Una explicación

Arcadia llega a su edición número 100, y es costumbre en los medios, como en la vida, celebrar las cifras redondas. Por eso, hemos concebido para los lectores un especial ambicioso, que quiere preguntarse cómo las artes han leído a Colombia...

2014/01/23

Por Marianne Ponsford

Arcadia llega a su edición número 100, y es costumbre en los medios, como en la vida, celebrar las cifras redondas. Por eso, hemos concebido para los lectores un especial ambicioso, que quiere preguntarse cómo las artes han leído a Colombia.

Un jurado compuesto por 76 intelectuales, críticos y académicos escogió para esta edición las obras de su campo que, según su criterio, iluminaban con mayor acierto y talento la historia del país. El resultado fue un compendio de más de 600 obras de todas las áreas de las artes y la literatura.

¿Cómo hicimos la elección final? Todas las obras que fueron propuestas por más de tres miembros del jurado están incluidas aquí. Ellas componen casi el total de las obras en esta edición. El resto corresponden a la elección, a partir de las propuestas de los miembros del jurado, de quienes escribieron en esta revista. El límite no ha sido otro que el del espacio, las páginas de las que disponíamos. Por eso, las obras que los lectores encontrarán aquí no pretenden constituirse en un canon. No sería justo. No es así. Y quienes seleccionaron y quienes escribieron los textos –en algunos casos la misma persona–, están listados en la última página.

El resultado es una selección de 119 obras colombianas realizadas durante los últimos cien años, acompañadas cada una de un breve texto que busca hacer énfasis en la manera como esa obra refleja, interpreta o recrea al país, su historia, su circunstancia. El conjunto de firmas que respalda esta edición es extraordinario. Hemos incluido, con ambición, obras de arte, música culta y canciones populares, cine, fotografía, series de televisión y, por supuesto, literatura. Y en ella, novela, teatro, poesía, cuento, memoria y ensayo literario.

El orden de exposición es cronológico y las fechas, por lo tanto, tienen una gran relevancia en el diseño. Las obras son el centro de importancia, pero no el campo del arte al que pertenecen. En muchos casos, tendrá el lector no erudito que adentrarse en los textos para saber si este se refiere a una escultura, a una película o a una novela. Es quizás una apuesta por recordar que, en el fondo, todas las artes son una sola.

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El origen de la idea de examinar qué país surge de algunas obras de arte y literatura del último siglo no implica que creamos que ese es el único –ni necesariamente el más importante– criterio para juzgar si una obra de arte debe perdurar. Bien es sabido que toda creación artística existe fuera de su tiempo y es esa independencia de sus coordenadas históricas y geográficas la que en buena medida le otorga el carácter de clásico. Por eso leemos Ana Karenina, para buscar en ella algo que nos hable de nuestra propia vida y no para entender la Rusia del siglo xix. Sin embargo, cada obra de arte de valor es hija legítima de su tiempo. Y es por eso que algo aprendemos, casi sin querer, sobre la Rusia del siglo xix cuando leemos Ana Karenina. Porque todas las obras de arte de valor entablan una conversación profunda con su contexto, con su país, con el tiempo en el que fueron creadas, y muchas veces su temprano esbozo del futuro es asombroso.

Sin embargo, no son pocos quienes todavía, en esta Colombia de albores del siglo xxi, creen que las obras de arte solo existen en una especie de feliz nebulosa, ajena a todo, para el ocasional esparcimiento del espíritu de quien tiene la sensibilidad para admirarlas. Eso no es cierto. Como tampoco lo es que los artistas y escritores habiten burbujas errantes al vaivén del viento, de espaldas a la política, a la ideología, a su propia sociedad. En Colombia sucede con abrumadora fecundidad todo lo contrario. Y este especial quiere dar testimonio de ello.

Por supuesto, una lectura sociológica de las artes nunca determinará su auténtico valor. Por ello es necesario decir que las obras aquí presentadas no corresponden a una elección servil con la cronología de la historia del país. Mandan las obras, no los hechos históricos.

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En 1915, los hermanos Di Doménico, apasionados por el cine documental, hicieron una película sobre el asesinato del general Uribe Uribe, ocurrido un año antes en plena carrera séptima de Bogotá. Estaban convencidos de que la película sería un éxito, y no podían haber estado más equivocados. El escándalo que produjo la película –con protestas populares frente a las salas de cine y la indignación de las élites– llevó a su censura por parte del Estado. No podía ser, se argumentó, que se exhibieran imágenes del cuerpo del general brutalmente asesinado, o de su entierro, o que se les hubiese pedido a los asesinos que aparecieran en la película. Todo aquello iba en contra del decoro y del pudor.

Casi exactamente un siglo después, en noviembre del año pasado, Cine Colombia se negó a pasar en sus salas un simple tráiler de dos minutos y treinta segundos del desgarrador documental No hubo tiempo para la tristeza, realizado por el Centro de Memoria Histórica, en el cual las víctimas del conflicto armado interno le hacen el difícil favor a la historia del país de narrar su propia tragedia. Son esas conexiones, esos breves asombros y las posibles reflexiones que suscitan, lo que esta edición busca proponer a los lectores.

