Los actores Frank Ramírez ('Perro' romero) y Humberto Dorado (Víctor Honorio).

La estrategia del caracol, Sergio Cabrera

2014/01/24

Por Samuel Castro

Al comienzo de La estrategia del caracol, ante la pregunta que le formula Carlos Vives vestido de periodista, Gustavo Calle Isaza (Luis Fernando Múnera), un paisa entrador y dicharachero responde: “Todos los desalojos que han dejado un montón de gente sin techo y hogares llenos de luto se deben exclusivamente a dos motivos”. Y como si fuera grabada para cualquier noticiero de este 2014, uno de esos dos motivos, según él, es “la injusticia de la justicia”.

Más de 20 años después seguimos dándole la razón. Porque sabemos que en un país con una de las desigualdades sociales más aterradoras del planeta, la justicia siempre ha sido para los de ruana. La posibilidad de rebelarse contra esa realidad era lo que narraba Sergio Cabrera en esta historia: cómo la sociedad colombiana representada por los habitantes de la Casa Uribe (ironía inesperada del paso del tiempo), una vieja construcción republicana convertida en inquilinato (como el país mismo), se unía y trabajaba en equipo para enfrentarse a los de siempre: los ricos y las normas hechas para su beneficio.

A diferencia de lo que ocurre con la mayor parte del cine colombiano, el guion de La estrategia del caracol es su mayor fortaleza. Aunque comienza con una tragedia –la muerte de un niño en el inquilinato vecino por una bala perdida, demostrando que la violencia no es el camino a seguir–, la historia, que claramente es una comedia dramática, se va desarrollando a un ritmo perfecto, combinando con astucia secuencias de humor (las estratagemas que utilizan para aplazar el desalojo), momentos de realismo mágico (como esa virgen que se aparece en una humedad y que luego será transportada por el aire, cual aparición divina) y fragmentos de sátira, hasta el clímax final en una frase (“Ahí tienen su hijueputa casa pintada”) que es a nuestro cine lo que el “mierda” del coronel a nuestra literatura.

“¿Pa qué le sirve a usted la dignidad? ¿Esa palabra no existe o no la usan ya en televisión?”, dice Gustavo, casi al final de la película. Esa dignidad con la que son tratados todos los habitantes del inquilinato en el guion: el tinterillo sin grado, el travesti, el ladrón de medio pelo, el inmigrante, es la misma que brilla por su ausencia en el cine popular actual. El éxito perdurable de La estrategia del caracol es que supo ver en ese colombiano trabajador, que lucha todos los días contra la adversidad, no al fácil objeto de burla de las películas de paseos, sino lo que es en realidad: un héroe cotidiano.

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