975 El otoño del patriarca, ya Ramón del Valle Inclán había publicado en 1926 la que inicia el género de novela de dictador, Tirano Banderas, y ya había aparecido El señor presidente de Miguel Ángel Asturias (1946) y Alejo Carpentier había publicado El recurso del método (1974). Pero tal vez en ninguno de los países de estos otros, o no en tal grado, pasó como en este, que el dictador de las trescientas y tantas páginas encontrara tanto émulo tan bien dispuesto –los Sangrenegra, los Negro Acasio, los Pablo Escobar, los hermanos Castaño, los Salvatore Mancuso, los Mellizos, los Macaco, los H.H.– que hiciera verdad de a puño eso de que nadie pudiera dar testimonio de la muerte de este o ese o este otro tirano, y que desde entonces los ríos lleven pedazos de muertos o muertos enteros, si sus familias tienen suerte, y que a la vereda de alguno de esos ríos un muchacho tenga ya el trabajo oficial de rescatar pedazos de muertos o muertos enteros, si sus familias tienen suerte, y los demás, nosotros, hayamos repetido desde siempre el estribillo y lo sigamos haciendo: ninguno de nosotros era bastante viejo para dar fe de esa muerte.

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