Carrera 13 de Bogotá. Daniel Reina / Semana

Sin remedio, Antonio Caballero

2014/01/24

Por Felipe Restrepo Pombo

A Ignacio Escobar, protagonista de Sin remedio, lo persigue durante toda su vida una idea oscura y pueril: que nada cambia. El aspirante a poeta escribe un verso que pretende explicar esta obsesión y que está presente en toda la novela: “Las cosas son iguales a las cosas”. El verso –que no es especialmente brillante– hoy resulta profético.

En efecto, desde 1984 las cosas han cambiado muy poco. En ese momento, Antonio Caballero pretendió hacer un fresco de la oligarquía colombiana y su ambigua relación con el país. Quería, a modo de caricatura, retratar cómo los ricos colombianos vivían en una realidad alterna y blindada de los hechos terribles. Cuando Sin remedio se publicó, circularon todo tipo de rumores. El más popular afirmaba que se trataba de una novela en clave: que Caballero la escribió inspirado en varios personajes reales.

Por supuesto que esto puede ser verdad, pero Sin remedio no se queda en el esbozo cómico de un grupo social. Es la lectura de una sociedad que, aún hoy, no ha entrado a la modernidad. Gabriel García Márquez lo entendió así: “No son caricaturas de personajes conocidos, sino que cada cuadro es una caricatura completa de toda la sociedad colombiana, que a Caballero le parece pervertida y condenada, y que a su modo de ver no tiene salvación, como el protagonista de la novela, tan parecido a él mismo”.

Los arquetipos que Caballero diseñó hace 30 años siguen vivos. Gran parte de la acción de la novela ocurre en los barrios del norte de Bogotá con sus casas grandes y jardines aún más grandes, donde vive la mamá de Escobar y donde el tiempo parece estar detenido. Allí se da cita la clase alta con toda su frivolidad, su elitismo, su racismo y su desprecio por lo colombiano.

También están retratados los intelectuales mamertos –que por lo general reniegan de su origen pero que en realidad viven de él–, como el profesor Diego León Mantilla. Este personaje nefasto puede recitar fragmentos enteros del libro rojo de Mao, pero no sabe nada sobre su país. La doble moral de la Iglesia está representada por monseñor Botero Jaramillo, que después de cumplir con sus labores religiosas asiste sagradamente a un burdel muy exclusivo. El inmenso poder político está encarnado por el senador Pumarejo, corrupto –sobra decirlo– y que solo es fiel cuando se trata de su asistencia a los mismos burdeles. Este hombre está a medio camino entre un senador y un narcotraficante. Esta ambigüedad se debe a que Caballero considera que ambos tienen las mismas ambiciones.

Y la lista podría ser mucho más extensa. Hace unos años le pregunté a Caballero por qué no había escrito una segunda novela. Me respondió –como si se tratara de Escobar– que no lo había hecho porque no había nada nuevo que contar. El tiempo parece darle la razón.

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