Tomada por Alejandro Arango

La culpa del amor

Se publica Déjame gritar, seis crónicas que ilustran cuánta infelicidad ha traído a las mujeres el autoritarismo masculino que atraviesa la historia de Antioquia.

2013/11/14

Por Alfonso Buitrago Londoño. Medellín.

 

 

 

La carátula del libro tiene una ilustración que muestra un maniquí de sastre con un corazón remendado en el pecho. En la parte inferior se lee el título: Déjame gritar, del periodista e historiador antioqueño Jorge Mario Betancur Gómez.

La imagen es una metáfora de un cuerpo-objeto, desmembrado y silencioso, condenado a ser cubierto. Mujeres perchero que cargan con el manto que les quieren imponer quienes se consideran sus propietarios.

A través del rescate y reconstrucción de seis casos judiciales sucedidos en Medellín y sus alrededores entre 1896 y 1968 –incluidas la historia de Manuela Barrientos, que inspira la novela Lo que nunca se sabrá, de María Cristina Restrepo, y el famoso descuartizamiento de una joven en el edificio de Fabricato conocido como “caso Posadita”–, Betancur devela un retrato delicado y cruel de una sociedad machista, clasista, oportunista y confesional, en la que sus ciudadanos, antes feligreses, y en particular sus mujeres, son discriminados y juzgados en razón de su género y condición social.

¿De dónde surgen estas historias?

Mientras investigaba sobre el barrio Guayaquil y la locura en Medellín me encontré con un proceso judicial de un hombre que le cose la vagina a su mujer. En principio parecía que estuviera loco, pero me fui dando cuenta de que había algo más detrás. Empecé a revisar las fichas de las investigaciones y encontré varias historias en las que siempre había un delito, mujeres en desgracia y cierta crueldad.

¿Cuál es la característica común que une los relatos?

Son mujeres ultrajadas y en relaciones de pareja que terminan mal, sobre todo para la mujer. Otro de los hilos conductores es que tienen versiones folletinescas que describen lo que pasó. Ese solo hecho, que algunos califican de amarillista, las hace muy atractivas. Los periódicos ortodoxos han dañado esas historias porque se limitaron a hechos breves o a ocultarlas por completo.

¿Por qué el título?

Porque las protagonistas nunca pudieron gritar. Las seis mujeres están involucradas en relaciones de afecto que tienen un hombre (solamente en un caso es otra mujer) que impide ese grito y, de hecho, lo oculta. Si fuera por los antagonistas, las historias no se conocerían. Es una súplica que le hacen a un verdugo amoroso.

¿Qué quieren gritar?

La historia que les tocó vivir. El último caso, por ejemplo, es un grito espantoso de pánico ante un hombre que te descuartiza. En general, todas las historias tienen un velo. Están construidas sobre lo dicho por los testigos y los protagonistas, pero siguen sin conclusiones finales. En el “caso Posadita” la visión machista es patética y tiene una perversión simbólica porque la gente se refiere al asesino en diminutivo, como una figura tierna. Nadie le dice “este gran hp.”. Esa figura evidencia el foco de las historias: la gente se deleitó leyendo los folletines a partir de la crueldad del verdugo, que no es ningún loco. Solo ahora hay una posición política de reivindicación de la víctima.

¿Qué retrato de esa sociedad surge de su investigación?     

Así el discurso actual busque igualdad entre hombres y mujeres, no excusa a una sociedad que históricamente ha tenido un trato degradante para la mujer. Las historias permiten leer una radiografía de la intimidad de las mujeres en la época en que vivieron. Carolina Botero es una mujer conservadora, cuyo mayor acercamiento con el otro es un beso; la historia de Elisa Uribe transcurre en una alcoba donde vemos cómo es su sexualidad; Ligia Quevedo, a través de la prostitución, pone en entredicho a la sociedad; Ana Agudelo vive la sexualidad de los años sesenta, en un ambiente donde hombres y mujeres estaban quitándose el cascarón y abriéndose al mundo moderno. Las historias permiten contar procesos de modernización de prácticas y costumbres y en el trasfondo la ciudad también cambia. En la primera historia no había electricidad y en la última hay grandes edificios.

¿Es un libro sobre mujeres derrotadas?

De mujeres desgraciadas. Es muy difícil que uno escape a la época que le tocó vivir. En la primera historia, una jovencita se enamora de un médico viudo, al que el padre de ella asesina. Para salvar al papá ella inculpa al propio médico, sugiriendo que le dio un veneno. No era una mujer liberal ni una rebelde. Estaba viviendo su mundo y cayó en desgracia. Cuando trata de salir, se revela como una mujer de su época, dominada por la autoridad masculina.

¿El amor las condena?

A Carolina sí, porque estaba realmente enamorada. Elisa es desgraciada por todos los lados: negra, pobre, ignorante y llena de hijos. Su cuñado intenta violarla y su marido le cobra a ella esa violación. Ana estaba feliz en el mundo hasta que el mundo, en nombre de Abel Saldarriaga, la partió en centenares de pedazos. Otra mujer desgraciada es Manuela Barrientos, quien vive en un mundo ambiguo sobre su sexualidad, que pasa de ser una princesa que toca el piano y vive en París a morir en Rionegro.

¿Pero ellas no ejercen ninguna forma de resistencia?

Siendo desgraciada, Manuela es la que más resiste. Era una mujer de mucho carácter, pero tenía una tristeza que la opacaba. Es la gran derrotada porque ella sí estaba peleando contra su entorno. Ana Almazán es una mujer de pantalones, pero sabe en qué mundo vive. Es la más paisa de todas. Oportunista, calculadora, capaz de alimentar un amor homosexual para conseguir sus fines. Ligia es la mentira andando. Estaba buscando la felicidad y muy rápidamente hace un quiebre con la sociedad que le toca vivir, que le decía que se casara y fuera una buena muchacha, pero ella tenía un plan B.

¿Hay mujeres que fueron cómplices de estos casos?

Hay hombres que son víctimas de mujeres muy fuertes. En el caso del Corral Falso, por ejemplo, la madre de Alfonso ataca a la esposa de su hijo por interpuesta persona. Alfonso sufre el encierro en un manicomio para eliminar a su esposa, que no pertenece al mundo de alcurnia rural de su marido. En el caso de Ligia, la mamá la tilda de puta todo el tiempo. Ana Almazán llevaba un carriel con un revólver y se queda con la fortuna de su amiga. Las mujeres tienen introyectado el mundo de poder masculino.

¿Es necesario contar la intimidad de estas mujeres para entender qué pasó con sus vidas?

La protección de la intimidad ha sido una bandera de los conservadores para tildar las historias de amarillistas y decir que uno se está metiendo con la vida privada de las personas. En estos casos, cuando aparece una mujer como Ana Agudelo, en el edificio de Fabricato, picada en doscientas partes, su intimidad es pública en la medida en que la gente necesita explicarse quién es, qué pasó con ella, por qué alguien la destrozó de esa manera.

¿Por qué leer estas historias hoy?

El libro no tiene un afán político, no pretende hacer una reivindicación feminista, sino contar una historia con el enfoque del cronista. Creo que esas historias componen un retrato de la ciudad que conozco, vivo e investigo. Son radiografías para mirar la transformación de Medellín.

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