Playa Rincón del Mar en Sucre

Primero estaba el mar, Tomás González

2014/01/24

Por Álvaro Robledo Cadavid

Primero estaba el mar fue la primera novela que publicó Tomás González mientras trabajaba en El Goce Pagano, icónico bar en Bogotá. Cuenta la historia de la muerte de su hermano Juan (J. en el libro), abaleado con dos tiros en su finca del Golfo de Urabá, lugar al que había ido con su mujer, Elena, para gozar de “las virtudes de la vida tranquila del mar en contraposición a la intoxicante vida al pie de las chimeneas de Coltejer”, mientras regentaban una tienda, una finca y un pequeño aserrío.

Esta novela habla más entre líneas de la historia de nuestro país en las últimas tres décadas que muchas otras de las que tanto se ha hablado. Colombia fue un lugar que durante esos años se dejó atravesar por la moral, la ética y la estética de una de sus regiones: la antioqueña, tierra que se ha vanagloriado (no siempre sin razón) de ser la más pujante. González es testigo de esa entraña paisa que ha sabido homogenizar todos los niveles de la vida nacional: desde la ropa hasta el lenguaje, pasando por las ideas de la familia y la civilización. Los paisas, con su natural soberbia maquillada tras una descascarada humildad, con su mentalidad patriarcal (sobre todo presente en las cabezas de sus mujeres), su veneración ciega por la familia, y un sinnúmero de impotencias que crea esa cultura, han tenido (como todos los colonizadores y conquistadores) el deseo de salir de la asfixia de esa sociedad de la que se enorgullecen: por eso la idea de tantos de sus habitantes de buscar un paraíso perdido, usualmente junto al mar, en las cercanías de Tolú y Coveñas. Al encontrarse con una realidad soñada que se transmuta en varias de las formas del horror de los paisas (los costeños perezosos; el clima implacable), J., un hombre “mezcla de literato, anarquista, izquierdista, negociante, colono, hippie y bohemio”, descubre que la esencia puede estar oculta pero jamás perderse: se transforma en el origen de su desprecio: se descubre en el rostro de su padre frente al espejo de su vida.

Mientras transcribe la historia de la muerte de su hermano, González sabe que todo afán es inútil: este conocimiento lo acerca desde ese momento a la impermanencia del budismo zen tan similar a la sabiduría de los kogui (de donde sale el título del libro). Tanto el zen-paisa de González como la mitología kogui saben que antes de que existiéramos estaba el mar. Y después de nosotros también estará.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.