Juan Gabriel, "el Divo de Juarez", en concierto en Lima, el 14 de agosto de 2014. Falleció el 28 de agosto de 2016. Crédito Luka Conzález / AFP.

Me olvidé de vivir

En América Latina, la balada romántica ha sido, junto con la telenovela, uno de los poquísimos fenómenos formadores de nuestro imaginario amoroso que tiene un carácter transnacional. Además logró construir un puente de comunicación con España en los tiempos aislacionistas del final de la dictadura de Franco.

2013/09/11

Por Hernán A. Melo Velásquez. Bogotá.

En un subcontinente ancho y alejado de sí mismo como lo es América Latina, con pocos referentes comunes, la balada romántica ha sido, junto con la telenovela, uno de los poquísimos fenómenos formadores de nuestro imaginario amoroso que tiene un carácter transnacional. Y uno que además logró construir un puente de comunicación con España en los tiempos aislacionistas del final de la dictadura de Franco.

Junto con la telenovela, las baladas habrían conformado el tejido primordial de un proceso que el académico Jesús Martín-Barbero denominó como “integración sentimental latinoamericana”. A través de la balada, con sus letras estereotipadas y sus blandengues arquetipos, se habrían estandarizado ciertas maneras de sentir y expresar las emociones.

En un continente lleno de mujeres cabeza de hogar, con hijos que crecen sin referente paterno, la voz de la argentina Amanda Miguel, con su formidable fuerza interpretativa, entona lo que ha venido a convertirse en casi un himno del engaño amoroso: “El me mintió. / Él me dijo que me amaba / y no era verdad. / Él me mintió, / no me amaba, / nunca me amó. / Él dejó que lo adorara, / él me mintió. / Era un juego y nada más, / era solo un juego cruel de su vanidad”.

Pero si de algo goza la balada, a diferencia de otros géneros como el vallenato, es de la democracia del sufrimiento: hombres y mujeres han asumido por igual el papel de víctimas del engaño o de la infidelidad, porque ambos han sido sus intérpretes, a diferencia de géneros como el vallenato, donde una mujer es tan rara detrás del acordeón como detrás de un taxi o de un altar. “¿Y cómo es él”, del cantautor español José Luis Perales, es quizá una de las canciones que mejor retratan la zozobra por la sospecha de infidelidad, con sus tantas preguntas afligidas y desesperadas, y siempre inútiles: “Mirándote a los ojos juraría / que tienes algo nuevo que contarme. / Empieza ya mujer no tengas miedo, / quizá para mañana sea tarde. / ¿Y cóooomo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? / ¿De dóooonde es? ¿A qué dedica el tiempo libre”, entonó Perales con el marcado tinte melodramático tan propio de la balada iberoamericana.

El abandono, el deseo de posesión del otro, la ausencia, el amor desmesurado o la trampa son algunos de los temas de las baladas, tan intemporales y universales como el amor mismo.

Como sucede con muchos fenómenos culturales, resulta muy difícil precisar el origen de la balada, pero varios historiadores musicales relacionan su nacimiento con el de los boleros. En México, la canción “Sonata de Amor” de Mario Álvarez fue la primera balada inscrita como tal en la Sociedad Mexicana del Derecho de Autor en 1961; pero la balada recibió también influencias de la canción romántica italiana y francesa –con Charles Aznavour a la cabeza–, y de cantantes norteamericanos como Frank Sinatra y Nat King Cole.

El musicólogo chileno Daniel Party define la balada como “una canción de amor de tempo lento, interpretada por un cantante solista generalmente acompañado de una orquesta”. No obstante, también ha habido muy exitosas canciones a dúo en las que se establece un contrapunteo, con más o menos cierto brillo, como “Déjame vivir” de Juan Gabriel y Rocío Durcal, “Corazón encadenado” de Camilo Sesto y Lani Hall o “Simplemente amor” de Amanda Miguel y Diego Verdaguer. Y claro, el dúo por excelencia de la balada: el insigne Pimpinela.

Y alcanzó tanta popularidad la balada en esa América Latina de los setenta y ochenta que hoy Julio Iglesias es uno de los diez cantantes que más discos ha vendido –más de trescientos millones de copias de sus más de ochenta álbumes editados–, con una fortuna que superaría los cinco mil millones de dólares; le sigue el brasilero Roberto Carlos con más de cien millones de discos vendidos.

Fueron estos intérpretes quienes comenzaron a grabar los titubeantes primeros videos musicales. La mayoría se notaban incómodos frente a las cámaras de televisión. La excepción fueron Nino Bravo y Sandro de América, que parecían calcar la prestancia de las estrellas de rock anglosajonas que seguían el modelo de Elvis Presley.

Así mismo, fueron rimbombantes muchos de los nombres artísticos elegidos por esos nombres y apellidos comunes que saltaron a la fama: Roberto Sánchez (Sandro de América), Camilo Blanes Cortés (Camilo Sesto), Yuridia Valenzuela Canseco (Yuri), Leopoldo Dante (Leo Dan) o Alberto Aguilera Valadez (Juan Gabriel).

Como es bien sabido, fue en Colombia donde se acuñó el término “música de plancha” que se ha extendido por Centroamérica. Y no es gratuito que sea Colombia el país del continente en el que la radio tuvo mayor capacidad de penetración. El peso clasista del término, que alude a la silenciosa empleada doméstica que escuchaba baladas mientras planchaba la ropa, ha terminado por reabsorberse en la sociedad, estrenando una nueva dignidad a la que el mundo gay sin duda ha aportado su parte.

En la época dorada de las baladas –hasta entrados los años noventa– los iberoamericanos se identificaron con sus historias de amor y de desamor, sin importar el acento de sus intérpretes; cuántos no dedicaron alguna vez una balada en la radio local a su amante. Las baladas eran las cartas de amor de aquellos que no podían expresar sus sentimientos, y en vez de papel el soporte eran las ondas radiales. Para al menos un par de generaciones, una balada romántica evoca hoy su primer amor. De letras elementales, con pocos aciertos poéticos, con melodías facilonas, así y todo, se han quedado en la memoria: “Cómo te extraño mi amor, por qué será. / Me falta todo en la vida si no estás. / Cómo te extraño mi amor, qué debo hacer. / Te extraño tanto que voy a enloquecer”, canta el argentino Leo Dan.

Fueron muchas las baladas interpretadas por mujeres que ratificaron los clichés de los estereotipos masculinos imperantes. Basta recordar la que interpreta la chilena Myriam Hernández: “El hombre que yo amo no le teme a nada / pero cuando ama lo estremece todo / guerrero incansable en busca de aventuras / tiene manos fuertes cálidas y puras.”

Podríamos explicar tanto éxito de la balada, y también su supervivencia, por su “homogeneización estilística”, que según Daniel Party, permite, por ejemplo, a un cantante colombiano vender en España –y viceversa– o en cualquier otro país de Iberoamérica; es el mismo proceso que, cuarenta años más tarde, viven las telenovelas en las que los actores pierden su acento con el fin de extender su mercado. En cualquier caso, parece cierto que las baladas participarán por mucho más tiempo en la construcción del imaginario amoroso, para bien y para mal, de los latinoamericanos. Todavía la vida sabe, felizmente, a la cursilería de “Yo soy aquél...”.

 

 

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