Escena de la obra

I took Panama, Creación colectiva del TPB

2014/01/24

Por Margarita Valencia

La década de 1970 empezó tormentosa, con la elección impugnada de Misael Pastrana y el nacimiento del M-19, que rápidamente se sumó a la lista de ejércitos con la que estábamos familiarizados: el eln, las Farc, el epl. Ya había empezado la guerra pero no nos dimos cuenta porque seguíamos envueltos por la nube rosada de la Revolución cubana. Y por las expectativas alrededor del fin del Frente Nacional, el año siguiente. Pero nuestra iniciación a la vida política fue el golpe de Estado en Chile y la muerte de Salvador Allende, el último de los mártires de la izquierda. Mensaje recibido: no habría una segunda Revolución cubana sin que corriera la sangre. Toda la sangre.

Íbamos mucho al cine, a ver películas que hablaban de lugares lejanos y amores infelices que deseábamos con pasión. Pero también habíamos empezado a ir a teatro al centro, en nuestro primer gesto adulto. Y en esa oscuridad de paredes pintadas de negro e incómodos asientos de vaqueta todo nos resultaba extrañamente familiar: las historias que se desarrollaban en el escenario eran las nuestras y sin embargo las desconocíamos (era como asistir al desvelamiento de un oscuro secreto familiar). En las salas de teatro de La Candelaria, del Local, del Teatro Popular de Bogotá (TPB), dejamos de ser estudiantes de bachillerato en brazos de la creación colectiva y empezamos a ensayar una forma de estar en el mundo maltrecho que nos esperaba.

Ese mismo año de 1973 se estrenó en el tpb, en la Jiménez con quinta, I took Panama, sobre la expoliación de Panamá por parte de Estados Unidos. Todos conocíamos la historia que contaba: la habíamos aprendido en el colegio, donde la recitábamos con la misma atención con la que hubiéramos recitado La perrilla de Marroquín, o Volverán las oscuras golondrinas. Pero esto era otra cosa. Lo que estábamos oyendo tenía todo que ver con nosotros, nos definía, nos decidía. Y lo que hasta entonces habíamos denominado “la separación de Panamá” se convirtió en una agresión personal, en una herida abierta, en el fin de setenta años de negación colectiva. Quizás es el gran aporte del arte comprometido: hace que sea un poco más difícil decirnos mentiras.

Cuarenta años después, tras las ruinas de la sala de teatro del tpb se pasean un par de ideas que cambiaron la forma de hacer teatro de algunos y la forma de pensar de otros. A veces no se necesita más.

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