John Hedgecoe /Top foto

Las formas del aire

No hay que ser un experto en historia del arte para haber oído hablar del escultor británico Henry Moore. Se le atribuye la renovación de la escultura en el siglo XX. ¿Alguien, por fuera del circuito del arte, conoce a Barbara Hepworth?

2013/11/14

Por Daniel Salamanca. Bogotá.

Un día martes, 20 de mayo del año 1975, las llamas se apoderaron del estudio de la artista británica Barbara Hepworth. El incendio, irremediable, puso fin a su vida y acabó con gran parte del espacio que ella misma había dispuesto y diseñado en el apacible balneario de St. Ives, condado de Cornwall, al sureste de Inglaterra. Probablemente, y al igual que la mayoría de los días, esta mujer, nombrada dama por el gobierno de su país, trabajaba en una nueva escultura. Porque el volumen, las formas, la adición y la sustracción, el esfuerzo físico y la lucha con los materiales eran su día a día y su razón de ser: “La talla y la perforación de una forma, dependiendo de su contorno y naturaleza, sumado al grado de penetración que uno le imprima, parece abrir una variedad infinita de curvas en la tercera dimensión. He aquí un campo suficiente para la exploración de toda una vida”, escribió en 1946 en uno de sus diarios.

De frente amplia y pronunciada, ojos negros hundidos en el rostro, un peinado rígido que probablemente jamás estaría a la moda y una contextura corporal pequeña, esta escultora, nacida en Wakefield en 1903, fue una de las artistas más prolíficas e importantes del siglo pasado. No solo por ejercer, a contracorriente de lo establecido, una labor y un oficio usualmente masculinos, sino porque además, fue pionera en la concepción y materialización de la escultura moderna.

Entre los hallazgos y virtudes de Hepworth, primero que todo, estuvo la necesidad vital de atravesar los materiales, de perforarlos y de abrirles un hueco. Fue así como en el año de 1931, y antes que su amigo y rival, el archiconocido Henry Moore, ella daría su primera estocada con la pieza Forma agujereada, una hermosa figura en alabastro con un hoyo en el centro que da la sensación de estar en plena mutación. Cuenta Will Gombertz en su libro Qué estás mirando, 150 años del arte moderno que tras ver la escultura de Hepworth en 1932, Moore incorporó de inmediato los agujeros en sus propias esculturas y dijo que ese año quedaría bautizado como “el año del agujero”.

Hepworth insistía en tallar el material. Esto implica, además de partir de una forma preconcebida, dejarle una marca o una huella. Por eso muchas de las piezas que creó tienen a su vez el rastro áspero del cincel y del martillo y la suavidad propia de una lija. Sería solo hasta el final de sus días, y a diferencia de Moore que había adoptado desde temprano la versión industrial del proceso, cuando empezaría a hacer moldes y a fundir algunas de sus piezas en bronce. Su producción era lenta y minuciosa, y aun cuando eran obras de gran formato el trabajo se limitaba a lo que ella y un par de asistentes pudieran hacer. Por último, y no menos sorprendente, fue su paso temprano e intuitivo a la abstracción, haciéndole ver al mundo del arte, antes que muchos, que más allá de la figuración había formas más puras y menos literales de ver las cosas. Casi como una Única forma, título que lleva una importante serie de esculturas monolíticas de su autoría, que resumen el mundo y los intereses que la rodeaban desde que paseaba en coche por la campiña inglesa: la forma del paisaje, el horizonte, los contornos y superficies de una roca, la volumetría del cuerpo, el peso y las tensiones entre dichos elementos (que se materializaron en cuerdas o guayas de metal que iban de un lado al otro de las esculturas).

Todo esto le significó, entre otros, una serie de becas de estudio cuando empezaba su carrera, el primer premio en la Bienal de São Paulo en el año 1959, la comisión del monumento del Dag Hammarskjöld (1964) en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York y su vinculación como miembro asesor de la Tate Gallery de Londres.

Injustamente, y a pesar de su espíritu de innovación, sería el también británico Henry Moore quien se llevaría la mayoría de los elogios, de los encargos y de los méritos que habrían podido compartir. Prueba de ello es que cuando uno busca en los acervos de las bibliotecas, por cada libro que menciona a Hepworth hay diez que nombran a Moore, e incluso hay veces que le atribuyen erróneamente ciertos descubrimientos. Y es que curiosamente ambos compartirían el lugar de nacimiento, las prestigiosas escuelas donde estudiaron (Leeds y Royal College of Art), los viajes de estudio e inspiración a Europa central, el lugar de trabajo y la amistad. Aun así, mientras él tuvo la vida soñada, ella, aunque claramente destacada y respetada, lamentablemente vivió la versión dramática de la película. Porque además del peso de la escultura tuvo que cargar con el implacable destino. Su primer hijo, piloto de avión, murió en un accidente cerca de Tailandia en 1951. Años después, y luego de haber dado a luz a trillizos, fue diagnosticada de un cáncer que tuvo que tratar durante mucho tiempo. Y para colmo, sus dos matrimonios terminaron en divorcio. Demasiadas desventuras para una sola persona. Como recompensa, más allá del dinero o de la fama mundial obtuvo sin embargo dos premios envidiables: hacer parte de una historia protagonizada en su inmensa mayoría por hombres –la historia del arte– y tener, como siempre lo planeó, su propio museo.

Nacida de las mismas cenizas que la vieron partir hay una pequeña casa de techo gris y paredes blancas cuyas puertas y ventanas dejan atravesar la espléndida luz que arroja el sol sobre St. Ives. Un espacio austero, rústico, pero envidiable. A la medida de una mujer que, adentro, trabajaba como un obrero, con martillo, sierra, taladro y overol, pero que afuera, y haciendo gala de su feminidad, había dispuesto un exuberante jardín lleno de plantas y flores únicas, una colección de cactus y muchas de sus piezas originales. Un refugio, museo y oasis, considerado por expertos como una joya perdida en ese puerto, similar a los del Mediterráneo, donde el mar viene todos los días a simular que se come de a poco la tierra. Allí, Barbara, la escultora moderna, parece vivir eternamente.

*Imagen: Forma agujerada, Barbara Hepworth (1931).

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