Pero quizás lo que genuinamente abruma del particular conjunto de obras aquí reunidas es la evidencia de que la mayoría de los creadores del país han buscado con vehemencia casi febril, década tras década, dar nombre a la violencia que ha atravesado, como un hierro encendido, el cuerpo de la historia de Colombia.

El cine, el arte y la literatura han pretendido obsesivamente durante todo el siglo xx colombiano y lo que llevamos del siglo xxi, apropiarse desde las artes de una historia de injusticia, de asesinatos y de dolor. Y por eso, leer los textos de este especial puede semejar someterse a una sucesión interminable de ensordecedoras campanadas que no acaban nunca de marcar la hora.

En Violencia, un libro visionario y uno de los más legibles de su excéntrico autor, el filósofo Slavoj Žižek dice que “el horror sobrecogedor de los actos violentos y la empatía con las víctimas funcionan sin excepción como un señuelo que nos impide pensar”. Y continúa: “Un análisis conceptual desapasionado de la tipología de la violencia debe por definición ignorar su impacto traumático”. Y finaliza el párrafo con una afirmación poderosa: “El único acercamiento válido [al tema de la violencia] será el que nos permita mantener una necesaria distancia de respeto con las víctimas”.

Claro que Žižek no se refiere al arte sino al análisis. Él mismo advierte que el arte tiene un enorme poder a la hora de nombrar la violencia desde la empatía con las consecuencias literales, explícitas del hecho violento. Pero aun así, el texto de Žižek es una bofetada brutal.

Porque Žižek propone un alejamiento de los hechos violentos –de la violencia subjetiva–, y poner en suspenso la compasión biempensante y tantas veces banal que nos lleva a desligar el horror de lo que pasa allá de nuestra confortable vida aquí.

Desde El río de las tumbas, por poner el ejemplo de una película, la cinematografía colombiana ha querido escribir la historia de las víctimas a partir de la exposición solidaria del sufrimiento. El teatro y la literatura también (todo lo contrario del periodismo, que es parte explícita del poder y ha llegado tarde al tema de las víctimas). La empatía con los desposeídos y la indignación ante un país de élites inclementes –así lo evidencia la historia– han sido motores constantes de la creación. Da la impresión de que la literalidad del hecho violento ha suplantado la pregunta por el origen de la violencia en la historia de las artes en Colombia. Todavía no es suficiente el comentario sobre lo que Žižek llama la violencia sistémica, inherente al estado de las cosas.

Cuando uno lee los extraordinarios relatos sobre la aristocracia neoyorkina de Edith Wharton o de Henry James, no puede más que asombrarse ante la mirada cuestionadora y crítica que desde el siglo antepasado caía sobre las élites desde las artes.

Por supuesto, toda generalización invita a la protesta. Y es verdad que la generalización puede ser injusta. Sobre todo porque desde hace unas décadas la mirada parece comenzar a cambiar. La obra de artistas como Beatriz González, por ejemplo, con su reclamo crítico al gobierno de Turbay, es tremendamente poderosa, como lo son las Variaciones sobre el purgatorio de José Alejandro Restrepo o la novela Sin remedio de Antonio Caballero, o la aproximación burlesca al poder político de la obra de teatro I took Panama. Pero es poco lo que hay, si lo comparamos con la producción artística y literaria sobre el hecho violento, y sobre aquellos que sufren sus consecuencias directas. Faltan más metáforas tan poderosas como la de aquel viejo coronel que esperó en vano una pensión que nunca llegó.

El hecho es que el poder establecido sigue ganando la partida. Porque otra cosa que se revela como constante en esta edición es el monumental esfuerzo que desde todas las artes se ha llevado a cabo para traer vientos de modernización –léase ansias de una sociedad más justa– al país. Y cuán virulento ha sido el desdén al que ha sido sometido lo nuevo. Luis Vidales, relegado al olvido, mientras un poeta semejante, Oliverio Girondo, es parte del canon argentino. Con cuánto miedo se ha bloqueado la palabra distinta y la imagen que no es reverente. Cuánta censura y rechazo ante lo que no puede domesticarse de inmediato. Basta recordar cómo la maravillosa explosión de sentido crítico y talento que se reunió en la Cali de los años setenta acabó suplantada por una idea decimonónica de cultura, correcta y conservadora. El poder establecido, una década después, había ganado otra vez la partida.

Pero estas son las reflexiones parciales de una sola lectora. La idea es que este especial de Arcadia sea construido a su manera por cada lector. Al fin y al cabo no son más que piezas sueltas que cobran un nuevo sentido (¿otro sentido?, ¿más sentido?) de acuerdo con las asociaciones y maneras de leer de cada quien.

Estas páginas no son más que un recordatorio de que quizás ese país que construyen, recrean y reflejan las artes y la literatura es un país que necesita cambiar. Ojalá el cuadro más importante del siglo xxi colombiano no se llame, así, tan desnuda, tan secamente, La violencia.

Marianne Ponsford

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