Escena de la obra

La agonía del difunto, Esteban Navajas

2014/01/24

Por Enrique Pulecio

Muy pocas veces el teatro colombiano se ha referido a alguno de sus graves conflictos sociales con el afilado lenguaje de la sátira como lo ha hecho Esteban Navajas en su obra La agonía del difunto, tan solitaria en el repertorio dramatúrgico de nuestro país. Narrada desde el punto de vista de los terratenientes, y no del de los campesinos víctimas del desalojo de tierras, la obra pone en escena crudos hechos de la realidad social. Con el lenguaje verbal propio de la costa Caribe colombiana, el relato, evitando la parodia, comienza con una situación cómica, va transformando su carácter inicial hasta su desenlace trágico, cumpliendo, con su función de orden moral, un viejo propósito del género satírico. La astucia de Agustino Landazábal, el gran propietario de las tierras, cuya posesión se ve amenazada por el avance de los trabajadores que pretenden ocuparlas, recibirá al final su castigo ejemplar. Se diría que allí se advierte que con la muerte no se juega si el tema de la obra no implicara asuntos de trascendencia colectiva. La suerte del gran señor, que para desviar el curso de los hechos se hace pasar por muerto, queda sellada con su verdadero sepelio, cuando la denuncia sobre su comportamiento se convierta en censura y castigo. La tensión dramática se precipita sobre el espectador desde el momento en que queda determinado por dos fuerzas simultáneas y contradictorias. En el clima luctuoso de una muerte inesperada surge su propia simulación con fines reprobables. El doble histrionismo de los personajes asegura la eficacia del dispositivo dramático, sin que aún se advierta el peligro que ello comporta. En la representación dentro de la representación, destinada también a ampliar el eco de la cultura subyacente, está una celebración a la que el destino se encargará de dar la vuelta, para poner el mundo del “difunto” al revés, es decir al derecho, lo que en términos morales significa poner las cosas en su lugar.

Como si fuera poco, el retrato social no llegaría a estar completo si el autor no hubiera dado las necesarias pinceladas para señalar los desequilibrios propios de las sociedades patriarcales con los lugares señalados para el hombre y la mujer en un contexto Caribe. En la farsa heroica que la familia Landazábal representa, don Agustino es el héroe que, valiente y arrojado, muere por su causa, y doña Otilia, su austera esposa, lo acompaña en su demencia con sujeción y probidad; y de asustada espectadora del espectáculo que ha montado su esposo pasará a ser la doliente y resignada viuda sin consuelo. Del festivo tono cómico del comienzo hemos pasado al drama que desembocará en tragedia. La comedia es lo trágico de todo el asunto, si nos atenemos al dictamen de Terry Eagleton cuando escribe que la tragedia “es insuficientemente trágica porque es demasiado heroica. Solo la comedia es verdaderamente trágica. La comedia es trágica por no ser un tragedia”. Esteban Navajas ha dado fe de ello.

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