Irena Sendler en Varsovia durante la guerra

Compasión

La describen como la versión femenina de Oskar Schindler. Pero su valentía y discreto heroismo superan cualquier comparación.

2013/11/14

Por María Paula Laguna. Bogotá.

Cada vez que la polaca Irena Sendler sacaba a un niño judío del gueto de Varsovia, planeaba sus pasos milimétricamente. Primero, lo más difícil: convencer a los padres de que sus hijos tendrían más posibilidades de sobrevivir en un hogar católico. Segundo, esconder a los pequeños ya fuera en maletas, sacos de papas, cajas de herramientas y hasta ataúdes. Tercero, superar los estrictos controles de la salida y, una vez en la calle, esperar que ningún oficial nazi la detuviera. Era una labor invisible. Y tan silenciosa que tardó casi 60 años en salir a la luz.

Sendler salvó a 2.500 niños entre 1940 y 1943, más del doble de lo que el aclamado Oskar Schindler logró con su lista. Cuando la Gestapo descubrió lo que hacía, la torturaron hasta romperle ambas piernas. Ni siquiera eso hizo que hablara. Estaba condenada a morir fusilada, pero al final logró escapar. Así, en pocas líneas, se puede resumir la historia de una heroína dispuesta a entregar su vida con tal de proteger la de otros. Parece el guion perfecto de una película de Hollywood, solo que los grandes estudios eligieron la otra historia: la del industrial nazi que usó su fortuna para salvar judíos en Cracovia.

Steven Spielberg la contó en La lista de Schindler, cinta que ganó siete premios Oscar en 1994. En 195 minutos mostró cómo durante la Segunda Guerra Mundial el empresario se empeñó en contratar obra de mano judía en su fábrica de utensilios de campaña y municiones para evitar que cerca 1.200 personas fueran a parar a los hornos de Auschwitz. Es, sin duda, un relato fuera de lo común: el de un villano ambicioso que descubre su lado bueno a medida que avanza el horror. El brillo de las estatuillas también contribuyó a que terminara convertido en héroe de la humanidad, y cuando eso sucede el relato suele quedar incompleto.

Schindler solía decir que no había sido “ningún santo”. Se sabe, por ejemplo, que espió para Alemania en Checoslovaquia a finales de los años treinta y que dirigió una unidad responsable de planificar la invasión nazi en Polonia. Emilie, su esposa, intentó desmontar el mito acusándolo de “haragán”, “mujeriego” y “egoísta”. Consciente de esa ambigüedad, Yad Vashem, la institución nacional israelí para la memoria del Holocausto, consideró otorgarle el título de Justo Entre las Naciones en 1962, pero solo se lo dio oficialmente hasta 1993, cuando se estrenó la película.

Desde entonces muchos han intentado vender la historia de Irena Sendler como la versión femenina de Schindler, pero la verdad es que la suya va más allá del estereotipo. La lista de Sendler han titulado algunos medios, porque al igual que el industrial, la joven polaca hizo una lista de quienes salvó. No la escribió a máquina, sino a mano: anotaba en retazos de papel el nombre verdadero de cada niño y, al respaldo, su nueva identidad y la dirección del lugar que lo había acogido. Luego los guardaba en tarros de conserva que enterraba en un manzano cerca a su casa. Tenía la esperanza de que algún día los pequeños que había escondido en conventos y orfanatos regresarían con sus padres biológicos.

De los cuatrocientos mil judíos confinados en el gueto –el más grande de Europa y donde se concentraba el 30 por ciento de la población total de Varsovia– solo cincuenta mil se salvaron de morir en Treblinka. “Si usted vive en Bogotá, haga de cuenta que es como si levantaran un muro alrededor del barrio La Soledad y lo obligaran a entrar ahí en menos de cuarenta y ocho horas: no importaba que no hubiera comida ni nada”, recuerda el polaco Samuel Gutman, quien llegó al gueto cuando tenía catorce años y después de la guerra se radicó aquí. Mientras estuvo allí nunca escuchó hablar de Sendler.

Como asistente social católica, la polaca obtuvo un permiso especial del departamento de control epidemiológico que le permitía llevarles comida, ropa y medicinas a los judíos del gueto. Una vez adentro, se ponía el brazalete con la estrella de David para no llamar la atención. Las condiciones del lugar empeoraban cada día –el tifus, el hambre, el hacinamiento– y pronto se dio cuenta de que los camiones que salían cargados con personas regresaban vacíos. Tenía que hacer algo drástico:  “Me enseñaron que si veía a una persona ahogándose, debía lanzarme a salvarla así no supiera nadar”.

Con la ayuda de Zegota, un movimiento de resistencia clandestino, Sendler empezó a sacar a los niños. A veces hallaba la forma de camuflarlos y huir por la puerta principal, mientras que otras, lo hacía por los corredores subterráneos. Afuera no solo debía conseguirles documentos falsos, sino enseñarles a darse la bendición. Cada vez que metía otro nombre en el frasco sabía que el riesgo había valido la pena. Pero el 20 de octubre de 1943 la Gestapo la arrestó. Se salvó justo cuando iba rumbo al patíbulo porque un compañero de la Zegota sobornó a un soldado alemán para que la dejara libre.  Al salir tuvo que cambiar de nombre y seguir trabajando silenciosamente en orfanatos de la capital bajo el yugo comunista. Prefirió callar de nuevo.

Pero su historia siempre estuvo ahí. Tanto así que fueron unos estudiantes de un colegio de Uniontown, Kansas, quienes la descubrieron en 1999. La página oficial del grupo –hoy los adolescentes son más famosos que la propia Irena y se describen como los “salvadores de la salvadora”– dice que vieron su nombre y una descripción de sus hazañas en una revista vieja: Sendler había sido reconocida Justa Entre las Naciones en 1965. Los estudiantes pensaron que era un error hasta que ella misma, con ochenta y nueve años, les contó todo.

Entonces vinieron los homenajes: una obra de teatro, un libro, una película para televisión y una nominación al Premio Nobel de la Paz, en el 2007. ¿Quién se lo ganó? Al Gore. Las razones del comité noruego: “Sus esfuerzos por construir y extender un mayor conocimiento sobre el cambio climático”. Ese año la cinta Una verdad incómoda, que muestra al exvicepresidente de Estados Unidos dando cátedra sobre el calentamiento global, se llevó el Oscar al Mejor Documental. Una vez más el brillo cegador de Hollywood: un político derrotado convertido en máximo líder ecológico.  Y aunque Irena no ganó, el consuelo del jurado es que el de Paz es el Nobel que más mujeres ha premiado: 15 de 101 galardonados.

En sus últimas fotos Sendler sonríe sin esfuerzo. “No me considero una heroína. Ese término me molesta mucho. Todo lo contrario: sigo teniendo remordimiento de conciencia por haber hecho tan poco. Pude haber hecho más y esa idea me perseguirá hasta la tumba”, dijo una vez que no pudo ir a recoger una placa. Murió en el 2008 en un asilo de Varsovia. Nunca le importó la fama. “No hice nada especial, solo lo que debía”. Y eso, al final, es lo que importa.

*Imagen: Irena Sendler en el 2007, año de su nominación al Nobel.

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